CON UNOS VINOS

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Jesús se hizo presente -como Mesías- con unos vinos.

No lo hizo en el Templo, ni en la sinagoga, ni en una reunión de grupo sino en una boda. Y dentro de ella, en el convite. En esa situación en la que nos extraña ver a un cura, a un fraile o una religiosa cenando o bailando. ¡Vamos, alternando!

La situación no se busca premeditadamente sino que se aprovecha. Ahí, la perspicaz es María; la madre. Ella -la invitada a la boda- propicia que su hijo se lleve a unos jóvenes que llevan unos días con él. Habían venido de parte de Juan y necesitaban comprobar que Jesús era el verdadero Mesías. Y, ahora, se preguntan si merecía la pena estar con aquel galileo que se los llevaba de fiesta.

El evangelio de Juan destaca la carencia de vino en la boda; del elemento que anima el convite, la charla animada y las danzas judías. Faltaba alegría y gozo en aquella sociedad judía abocada a lavarse y purificarse. Faltaba entusiasmo a unas gentes que se preparaban a la llegada de un Dios que no reconocían. Eso sí, abundaba el agua. Cientos y cientos de litros de agua y de normas que no desembocaban en la alabanza ni el gozo. Ahí es donde María aprovecha la ocasión y sitúa a su hijo en el centro de la historia de todos ellos. Ahí es donde Jesús se fuerza a iniciar la manifestación de su poder: “Llenad las tinajas de agua… y, después sacad un poco  para que lo pruebe el metre”.

Y así comenzó todo: los signos, la gloria y la fe. Un motivo para transformar nuestra queja – no nos queda vino-, en el milagro. Una manera de salir de nuestra corta manera de ver y entrar en la largueza de la mirada de Dios.