IZAR SERPIENTES Y ARRIAR CONDENAS

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La Palabra de Dios nos ofrece hoy unos contrastes que se nos antojan imposibles. Sin embargo, en este tiempo de reflexión -que propicia la Cuaresma-, hemos de arriar nuestras lógicas para acoger las contradicciones que posee nuestra vida.

La primera nos muestra a Jesús colgado de un madero y lo compara a una serpiente suspendida en un estandarte, provoca -cuanto menos- desazón. Y, sin embargo, Jesús fue despreciado, repudiado y considerado dañino como lo ha sido la serpiente desde tiempos inmemoriales. En la antigüedad no se conocían las vacunas pero se usaba el veneno de ciertas serpientes como antídoto a infecciones. De la misma forma, Cristo aparece como antídoto a la condenación y como posibilidad de “vida eterna”.

La otra contradicción la encontramos en la deportación que los judíos sufrieron a Babilonia y la destrucción del Templo, a manos de Nabucodonosor.  Fue una situación de sufrimiento para un pueblo que se resquebrajó, que perdió su estructura y casi su identidad. Y, sin embargo, fue un rey extranjero, Ciro de Persia, el que les permitió regresar a Jerusalén y restaurar el culto. Y, de nuevo, el veneno se convierte en medicina, y la cruz en salvación. Ambas -confrontadas- son pura contradicción para nuestra lógica. Y es que preferiríamos no pasar por la cruz, ni por la herida, ni por el desierto, para aprender.

Hay una tercera. Dios Padre envía a su Hijo entre nosotros como detalle de Salvación y lo matamos atrayendo sobre nuestras manos la Condenación. No lo entendió ni el mismo Jesús; enviado para amar y rechazado con traición. Y, sin embargo, afrontando lo que le sobrevino transmutó la Condena en Salvación, la sentencia a muerte en una apertura a la resurrección, la dureza de la Ley en un acontecimiento de “pura gracia”.

Esta realidad de veneno, de sufrimiento, de cruz tiene la capacidad de hundirnos o levantarnos. Nos pone en guardia para no quitar, de inmediato, las contradicciones que trae la vida, los contrastes de nuestra manera de ser, las decisiones ilógicas que recibimos, la enfermedad que nos acaece, la ruptura que no esperábamos, el cambio de paradigma que nos agota… Contrastes de la vida que nos mantienen activos en el camino y que pueden convertirse en luz para nosotros y para los demás.

En estos días de Cuaresma podemos seguir con los ojos cerrados -como los niños miedosos- o acoger lo extravagante, lo ilógico, lo irracional que se nos presenta con el plus de luz que da el Espíritu Santo. “El que cree esto, no será condenado” al sinsentido, sino que comprenderá que “sus obras están tramadas según Dios”. Y con la posibilidad de ser izado -como Cristo y la serpiente- para mostrar lo que es la Salvación.