RAMOS Y PIEDRAS

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Si el domingo pasado la piedras eran armas peligrosas por los prejuicios y la cerrazón, hoy lo son las palmas y ramos por los halagos y las alabanzas.

Las piedras son duras como los corazones de aquellos que juzgan a una mujer. Los ramos son flexibles como las lenguas de los que cambian de opinión dependiendo de la dirección del aire. Jesús lo comprobó -concentradamente-, en las horas previas a su Pasión. Lo sufren quienes viven expuestos al servicio y al desinterés.

El triduo pascual es el compuesto químico que aglutina servicio, oración, traición y negación, para dar lugar al binomio muerte-vida. Y al verterlo en el calendario de abril adquiere la forma del corazón de Cristo.

Pero volvamos a las piedras del camino que bajaba del monte de los olivos y a Jerusalén. Trozos de camino por los que pasa el Cristo y que serán rociadas de sudor y sangre. Ellas se convierten en testigos de la exclusión y la vergüenza. Ella van a quedar silenciadas por las palabras ya la agonía de esos días del Justo ajusticiado.

Esas piedras siguen en los caminos viendo pasar el cansancio y la desolación de muchas personas. Reparamos en ellas cuando aparecen levantadas por las manos de quienes se cierran a la misericordia. Y siguen siendo arrojadas cada minuto de la historia contra Cristo; contra los cristos rotos que jalonan nuestro mundo.

La Semana Santa recordará la Pasión y muerte de Jesús. Sacará pasos y tronos por las calles empedradas de nuestros pueblos y ciudades. Y gritarán en el silencio de la noche, rozadas por las plantas de anderos y costaleros… diciendo que el dolor de Cristo tiene rostro de mujer, llanto de niño, soledad de abuelo, desespero de joven.

Afinemos el oído para descubrir el sufrimiento salvador de Cristo para cada uno de ellos. Y acompañemos vidas y pasos a la par. Palmas y piedras.