MIEDO, ¿A QUIÉN?

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Miedo, lo que se dice miedo, a uno mismo. En estas palabras -que empasta el evangelio de Mateo- subyace la idea de que quien “anda en bien” no ha de temer a nada ni a nadie, y quien anda de “mal en peor” tampoco…

¡Es verdad! Porque ya está en el ámbito de la mentira y de la corrupción. Ciertamente, el actuar de una manera o de otra dice mucho de nuestros valores y de nuestras opciones.

Estar de parte del Reino de Dios nos sitúa en la verdad, en la justicia, en el bien… lo que no nos da un salvoconducto ante el sufrimiento o los contratiempos. Nos pone en la parte de Cristo cuya vida no fue -precisamente- un éxito. Pero nos vincula a Él. Y, junto a él, no hay que temer ni muerte, ni enfermedad, ni injusticia, ni persecución… porque le tenemos. Y, de esta manera, nos convertimos en sus “testigos” por nuestra manera de soportar la tribulación. Es ahí donde se comprende que el tesoro del cristiano es tener a Cristo, ante el que hasta la misma vida -como la conocemos- pierde su valor.

Trampear en la vida; salir al paso de las situaciones buscando la facilidad, lo más sencillo, pactar con los más fuertes, sacar beneficio del trato con los demás y el pensar que nuestra felicidad se consigue con lo que atesoramos, nos sitúa ante las garras de este mundo. Un mundo dominado por las medias verdades, la omisión de socorro, la cerrazón en los propios criterios, el rechazo del distinto y la satisfacción de las propias necesidades. Ahhh, ¡y el olvido del prójimo! En esta línea no necesitamos a Dios porque ya tenemos lo que precisamos. Y cabamos dependiendo de aquellos que nos propician unas prerrogativas que  siempre nos pasan factura. Y en este ámbito el tesoro es la vida; asegurdad por la salud y la tranquilidad.

¿Dónde nos situamos? Supongo que como yo, en la opción de Cristo y en la vivencia del mundo. Con la cabeza en los valores del evangelio y el corazón apegado en lo de aquí. En una lucha constante por clarificar que hemos optado por Cristo y vivimos como todo el mundo. Sin contraste alguno.

Creo que lo que mata cuerpo y alma es estar continuamente diciendo una cosa y viviendo otra. Eso agota y cansa. Y no produce los frutos que Dios quiere.

Por eso hemos de temernos más a nosotros y a nuestras necesidades que a los de fuera. Esa es la raigambre del pecado que refleja la carta a los Romanos y que me ofrece la esperanza de pensar que el único que puede salvarme de mí mismo es Cristo.