CON EL PASO DE LOS AÑOS

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La reflexión y el sosiego no siempre nos posibilitan descubrir lo esencial. En muchos momentos, la presión a la que nos someten los otros es la que nos hace reaccionar de manera eficiente.

A Jesús le sucede ante la prueba que le ponen los fariseos. Ante ellos saca la perspicacia y la sabiduría que le caracterizaban y que encantaba a sus seguidores. Los fariseos habían estructurado su religión en torno a unos seiscientos trece preceptos y pretendían que la gente sencilla recurriera a ellos para interpretarlos, comprenderlos y poder vivirlos. Se sentían cuestionados por las predicaciones del galileo y estaban perdiendo adeptos. De ahí que le acosaran a preguntas para descubrir su metodología y su ortodoxia.

¿Qué predicaba Jesús? Daba pautas sencillas para que cada uno pudiera reconocer si vivía en la verdad o se manejaba hipócritamente. Posibilitaba acercarse a Dios y a su voluntad. Y animaba a pasarse al evangelio sin gastos de portabilidad. Ante la dispersión de preceptos mosaicos, Jesús resume: “Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y todo tu ser” (Dt) y “al tu prójimo como a ti mismo” (Lv).

Nunca antes se había comparado el Amor a Dios al del prójimo. ¡Claro! Nunca antes Dios se había hecho un prójimo y en el corazón de Jesús se unía lo esencial: el corazón compasivo de un Dios que ama a todos y de forma gratuita, y el corazón necesitado de una humanidad que le cuesta saberse amar a sí misma.

La síntesis la tenemos en nuestro pequeño corazón: «Amaos como yo os he amado» (Jn 13, 34).  Según ese «modo» es fácil ponerse a amar y no enredarse en normas y mandatos que llevan -casi siempre- a justificarse y apegarse.

Una verdad que voy descubriendo con el paso de los años. Una realidad que estoy tanteando en medio de esta pandemia con el paso de los meses.