NO PARAR

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La tranquilidad y el sosiego no definen la vida del discípulo.

Al contrario, hay que cansarse y desgastarse por los caminos como hacía el Maestro. Lo comprobamos en ese ir y venir, anunciar y sanar, explicar y curar de los que se habían fiado del envío de Jesús. Por eso, son invitados a descansar en la barca y poder evaluar sus andanzas.

Pero la tranquilidad dura poco en la barca del discípulo y la gente les seguía corriendo por la orilla. Tantos, “que no encontraban tiempo ni para comer”.

Y antes de que la queja -lógica por otro lado- brotara de los labios de aquellos galileos Jesús les devuelve a la tarea. Ya habrá tiempo para descansar. Lo que ahora prima es la necesidad de aquellas gentes a las que nadie escuchaba, ni atendía y valoraba.

Otra gran lección para aquellos que se han embarcado en el Reino. En muchos momentos, tras la marcha de Jesús, recordarán cómo perdía hasta el resuello por atender a quien tenía delante. Y en muchos otros, descubrirán que el descanso y la tranquilidad no son ingredientes para la misión.

¿Entonces no tenemos derecho a descansar? Buena pregunta. Pero aún hay otra mejor: ¿Cansa tanto el darse y entregarse? Pues se cansa quien considera que las fuerzas salen de sí mismo y las capacidades son personales. Se agota quien no sabe beber de la verdadera fuente. Quiere vacaciones quien se encuentra aprisionado entre la gente. Se cansa el mal pastor; el que tasa las horas de trabajo y le importa más su salario que las ovejas.

Quien se arriesga a seguir a Cristo sabe que sus necesidades están en función de las de los demás; quien renuncia al tiempo propio y se vacía desproporcionadamente.

Quien se arriesga a seguir a Cristo descubrirá que el Señor sacia, descansa, cura y enseña de una forma muy especial; en la medida en la que uno se entrega.

Quien se arriesga a seguir a Cristo se enfrenta a un “no parar”.