ESPERANZA A PLAZOS

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En estos tiempos en los que se vive “porque Dios quiere” muchas de las personas de la parroquia confiesan que contraer el virus, como afrontar cada bache de la vida, les lleva a saborear la vida a sorbos.

«Señor, déjame llegar a la comunión de mi nieto… a la confirmación de la niña, que vea a mis hijos situados».

Nosotros acostumbrados, a nuestro pesar, a tener que adquirir todo a plazos no nos damos cuenta de que es una manera muy sana de vivir. No de sobrevivir, sino de vivir. Si no que se lo digan a Simeón al descubrir al Mesías en el bebé de un matrimonio forastero. Hasta ese momento sus expectativas, y las de su pueblo, habían consistido en dar pequeños sorbos de esperanza con cada rey, con cada batalla, con cada fiesta, con cada persona. Pero, llega el momento y se desvanecen los plazos.

«Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz».

Se han colmado la fe y la esperanza: ¡Está aquí, el Señor! ¿En qué plazos nos movemos? ¿Qué esperanza nos mueve? No sé si caminamos en la Vida Consagrada con la naturalidad de una abuela, la sensatez de un padre o la alegría de un nieto. Pero lo que si percibo es que nuestros plazos se acortan esperando decisiones capitulares y no tanto a Cristo.

Si nuestros ojos han visto la Salvación, acojamos los plazos y saboreemos la vida como nos ha enseñado esta pandemia.