«NOS MOSTRARON UNA HUMANIDAD POCO COMÚN» (CF. HCH 28, 2)

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Es el lema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que se celebra estos días en el hemisferio norte.

Una frase de los Hechos que manifiesta la acogida de los habitantes de Malta ante el naufragio de una nave. En ella iba Pablo de Tarso y desde ella descubre la humanidad de unas gentes sin Evangelio.

Es interesante que un tema tan sangrante ponga de acuerdo a aquellos que seguimos a Cristo con diferentes tradiciones. Es de justicia que oremos unidos y tomemos conciencia. Sería un atropello para el evangelio que no lo hiciéramos y políticamente incorrecto no plantearlo en nuestras celebraciones.

El hecho es que la acogida está malherida en este hemisferio y en esta latitud. Su cuestionamiento es socialmente valioso y a ello nos sumamos con mucha diligencia. Lo hacemos, nos manifestamos y volvemos a nuestro quehacer. Y nos tranquilizamos pensando que ya hemos hecho mucho. Y nos relajamos lanzando el compromiso a otros. Y herimos a los de fuera y a los de dentro sin haber abierto nosotros ni un ápice la humanidad de nuestro corazón.

Este tema, como tantos otros, se convierten en teologismos de moda en nuestros ámbitos religiosos para hacer, ¿qué?

No quiero seguir argumentando en esto. Prefiero fijarme en las religiosas del comedor social de abajo que no piden papeles para dar de comer, sorprenderme de los fieles de la parroquia que orientan a muchos en la acogida de Cáritas, agradecer el trabajo de los trabajadores sociales de Vicaría que se multiplican para estar presentes, de los párrocos de mi zona que pagan de su bolsillo recibos de luz, de las abuelas que traen su bolsa del súper para «los pobres», de los catequistas que lavan mantas en mi pueblo para la casa de acogida. Todos ellos, demuestran una «humanidad poco común» con los que nos llegan vivos pero muertos de relaciones.

En esta jornada prefiero rezar y agradecer. No quiero sumarme a la denuncia estéril y dejar de hacer ideología religiosa que sólo sirve para justificarme.