DAME ALGO…

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¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Las familias de hoy, las nuestras se deshacen para dar a sus hijos todo lo que se les antoja. Da igual que sean familias pudientes, emigrantes, del oriente, mono parentales… Da lo mismo. Si la criatura quiere la luna, allá que hemos de ir e inventar un buen papel de regalo con qué envolverla.

Jesús compara la confianza de nuestra oración con la generosidad  de los padres y la insistencia de los hijos. Pero, a buen seguro, si viviera en nuestro momento modificaría un tanto el ejemplo. Y lo haría, porque no educamos sino que consentimos. Basta revisar lo que pedimos a Dios y nuestros enfados con Él. Queremos que nos conceda lo que necesitamos en este momento y no toleramos la frustración de no recibirlo de forma inmediata. Educamos así y nos descubrimos inmaduros.

Pero el tema de hoy nos habla de la insistencia de hablar con un Dios que nos conoce y sabe por dónde vamos. La insistencia se da por la confianza depositada por ambas partes y no solo por los beneficios que van a repercutir. ¿O sí?

Lo de «frustrarse» está sobrevalorado porque las contrariedades son las únicas que nos dan masa muscular. Músculo para levantar la propia cruz detrás del Maestro. El que nos educa con las posibilidades que ofrece la vida. El que nos pone ante Dios para adorarle  y darle gracias. El que nos recompone ante la dificultad. El que nos restaura el corazón cuando la prueba es más grande que nosotros.

Él es un Padre, con corazón de Madre, que reconocer nuestra petición y sabe lo que necesitamos: caña, instrucción y destrezas. Tan válido para orar como para vivir. Y en la fidelidad del encuentro se purifican los deseos y se sacian las expectativas. Haciendo de cada uno, una persona creyente, resilente, agradecida y bondadosa… que se da tras haber recibido, que ha dejado atrás el pedir por pedir… Que ha dejado de emitir la petición eterna: «Dame algo».