LA DISYUNTIVA

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¿Dios o el dinero? ¿Seguridad o Providencia? La disyuntiva la plantea siempre la vida. Jesús ofrece una respuesta sin engaño: «ningún siervo puede servir a dos señores».

Tenemos un sólo corazón y hemos sido creados -como repetía san Ignacio de Loyola- para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor. Si nos separamos de este principio comenzamos a buscar sustitutivos del verdadero amor y ahí hace su aparición el dinero con su atracción y su seguridad.

El dinero, la plata, se adueñan de nosotros. Son inversamente proporcional a Dios. Con más trabajo hay mayor capacidad de gasto, más oferta, más necesidades, comienza la resta del tiempo para regalar, para amar, para rezar y para Dios…

Dicen los analistas que se acerca otra quiebra del sistema monetario y una caída de los índices de producción: otra crisis. ¿Cómo afrontarla?

La pregunta ha de ser transformada. ¿Qué aprendimos de la crisis anterior? ¿Se nos ha olvidado ya? El evangelio ofrece una opción: «ser fiel en lo pequeño y honrados en lo menudo». Un antídoto porque el dinero tiene el poder que nosotros le demos. Si nuestro corazón busca a Dios, el dinero se usará para sobrevivir y para cubrir las necesidades básicas. Pero si nuestro corazón está enfermo o vacío, necesitaremos llenarlo con seguros, propiedades, posición y tiempo. «Seguros» que nos parapeten ante los imprevistos, propiedades que nos den tranquilidad para vivir, posición que nos haga sentir reconocidos y tiempo para nosotros. Y mientras atesoramos todo esto, quitamos a Dios como el garante de nuestra seguridad, nos enfadamos por la herencia de nuestros padres, escalamos posiciones dejando a los demás por debajo y tasamos el tiempo que damos.

«Si no eres de fiar en lo ajeno ¿lo tuyo quién te lo dará?» Ninguno de nosotros tiene la seguridad de lo que vaya a pasar de mañana. Es más, si nos apropiamos del algo más, nos estamos quedando con lo que es parte otros hermanos no tienen ni un pedazo de tierra donde descansar, de otras hermanas que seguirán estando bajo nosotros para sostener nuestro afán.

Salir de esta dinámica nos libera de la esclavitud que traen las riquezas y que obvian el hambre de los pobres. Pararse y dejar de hacer lo de siempre nos permite salir de la disyuntiva de siempre.