HABLAR CON PAN EN LA MANO

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Caía la tarde a la vez que miles de personas escuchaban con atención las palabras del Maestro. Nadie se movía para no perderse ni una sola de ellas, pues nunca habían oído palabras semejantes, que les consolaban el corazón y saciaban su hambre de Dios.

Los discípulos estaban encantados del éxito de aquel día, pero anochecía y ya era hora de que se fueran y pudieran descansar un rato. Y ante la tentación de despedirles hasta otro día, Jesús les dice: «Dadles vosotros de comer». Y ahí se les complicó la cosa. ¿Con qué, para cuántos, cómo hacerlo? Preguntas que repetimos cuando ante la necesidad de los demás.

Poco, nada, insuficiente… fueron los adverbios de respuesta. Palabras muy realistas cuando no queremos desprendernos de nada ni modificar nuestros comportamientos. Todo nos parece insuficiente para tantos, para llegar a fin de mes, para cubrir con la jubilación, para toda la familia, para aquellos que nos piden. Y, ciertamente, eran muchos, un número casi imposible de abarcar con la vista.

Dios nos regaló un mundo con recursos suficientes. Somos nosotros los que hacemos balances con  números rojos. Jesús, sin inmutarse, hizo una gestión distinta: Por un lado dividió el problema en pequeñas partes de cincuenta y les mandó tener paciencia. Por otro, dio gracias al Padre por lo que tenía… ¡aunque fuera poco! Y «tomando, los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición…» Y multiplicó la comida hasta extremos inconcebibles. Y luego los entregó «para que los dieran a la gente» y sobraron doce cestos, uno por cada discípulo.

Jesús lo haría dos veces más: La noche en que le apresaron, con uno de los panes «pronunciando la acción de gracias, lo partió». Y otra, cuando tras resucitar, partiría el pan de nuevo con los de Emaús, y sus discípulos a la orilla del Lago.

Por eso, conmemorar ese reparto del pan nos lo hace y levantar la copa del vino nos recuerda nuestro destino junto a él. Por eso, cada vez que celebramos esta fiesta se nos obliga a hablar del pan y adorar su presencia. A anunciar y repartir