La ceguera de quien ha visto es una de las crueldades más grandes de la naturaleza humana. Pero la ceguera del que cree ver y no se entera de nada, es un castigo para los que le acompañan.

Hace unos días los discípulos habían quedado retratados como ciegos: ni servicio, ni humildad, ni apertura… Se creían más que la gente que se acercaba a Jesús, pero estaban ciegos.

Y nada más salir de la ciudad fortificada de Jericó nos encontramos con el ciego Bartimeo. Sabemos que había perdido la visión porque al final del pasaje se dice que “recobró la vista”. Conocemos su apellido ya que era hijo de Timeo. Y podemos percibir su desgracia al presentárnoslo tirado a la vera del camino, pidiendo limosna, solo, abandonado y estigmatizado.

Marcos lo relata así, en el camino a las afueras de esa ciudad amurallada conquistada por Josué. Y provoca la contradicción ya que un camino es para transitar, no para detenerse y quedarse a vivir; es para comunicar, no para aislar. Lo sitúa “al borde del camino”, al margen del mismo. “Pidiendo limosna” pues su exclusión de la vida normal le impide trabajar y mendiga para sobrevivir. Su única propiedad, un manto con el que protegerse.

Así estaba Bartimeo cuando Jesús pasa a su lado. Y al darse cuenta de quién se acercaba por el camino se puso a gritar… a gritar para que Jesús lo oyera. Era la oportunidad de su pobre vida. No hace caso de aquellos que le mandan callar por vergüenza; él grita con más fuerza y proclama a Jesús como “Hijo de David”. Le da el título que ni sus discípulos -que ven y caminan junto a Él- son capaces de pronunciar.

Jesús, al ser reconocido, se detiene y lo reclama. Es cuando Bartimeo -sin que nadie le ayude- pega un brinco en su oscuridad y se planta ante un Jesús al que ni ve ni conoce. Un salto al vacío, sin miedo al golpe o a quedar defraudado. El salto a fiarse que todos hemos de dar ante el Maestro.

“¿Qué quieres que haga por ti?” –la misma pregunta que Jesús hizo a los hijos del trueno. Y Bartimeo, el ciego, pide a Jesús: “Señor que pueda ver”. Al instante recobró la vista y vio al Mesías. Al que ninguno de los otros reconoció con los ojos de la carne. Y por eso, Bartimeo “seguía – a Jesús- por el camino”, por los límites del mundo donde él había sido encontrado.

Esa pregunta resuena -sin mucha consciencia- en quienes están en los márgenes de la vida. Su respuesta -anticipada por nosotros- carece de importancia ante la presencia de quien la pronuncia y la fuerza del grito de quien lo reclama.

 

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