DIFÍCIL, MUY DIFÍCIL

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Es difícil convencer de algo a quien no quiere escuchar. Y más cuando el rechazo pasa del mensaje al mensajero. Y da igual que sea en una trifulca futbolística, una discusión por derramas en el bloque vecinal, por unas elecciones políticas o por la forma de entregar la vida.

La cerrazón es la cualidad u obstáculo más frecuente en el pueblo de Israel. Una decisión de posicionarse delante de Dios cuando, como un adolescente, no quiere cambiar. Los profetas fueron las víctimas de las iras de la gente. Cuánto más religiosa, más intransigente. Y es que creerse en posesión de la verdad genera una dinámica de defensa y de negación que provoca siempre la fractura.

A Jesús lo desautorizan los suyos: su familia, sus vecinos, los hebreos de la sinagoga. No lo hacen los políticos, ni los dominadores… No, los más cercanos. Los de casa. Y eso es lo más difícil de soportar. Porque cualquier dificultad se puede aguantar si uno siente las espaldas cubiertas. Pero si, en medio de la lucha, se encuentra la puñalada por la espalda, se acaba sucumbiendo. Lo sufre San Pablo, le sucede a los profetas, lo experimenta el mismo Jesús.

La crucifixión del Maestro se venía venir mucho antes. Comenzó cuando sus familiares le echaban en cara andar sin oficio ni beneficio, cuando se unieron  discípulos que buscaban prestigio, cuando las gentes necesitaron los milagros, cuando se frustraron los deseos de liberación respecto de Roma y el cese de la injusticia y el hambre.

¿Qué experiencia tenemos de todo esto? Hemos de reconocer que a menudo pensamos que Dios nos frustra y no atiende a nuestras necesidades. Y nos rebelamos contra el profeta, el Papa, la superiora, el jefe, la coordinadora o Cristo que se tercie. A esos les crucificamos porque no se cumplen nuestros sueños. Y se lo ponemos difícil.

No nos damos cuenta que con nuestra actitud impedimos el reino de Dios y estigmatizamos a quien se nos pone por delante. Por qué no nos gusta que se aireen nuestras mezquindades e intereses ocultos. Y eso que somos los más religiosos, inteligentes y bondadosos del mundo.

Pues si lo sufrimos, no lo hagamos con los demás. No sigamos poniéndoselo difícil a las mediaciones de amor, autoridad y humildad que Dios nos regala. Aunque nos resulte muy difícil.