¿GUARDARSE O PROTEGERSE?

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Hace un tiempo, José Tolentino de Mendonça, escribía en su libro, Hacia una espiritualidad de los sentidos: “vivimos en una sociedad dominada por el mito del control… que representa la negación del principio de realidad”. Una realidad en la que nos sentíamos seguros pensando que todo lo sucedido -desesperante y macabro- era para otros, en otros tiempos y otros lugares.

En ese librito de reflexiones cortas auguraba: “Todas las épocas tienen sus patologías… Las enfermedades dominantes nos muestran el punto de dolor escondido, revelan comportamientos y compulsiones, desvelan una vulnerabilidad que es nuestra… el mayor combate de los siglos que nos han precedido ha sido bacteriano o viral”. Con estas palabras anticipaba la vulnerabilidad de nuestro sistema ante pandemias históricas y desconocidas para nuestra experiencia.

Llegado el caso, llegada la enfermedad vírica, ha puesto de manifiesto nuestros comportamientos y nuestras compulsiones: miedos ancestrales a la muerte y al dolor, pánico a la separación definitiva de los nuestros, resistencias al confinamiento, sospechas sobre los que viven a nuestro lado, ruptura de los vínculos más sagrados, y tantas y tantas reacciones que sólo habíamos expresado en documentos de ciencia ficción.

“Es cierto -seguía escribiendo- que de vez en cuando cunde el pánico de una pandemia vírica, pero ese no es el problema… es fundamentalmente el neuronal”. De esto no se libra nadie. Nuestra psicología de supervivencia nos lleva al extremo. Ahora bien, hay excepciones: reaccionan con humanidad entregada las madres, los padres de familia… aquellos que sin mirar a la realidad se preocupan más de los otros que de sí mismos.

Anuncio de evangelio en aquellos que han entregado su vida sin replegarse o guardarse. Aquellas que no han pensado mucho y se han arriesgado a ayudar. Lo vemos en los voluntarios que –con forma de sanitarios, cuerpos de seguridad o tenderos- han hecho de la pandemia, virtud. Es lo que Jesús nos pedía a los que le hemos seguido: “quien pierde su vida por mí, la encontrará”. Por eso, es incomprensible la reserva de algunos de nosotros, llamados a arremangarse y ayudar.

En este tiempo, cuanto más se piensa, más se justifica ideológicamente el conservarse. Es en esta situación -cuando la tarea se identifica con la supervivencia-, donde muchas religiosas siguen salvando ancianos, donde muchos religiosos salvaguardan la educación de los niños y nuestras congregaciones engrosan las Cáritas para dar de comer.

El Viernes Santo, el capuchino Raniero Cantalamessa proclamaba en el Vaticano: “La pandemia del coronavirus nos ha despertado bruscamente del delirio de omnipotencia”. Y nos ha abocado a confiar pacientemente en lo que ha de venir. Nos ha resignado a rezar y pedir. Ha puesto de manifiesto la vida y misión de los contemplativos de presentar a Dios el mundo.

Nuestra propuesta de vida se construye con lo que la sociedad no contaba: con la providencia divina, la pobreza asumida y la fraternidad entregada. Y ese estilo se pierde protegiéndose y encerrándose.