MÁS QUE UN VERBO

0
491

“Acoger” es el verbo más conjugado -últimamente- en los medios de comunicación para referirse a las masas de migrantes que llegan a nuestras fronteras europeas.

Acoger es más que un verbo, es la invitación que hace Jesús, a sus discípulos, a lo más pequeños y a los que no cuentan. Y la cara de sorpresa la podemos imaginar viendo la nuestra ante la invitación de abrir nuestras vidas a los que llegan.

Jesús -afirma Marcos- iba “instruyendo a sus discípulos”. Les quería hacer caer en la cuenta de la dificultad de seguir los planes de Dios. Hacía unos días que había corregido a Pedro, y ahora tenía que hacerlo con todos ellos, pero a solas, sin gente. Porque se ha dado cuenta de que las respuestas a su pregunta y el modo de relacionarse entre ellos no dista mucho de lo que decían y hacían antes de ser llamados por Él.

Imaginémonos dentro del grupo de los discípulos, caminando por Galilea. Consideremos que el Señor puede darse la vuelta y preguntarnos: –” ¿De qué discutís por el camino?” ¿Qué le responderíamos?

– Que nos duele el corazón al ver familias rotas, niños perdidos llegar a nuestras costas en barcazas hinchables. Que brota de nosotros un sentimiento pasajero de compasión.

– O que tenemos ya suficientes emigrantes, familias en paro, situaciones de necesidad y dificultades económicas como para más. Que brota de nosotros un razonamiento de cerrazón.

“Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante”. Ellos no estaban pendientes del sufrimiento de las gentes a las que iban a ser enviados. No les dolía el sufrimiento lo suficiente como para llenar sus conversaciones. No se sentían implicados en la tarea del Reino de Dios como para olvidarse de sus necesidades…

Nosotros, ¿qué respondemos? ¿Estamos pendientes del sufrimiento de las gentes a las que estamos enviados? ¿Nos duele el sufrimiento lo suficiente como para llenar nuestras conversaciones? ¿Nos sentimos implicados en la tarea de Cristo como para olvidarnos de nuestras necesidades?

La distancia del corazón se refleja en nuestras palabras, pero más en nuestras decisiones. Y en la acogida de esos hermanos se va a fraguar nuestro futuro.

Recordemos que para Dios todos somos importantes; y aún más los más perdidos y frágiles. Por eso, cuando estemos tentados de pensar en la imposibilidad de hacer frente a las migraciones, de abrir nuestra fraternidad, de mostrarnos misericordiosos más de una temporada, traigamos a la memoria que “acercando a un niño, lo puso en medio, lo abrazó y dijo: –El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.