SE REPITE

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Sólo confíanos -vamos a ser honestos- cuando tenemos motivos suficientes para no quedar defraudados.

Podemos fiarnos de alguien porque tiene una bonita sonrisa, porque nos ha hecho un favor, porque nos sentimos a gusto, porque la vemos entregarse, porque llora a nuestro lado, se alegra con nuestra dicha y así, miles y miles de motivos -objetivos o subjetivos- que garantizan el  creer.

Dios también confía en nosotros. Y la verdad es que tiene más motivos para confiar en unas que en otros. Cada vez más se confirma que quien menos tiene o menos cuenta más se da o se entrega porque agradece lo poco que posee y es capaz de compartirlo. Y se repite que los entendidos y capaces escurren el bulto ante cualquier necesidad.

En el evangelio se presenta a unas como viudas y a otros como escribas y fariseos. El contraste lo encontramos hoy mismo, al salir a la calle y comprobar quién se para en la calle a socorrer a una persona mayor, quién ayuda a cruzar a un niño la calle, a escuchar a un voluntario de una ONG, a orientar a un forastero en un autobús, repartir los miércoles comida en Cáritas parroquial o a echar en el cestillo de la iglesia para pagar la luz.

En el evangelio aparecemos nosotros como necesitados y suficientes a la vez. El contraste lo vemos en nuestras propias conductas al predicar sobre la justicia y difamar al hermano, al presentarnos como obedientes y no aceptar una sugerencias de nuestros superiores, al ahorrar en medios y derrochar horas muertas.

Si Dios se sigue fiando de nosotros será porque nos espera a la vuelta de la esquina para levantarnos cuando la soberbia, la autosuficiencia, la prepotencias se desinflen. Y entonces adquiramos la humildad que nos es más propia y con la que Dios disfruta más. Entre otras cosas por ser la situación donde su Hijo se ha situado junto a nosotros.

Por eso mismo, no nos asustemos tanto de los hermanos, de las hermanas, de los catequistas, de los profes, los colaboradores… que pasarán por lo mismo para regresar. Porque -ciertamente- el paso del todo a la nada, del atesorar a regalar, se repite.