INDIFERENCIA

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«No hay mayor desprecio que no hacer aprecio».

Esta desafección nos parapeta ante el sufrimiento y ante el gozo, olvida al hermano y hiere el corazón de Dios; por toparse con nuestros silencios, desapegos y olvidos.

El banquete de bodas ha sido una imagen usada por los profetas para explicar el gozo de Dios por hacernos partícipes de su amor. Cuando celebramos una boda en la familia necesitamos que nuestros familiares, amigos, compañeros y vecinos confirmen asistencia. Y más ahora con los aforos que se nos permiten en por el Covid. ¿Cómo respondemos cuando nos llega una invitación? Cualquier banquete resulta carísimo y nos ponemos en la piel de cualquier pareja.

De la misma forma, Dios Padre nos invita -por la encarnación de su Hijo- a la alianza de bodas con la humanidad y que merece la pena ser celebrada. Pero, en este caso, cuesta sangre; la sangre de Jesús derramada sin sentido por ser fiel a su ser humanidad. ¿Quién se atreve a despreciar tal gesto inmerecido de amor?

Jesús usa la parábola y la respuesta del rey nos suena a desproporcionada y sangrienta. Pero, ¿no son más duras las excusas que ponemos? Sólo hace falta mirar alrededor y ver la presencia o ausencia en funerales obligados, bautizos socializados o las bodas invitadas… En esos momentos, ¿Cómo entro, cómo estoy, cómo me comporto o me visto? El paso de la indiferencia a la mofa, en muchos casos es lo que justifica ese «atar a pies y manos» al que entra a última hora sin saber ni a lo que va.

Si todo este evangelio -y el contraste que provoca la parábola- sirve para darme cuenta de la violencia que genera mi indiferencia ya merece la pena tener entre mis manos la invitación a una boda.