SI Y NO

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Llevamos muchos meses respirando pandemia y todos y cada uno de los días oímos “síes y noes” unidos en respuestas vagas. Contestaciones para salvaguardar los propios intereses.

Dicen que un hombre tenía dos hijos y los enviaba a su campo a trabajar. Sucedió que un día se produjo algo inesperado. Llamó a los dos para que fueran a deshoras y uno le dijo que iría y el otro que no. Aquel hombre se quedó sorprendido por el contraste. Resultó que el que dijo “no”, fue y el que contestó que “sí” no lo hizo.

En el evangelio Jesús comienza por el hijo que dijo que «no» y que luego se arrepiente. Decir «no» es sencillo cuando no queremos complicarnos la existencia y preferimos encargarnos de lo nuestro. En algunos momentos pronunciamos ese «no» cuando consideramos que el encargo excede nuestras fuerzas o capacidades. A ninguno nos gusta decir “no” de entrada a las propuestas de los otros. Menos nos agradan que nos respondan con un “no”. Sin embargo fue éste el que cumplió los deseos del padre. Y es que –como dice el profeta-, «se salva el que se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia».

El Maestro continúa con el hijo que directamente acepta ir a la viña, pero no va. Ha quedado bien delante del padre pero no se compromete. Lo piensa después. Por lo que su respuesta es la de un inconsciente que no calcula ni las fuerzas ni las ganas y no cumple los deseos del padre. Es el que ha aprendido unos cursos de política y sabe cómo manipular su negativa.

Ninguno de los dos hermanos son hombres «de palabra». Cambian de parecer tras afirmar o negar. Eso ha ocurrido siempre –más allá de los ancianos y sacerdotes judíos- y forma parte de la lógica política para prometer el cielo en la tierra.

El caso es que estamos en un punto de inflexión de la historia y no nos sirven las palabras.