OJO Y OREJA

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Ojo y oreja” es una expresión familiar de sorpresa cuando lo que se ve sobrepasa lo habitual. Ojo y oreja son necesarios para encontrarnos con un rico interesado por encontrarse con Jesús.

Dicen que uno esperó a que Jesús saliera de la ciudad para encontrarse con Él. Era un hombre cumplidor que quería demostrarlo. Quizá por eso esperó a estar ante el galileo y sus discípulos y, con cierto halago, llamarle “maestro” y “bueno”. En ese mismo instante le hizo saber su honradez en el cumplimiento de la Ley mosaica. Y ¡claro!, Jesús se sorprende por el momento y por las palabras elegidas.

Pocos son los que se acercan a Dios ante nuestros ojos y menos los que presumen de sus valores ante nuestros oídos. Para eso nos bastamos los que estamos a su alrededor. Nos quedamos solos presentándole nuestra valía y lo indispensable de nuestra labor. A ratos hasta pensamos ser ese varón y que la mirada de cariño de Jesús sea para nosotros. Soñamos con oír de su boca: ¡qué bien lo haces, no estás lejos del reino de Dios!

El caso es que Jesús no respondió la pregunta, “¿qué he de hacer para heredar la vida?” Y no lo hizo, porque aquel hombre no lo necesitaba. Estaba satisfecho con su vida y sus capacidades. Era rico en autoestima, en posibilidades y en moralidad. Eso, sí, Jesús le mostró su carencia: “una cosa de falta: vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y heredarás”.

¡Ojo y oreja! Vende, da y entonces heredarás. Mucho desprendimiento de sí para tan poco espacio. Vender lo acumulado en tantos años para darlo a los que no saben hacer las cosas como yo, ni han luchado con mi ahínco, ni han cumplido los mandatos de los superiores a raja tabla, ni tienen tantos catequizados a su alrededor… Y ese varón, triste, agachó la mirada y cerró los oídos al consejo que Jesús le aportaba.

¡Ojo! A nuestra seguridad; a esa que viene cifrada en nuestras capacidades, tareas comunitarias, responsabilidades provinciales, encargos diocesanos, en nuestro sueldo… para no movernos, para no salir. Y ¡oreja! a lo que nos llega de los demás y que nos invita a saber repartir.

Después, “mirando alrededor les dijo: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de los cielos”.