DESCARTADO

0
397

Jesús atraviesa la zona de las doce ciudades romanas, zona pagana donde las haya, y realiza dos curaciones: la de una niña poseída -que hoy no se refleja- y la de un sordo. Dos descartados de la fe judía.

El sordo es presentado a Jesús. Lo acompañan porque él no puede expresarse. Le prestan unas palabras -que nunca ha oído- para ponerlo ante Jesús, Palabra de Vida, y que “le imponga las manos”. Jesús lo aparta del grupo y, quedándose solo, lo modela de nuevo: los oídos y la lengua; le da la capacidad para oír y para hablar. Después, “mirando al cielo, suspiró y le dijo effetá”, y le abrió a la relación con el mundo.

Cuando nosotros nacimos, las primeras voces que escucharon nuestros oídos -percibida ya en el seno- fue la de nuestros padres. Tuvimos la suerte de relacionarnos con los demás y con Dios sin tapujos, sin impedimentos, sin carencias. La voz de los otros se coló sin pretenderlo.

Termina el evangelio con la alabanza de los extranjeros de Sidón a Jesús como el nuevo creador: “Todo lo ha hecho bien” -decían-. Una alabanza acallada en la boca de los judíos, religiosos y cumplidores.

La sociedad de Jesús se había quedado sorda para escuchar la voluntad de Dios y muda para poder contarla a los demás. No acepta que Dios se incline ante los que la Ley descarta. Han olvidado que Creador tras modelar cada criatura “vio que todo era bueno”.

¿Y la nuestra? ¿No habrá perdido cierta capacidad para oírle en su Palabra, en la liturgia de la creación y no la reconoce ya en los hombres? ¿Se ha quedado sorda y muda de Dios y de los hombres?

Dios no se calla. Se fija en el clamor de “los pobres del mundo” y busca “hacerlos ricos en la fe y herederos del reino”. Porque Él no es ni sordo ni mudo. Será que no lo sabemos traducir, ni presentar. Será que nos quedamos sordos ante sus deseos. Será que nos sentimos los únicos intérpretes de la voz de Dios y nos cerramos -como los judíos- a su novedad.

Hoy Jesús atraviesa las fronteras de nuestra realidad y hemos de poner todo en sus manos, sin descartar ni nada ni a nadie.