CAMBIA EL MUNDO

0
516

Todas las generaciones de la historia han pretendido cambiar el mundo que les ha tocado. Cambiar a mejor. Cambiar innovando. Cambiar para ser más felices.

Santiago y Juan eran hermanos. No estaban satisfechos con lo que les había tocado en suerte y se deciden a salir de su pueblo en búsqueda de un plus de sentido, de trabajo, de posición. Se encuentran con Jesús el galileo. Con un Maestro especial que generaba expectativas en todo aquel que le escuchaba. Quizá por eso le siguieron.

Muchas personas hoy se movilizan pidiendo un cambio estructural de la economía, de los estereotipos patriarcales, de la manera de consumir y agotar el planeta. Algunos se embarcan en organizaciones solidarias durante una temporada convencidos de que su aportación, como un grano de arena, sirve para algo.

En la época inmediatamente anterior los jóvenes se movilizaron un por mundo más fraterno y menos militarizado. Se colgaron signos de paz al cuello y se pintaban margaritas en la frente.

Y así, retrotrayendo el recuerdo nos encontramos con generaciones soñadoras e insatisfechas con lo que tenían entre manos.

Y todas, de una manera o de otra, consiguieron parte del cambio y se ahogaron en deseos por otra. Deseos ahogados por el afán de conseguir resultados. Las prisas en el cambio son una tentación tan habitual y tan natural que parece formar parte de nuestro ADN. Aquellos dos hermanos quisieron alcanzar la gloria antes de pasar por la cruz. Incluso, reciben la ayuda e intercesión de su madre exigiendo privilegios.

Ningún cambio sobreviene sin la muerte de lo anterior. Y todo cierre de ciclo supone dolor y renuncia. Y a eso no querían apuntarse los Zebedeos. Como no queremos apuntarnos nosotros si eso supone perder la razón o el sillón.

Si uno de los criterios de veracidad de un texto evangélico es reflejar los fracasos de la comunidad en este caso nos encontramos ante un acontecimiento real. Real por las palabras que brotaron de Jesús, veraz por la reacción de los otros discípulos y cierta por la permanencia en el tiempo.

Los hijos del Zebedeo somos nosotros: queriendo cambiar el mundo no cambiamos ni un ápice nuestros corazones. Salvo, que acojamos lo que Dios nos pide y nos arriesguemos a buscar el Reino y su justicia. Como los misioneros, que son cambiados para cambiar, animados para animar e impulsados para impulsar. “Ese o esa soy yo” -se oye en el vídeo de la campaña del DOMUND– reflejando el cambio del mundo en las vidas de muchas personas: ayer, hoy y siempre.