LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD

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manoliobuenaEn medio del gentío, un hombre y una mujer judíos, desesperados, pierden la vergüenza y las formas para solicitar la atención de Jesús. Era su última oportunidad y no querían perderla.

Jairo, a la vista de todos, se lanza delante de Jesús porque se le muere su niña. No repara en su rol de rabino, de responsable de una comunidad de fe, ni en el ejemplo que ha de dar… con el corazón partido le pide a Jesús: «ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.» Una petición desesperada que deja a Jesús vendido y afectado: vendido, delante de las autoridades judías -aparece con más autoridad que el Templo-, y afectado, por tocar a un enfermo e incurrir en impureza. Jesús, aún así, decide acompañarle porque había venido para “enriquecernos con su pobreza” y -ante la mirada vidriosa de Jairo-, para empobrecerse con nuestra miseria…

No había caminado mucho, “acompañado de mucha gente que lo apretujaba”, cuando una mujer desesperada le toca. Le toca, sí. Una mujer agotada, empobrecida y apartada de la comunidad por perder sangre. Osa tocarle porque es su última oportunidad y no repara en las consecuencias que todo esto traerá a Jesús. “Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado”. No desaprovechó la ocasión. Creyó, en su desesperación, que Jesús podía sanarla y ocurrió el milagro.

A continuación encontramos a Jesús en casa de Jairo sin hacer caso a las voces que le dicen que la niña está muerta, de la normativa prescrita para los buenos maestros de la Ley, se arriesga. Dice el evangelio que “entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: niña, hablo contigo, levántate”. Y ocurrió el milagro.

Dos sanaciones que suceden a la vista de todos y fruto de la confianza de dos desesperados: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.» «Hombre, no temas; basta que tengas fe.»

Ambas historias conectadas por los “doce años” de enfermedad y de vida. El tiempo máximo para sanar y revivir. El tiempo suficiente para desesperar, para dejar de creer, para amargarse, para encerrarse y para morirse en vida. Y ambas historias cosidas por la prisa de la última oportunidad: un Jesús que pasaba a su lado y al que recurren.

Y, aunque “les insistió en que nadie se enterase”, todo el mundo había escuchado, había visto y había podido comprobar el poder de Jesús sobre la enfermedad y la muerte. Y, a la vez, habían constatado cómo había quedado contagiado y afectado por el sufrimiento. Sus mismos discípulos le descubren: «Ves como te apretujan y preguntas: “¿quién me ha tocado?”» Y la misma gente “se reía de Él”.

Aquel día, a la vista de todos, la religión judía quedó tocada de incapacidad y de muerte: incapaz por no curar la enfermedad y muerta por no poder dar vida. El culto judío perdió su sentido ante la caricia de una mujer, las lágrimas de un padre y la temeridad de Jesús.

¿Dónde estás hoy? ¿Cómo te encuentras? Cristo entra hoy en tu ciudad y pasa delante de ti… ¡Es tu última oportunidad! Deja el miedo y la vergüenza y póstrate ante él, tócale, balbucea y llora…

¿Dónde está la Iglesia hoy? ¿Cómo se encuentra? Cristo se ofrece -a través de ella- para sanar, curar y perdonar… Ojalá pierda el miedo y la vergüenza, se arrodille sólo ante Él y salga a los caminos dejándose afecta por los que esperan su última oportunidad.