SIN ALQUILER

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Es el mayor problema de nuestros barrios, los de las afueras de la ciudad. Aquí se hacinan varias familias -en un mismo piso- compartiendo la cocina, el baño y hasta las penas.

¡Si al menos fuera por un módico precio! Pero ni así. Está todo cubierto, hasta las infraviviendas de la parte antigua donde no hay ascensor y los bajos están llenos de salitre, pues hasta esos.

Así que, si a Dios le da por nacer por aquí le arrendamos el puente. El que atraviesa la vía. Es el único lugar donde -de momento- no hay personas. Perros sí, olor a inmundicia también, cajas y restos, a rabiar… Que se lo piense José si ha de empadronarse aquí, en la junta municipal. Porque sin alquiler no hay empadronamiento, sin empadronamiento no hay cita en asuntos sociales, sin cita no hay acceso a recursos y sin ellos, el puente. Debajo del puente.

Puede venir a Cáritas, eso sí. Alguien que escuche a José y se compadezca de María, con la mala cara que lleva ya, salida de cuentas. Puede que le den unos pañales y algo de comer. Pero «una bolsa de comida no, gracias, no tenemos dónde poner los víveres».

A eso de las doce, en la misa del Gallo, Dios nos va a nacer cerca de la vía, mientras cantamos en la Iglesia. Es así. No podemos hacer mucho. Acogemos al que llega. ¡Que son muchos! Y repartimos lo que tenemos. Al menos con buena cara, con un abrazo y deseándonos una buena Navidad. Y vestiremos a los niños de «belén viviente», que para eso hay que respetarles su inocencia y que no descubran -al menos esta noche- su carencia. Ya se ha encargado la parroquia de hacerse presente en sus pobres mesas con dos pastillas de turrón y una botella de sidra.

Y así pasaremos estos días de Encarnación, pendientes de los que llegaron al puente. Y lo más seguro, es que tras dos días de ir a ver cómo están, nos encontremos con la sorpresa de que se han ido. ¿A dónde? Ni ellos lo saben, pero huyendo. Como hace dos mil años.

Porque en este mundo no hay ni un sólo alquiler disponible.