LEY DEL PÉNDULO

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Vivimos un momento hermoso en la Iglesia. Una época de esencialidad, de vuelta a la misericordia de Dios y a una búsqueda de transparencia.

Vivimos unos años que han de ser aprovechados para poner nuestras seguridades en Cristo, vivir fiados de la Providencia del Padre y volcados hacia los más indefensos.

Esta radiografía adolece, no obstante, de ciertas tendencias justicieras, normativistas y excluyentes. Posturas -denunciadas por el evangelio de Lucas 18, 9-14- que pretenden por un lado, defenderse de la crítica externa y, por otro, purificar el pecado interno.

La ley del Péndulo, es esa tendencia a detenernos, posicionarnos en nuestros criterios e invertir en exclusión. Lo hemos comprobado en la vida política y, en nuestra casa, -divina y humana-, ocurre tres cuartos de lo mismo. En la retaguardia de la Iglesia siempre hay escuadrones que «teniéndose por  justos y, muy seguros de sí mismos, desprecian a los demás». Viven al acecho de cualquier modificación, entretenidos en anotar en su hoja de ruta lo que han de desestimar mientras les beneficie el movimiento del péndulo.

En evangelio, el Señor retrata estas actitudes como «fariseas» y les quita el «imprimátur» por  justificarse a sí mismas. La perfección nunca ha sido un objetivo para el seguidor de Cristo. Ciertamente, ha sido una aspiración humana para salir de la fragilidad y colmar las ansias de ser dios. Mezclada con la sangre cristiana ha dado a luz: inhumanidad, espiritualismos y herejías. Los verdaderos cristianos o católicos han llegado a considerar al resto como inferiores, pecadores… equivocados.

Se muestra cuando el Papa o el mismo Jesús muestran la praxis de la misericordia con los desplazados, pobres, divorciados, pecadores, progres o conservadores, homosexuales o familias tradicionales… o con quien nos descuadre. Mientras tanto, al acecho, se espera el momento de criticar al que entra diciendo: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás».

Sabemos quién baja justificado del templo: El que no puede sostenerse a sí mismo. El evangelio deja quito el péndulo. A la espera, siempre de que alguien lo toque y lo ponga en movimiento. El péndulo, claro.