NOS PARECE POCO

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Subido a una montaña “Jesús levantó los ojos y, vio que acudía mucha gente”. ¿Dónde estaba Jesús situado para tener que levantar la mirada? ¿No había subido a la montaña?

Jesús, debía estar “por debajo” de la gente para tener que levantar la mirada. Quizá por eso, por estar a esa altura, descubre su necesidad y provoca la respuesta de sus discípulos: primero la de Felipe, después la de Andrés. Respuestas que reconocemos como nuestras cuando nos situamos ante las situaciones injustas e inabarcables: “Son muchos”, “No tenemos para tantos”, “Lo que tenemos es muy poco” …

Es el momento en el que, ante la sorpresa de todos, Jesús pide a la gente sentarse en el suelo y que confíe en Él. Y, anticipando la Última Cena, “tomó los panes, pronunció la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados”. Se saciaron todos y sobró… La noche fatídica de la Pasión repartirá su vida en pan y vino “por todos los hombres” para saciarnos hasta nuestros días. ¡Con una sola vida! ¡Con un pan y una copa de vino!

La gente al ver el signo lo reconoció como Mesías. Y nosotros en misa, al ver el mismo signo, ¿lo reconocemos como al Hijo de Dios? Si es así, hemos de entrar en la lógica del pan y del milagro. Y para eso hemos de dejar de mirar lo que no tenemos, lo que nos falta, para agradecer lo que poseemos y se nos regala.

Dios pone siempre más en nosotros de lo que apreciamos. Y eso se ve desde el camino, desde abajo. Si nos quedamos en la lógica del éxito, la mirada se lanza desde la altura en la que nos han puesto y, desde ahí no se puede apreciar la necesidad de los demás ni nuestra capacidad para solventarla.

Dios ha querido estar siempre, abajo. Donde la gente se agota, se cansa y camina con grandes cargas a las espaldas. Está en África pronunciando la acción de gracias por un puñado de arroz, en América suspirando por la libertad, en Asia descubriendo la fuerza del evangelio, en Oceanía recogiendo la fe en medio de los desastres y en Europa cuestionando la acogida de los que llegan.

Poco, a los ojos altaneros y mucho, a la mirada humilde. Aunque, claro, siempre nos parece poco.