PENTECOSTÉS: DEJARSE AMASAR…

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manoliobuenaDel Espíritu Santo hablamos describiendo sus acciones y los resultados de las mismas. Hacemos un recorrido de la Palabra de Dios recordando épicamente cómo dio fuerza a reyes, capacitó a profetas, impulsó a Jesús… Pero todo eso se queda en historia y letra muerta porque a nosotros no parece afectarnos.

Del Espíritu les habló Jesús a sus discípulos, les describió sus efectos y la necesidad de nacer de nuevo para trabajar eficazmente en el Reino de Dios… Sin embargo, no recurrieron a Él en el momento de la Pasión ni de la muerte del Maestro. Era historia y letra muerta y no parecía afectarles.

Fue en el momento del fracaso, cuando se vieron en el punto más bajo de su historia: encerrados, con miedo, sin sentido, sin fuerzas y sin esperanza, cuando ocurrió el milagro y descendió el Espíritu. Todo eso me hace considerar que cuando somos fuertes, capaces y osados le dificultamos al Espíritu Santo obrar. Y que es en la situación de debilidad y de “pasividad” donde le dejamos obrar.

Esta consideración pía es evidente para muchos de vosotros, está reflejada en la Sagrada Escritura y es lo que Jesús le quería decir a Nicodemo, pero ¡qué queréis que os diga! que caigo ahora en la cuenta. Será el Espíritu Santo…

Ahora, ¡fíjate tú! Cuando le pones trabas a Dios, porque tienes un objetivo claro, sabes cómo llevar una situación, estás ilusionado con un trabajo, no necesitas su Espíritu…, o crees no necesitarle porque tú ocupas su lugar. Sin embargo, sin Él no somos nada.

En la próxima misa, ¡fíjate! En el “ofertorio”, presta atención, cuando se pongan en la mesa el pan y el vino. Son elementos sobre los que nosotros hemos actuado: el trigo se ha dejado moler y la harina amasar. La uva se ha dejado aplastar y el mosto fermentar. Hasta ese momento, alimentos realizados con nuestro esfuerzo y nuestra capacidad. ¡Como nuestra vida! La cual molemos, amasamos y fermentamos para que nos dé de sí. Pero hay una segunda parte: Se dará gracias a Dios por disponer de ellos y se pedirá al Espíritu Santo que descienda y -con su efusión- los transforme. Es el momento en el que la asamblea se pone de rodillas para reconocer el milagro y disponerse para que le ocurra a ella lo mismo. ¿O no? Si nos dispusiéramos -como el pan y el vino-, nos convertiríamos “de una vez por todas” en el Cuerpo y Sangre de Cristo.

Un Cuerpo que es la Iglesia. Que nos recuerda todo esto aunque a veces nos suena a elucubración. ¡Sí! No nos engañemos; porque el día de Pentecostés hablamos del Espíritu como si fuera una obra literaria, una obra de arte o un fenómeno meteorológico.

Hoy es el día. Es el momento de aprovechar… cierra tus ojos y pídele al Espíritu Santo que tome todo lo tuyo y te conceda:

– Reconocer lo que en tu vida no está evangelizado para amasarlo al modo de Cristo.

– Descubrir lo que puedes y lo que temes para que te haga capaz de lo que Dios quiera.

– Salir de tu mundo para trabajar en la misión que te encomienda.

Sólo así el Espíritu Santo dejará de ser -para ti- historia, teología y se convertirá en dones, en frutos, en música, en entrega: en vida.