Libres de…

David decide realizar el censo del pueblo, no para conocer el número de habitantes a los que debe servir, sino para ser consciente de sus riquezas y posesiones, y valorar su capacidad de poder, de fuerza y de éxito. La ambición lo ciega y pierde de vista a Dios, a quien todo pertenece. David cae en la tentación de ser dueño y maestro absoluto.

También nosotros queremos, a menudo, salvar nuestra imagen en el plano individual y las estructuras en el plano comunitario. Tenemos la tentación de hacer el censo de nuestros bienes, incluso espirituales, no para preguntarnos cómo utilizarlos para ser más libres y entregarnos más plenamente, sino para obtener con ellos más beneficios y poder.

En occidente vivimos un estado de vida acomodado. ¿Qué nos falta? Siempre hay algún pobre que viene a nuestro encuentro y nos plantea algunas preguntas. Sin duda, muchas veces nos esforzamos por vivir sin nada propio y nos contentamos con lo necesario, renunciando a las seguridades; pero solemos pensar más sobre lo que sucede con los bienes en torno a nosotros que en nuestra vida personal. No buscamos una alternativa evangélica que nos oriente. ¿Qué hacemos con los conventos abandonados o habitados por pocas personas que viven con dificultades? ¿Cómo podríamos ahorrar el tiempo que perdemos detrás de estructuras vacías? ¿Cómo podemos acoger la invitación del Papa a dar todo a los pobres y compartir su precariedad concreta con la esperanza en el corazón?

Viviendo sin nada pedimos al Espíritu que haga arder la tierra concreta de nuestras historias particulares para volver a visitar nuestro modo de ser, experimentando incluso la incógnita del futuro entregado a Dios. En cada acción, en la escucha y en el silencio, estamos llamados a esperar al Señor que viene. Jesucristo nos pide caminar sobre las aguas con una invitación certera: “¡No tengáis miedo!”.

Si queremos vivir pobres como Jesús, en la Iglesia y en la sociedad, necesitamos descubrir si Dios es verdaderamente la riqueza de nuestra vida y si compartimos realmente la vida de los pobres. El fin último de la pobreza es vivir con cada persona relaciones evangélicas; pero, para que esto sea posible, es necesario que nos liberemos de todo lo que obstaculiza el encuentro místico con el otro.

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Preguntas necesarias…

¿Somos conscientes del fenómeno del individualismo que está invadiendo nuestra historia? ¿Estamos haciendo algo para reconocerlo y podarlo? ¿Cómo podemos transformar estos brotes idolátricos de nuestro “yo” en recursos relacionales para este tiempo de respuestas inmediatas pero pobre de preguntas profundas?

Parece que se ha apagado el deseo de parar y escuchar en el silencio el correr de la vida, que nos permite descubrirnos como parte del proyecto universal de amor anunciado por Jesucristo. No solemos hacernos preguntas de sentido perdiéndonos en las tareas cotidianas.

Aunque en nuestros días se trata de justificar la necesidad de revisar o cambiar algunos modos de ser, no hemos logrado todavía alternativas evangélicas que manifiesten a Dios en nuestra vida personal y fraterna. Hemos pasado de una concepción de la vida definida por reglas a un acercamiento individualista a la existencia. Nos falta la conciencia del espacio sagrado que se da entre las personas para abrirnos con fe al dialogo y a la acogida que se fundan en el Evangelio. La institución aparece como un torrente (el carisma) en caída, sin obstáculos, que destruye todo lo que encuentra y pierde su identidad mientras se transforma en ideología.

A veces murmuramos sobre cómo deberían vivir los demás, pero no nos comprometemos con discusiones que les den claves verdaderas para la vida. La verdad individual se identifica con la espontaneidad, con la sobrevaloración del pensamiento propio y con las capacidades de cada uno. La emotividad arrastra las opciones hacia el consumo de lo inmediato, la afectividad se regula por las necesidades inmediatas, la corporeidad se asume como ídolo a través del cuidado de la imagen, de la juventud perpetua…

¿Qué aporta Jesús en todo esto? ¿Dónde queda Dios en nuestra vida a menudo absorvida por la realización individual en detrimento de la fraternidad mística? ¿Cómo nos movemos en el plano de la fe y cómo hacemos visible la presencia del Señor en la vida cotidiana? ¿Cómo nos podemos entrenar en la oración para ponernos a la escucha de los otros, de la historia, de cada momento, para acoger con fe y con humildad los mensajes de Dios?

Urge una seria reflexión.

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Trabajo en proceso…

Algunas preguntas que parecen silenciadas nos interpelan y nos piden una reflexión profunda, sobre todo, cuan-do la vida parece perder sentido. Cuando esto sucede, llega el tiempo de revisar el camino de la propia consagración, de volver a visitar el punto de partida e interrogarnos para comprender si estamos viviendo para el estado de vida o vivimos según el sentido que ilumina cada aspecto de nuestra existencia. La respuesta nos puede ayudar a leer los efectos de la pérdida de significado que se da en este momento en el seguimiento del Señor: poco a poco nos alejamos de Dios, acallamos las motivaciones, los deseos y los sueños. Transformando el estado de vida en un refugio seguro nos cerramos en una espiritualidad desencarnada, dejamos de buscar, nos enjaulamos, reducimos el horizonte de Dios a nuestro horizonte y construimos una vida irreal.

¿Cómo revitalizar nuestra existencia humana y evangélica haciendo significativo el estado de consagración en el tiempo y el espacio que cada uno vive con el Señor? La Iglesia muestra una gran estima por los consagrados y nos considera capaces de vivir una autonomía enraizada en Cristo y en el Evangelio. Haciendo un examen de conciencia nos damos cuenta, sin embargo, de que no siempre damos testimonio de una verdadera autonomía. Este comportamiento es la consecuencia de una formación que se identifica a menudo con la adquisición de saberes y no como experiencia de discernimiento que habilita para vivir evangélicamente según el Espíritu de Dios a todos los niveles. En la actualidad, la formación se está rediseñando para favorecer una autonomía que se realice y tome sentido en la relación con Cristo. Es su amor el que hace superar el individualismo, la independencia, el subjetivismo… Es su amor el que genera la pasión por el Reino. Es su amor el que da valor a la fraternidad mística a través de las relaciones humanas y evangélicas, a la obediencia como vida a la escucha del Espíritu,  a la profecía que hace ver a Cristo,  a la fe que toma forma en la liturgia y la caridad.

El trabajo está en proceso. Está en nosotros si decidirnos reconsiderar el sentido de nuestra vida para ser personas en relación que viven el Evangelio, consagrados que quieren seguir con amor al Señor y llevarlo a aquellos que esperan gestos de esperanza.

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Al final del curso…

¿Cómo ser cristianos, o mejor aún, mujeres y hombres consagrados creíbles en este tiempo de secularización? Al terminar el curso, la tentación inmediata para encontrar una respuesta podría ser la de hacer balances o elaborar proyectos de futuro. Sin embargo, si la búsqueda no cuenta con una lectura contemplativa de la historia según el corazón de Dios, es posible que no se obtengan resultados significativos.

A propósito, es urgente verificar el estado de salud de nuestra fe para que, arraigada en la oración, tome forma en la Liturgia y se haga carne en la historia, provocando en la persona que se convierta en reflejo de la presencia real del Señor en los diversos estilos de vida. El espacio sagrado del templo se prolonga en las periferias existenciales y materiales a través de personas de fe que comunican, a los que están en los márgenes de la sociedad, la cercanía de Dios con la humanidad.

La vida de fe lleva a descubrir la dimensión contemplativa de la existencia, iluminada y transformada por la Palabra, que hace visible el amor trinitario en las relaciones. Asumiendo el sentido del Evangelio, que da significado y orienta cada situación, se hace ver a los hombres y mujeres de nuestro tiempo que Dios es Amor. La relación constante con el Señor Resucitado, que conduce hacia el umbral del Misterio presente en la raíz de nuestra existencia, nos hace experimentar la mística de la fraternidad y de la creación.

El tiempo de la evaluación conlleva una relectura de nuestras coordenadas humanas y evangélicas. Un tiempo para escuchar sin prejuicios las preguntas de los hombres y mujeres de hoy que realizan sus propias búsquedas. Todo esto no se improvisa. No basta elegir la marginalidad desde la seguridad y desde nuestra capacidad resiliente, sino que se trata más bien de ser personas de fe motivadas por el sentido de las acciones que realizan y que se entregan constantemente. Por esta razón, la vida en Dios ofrece a la sociedad una cultura evangélica, no ideológica, a través del diálogo y la acogida de aquello que la misma periferia nos entrega.

Un tiempo dedicado al análisis auténtico y profundo del recorrido personal y comunitario, incluso en confrontación con el otro, nos permitirá resituarnos fielmente en el camino que el Señor ha diseñado para cada uno de nosotros.

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Testigos del Resucitado

El Resucitado nos sigue invitando a ser sus testigos en el mundo. Nos llama a vivir el Evangelio sin reducirlo a programaciones, imitando su ejemplo, porque caminamos siguiendo sus huellas. Nos invita a mirarle continuamente para ser verdaderos narradores, no de nuestro protagonismo, sino del amor de Dios que se refleja en la historia de cada día.
Él nos conduce, desde la estabilidad o desde los caminos del mundo, desde el centro de las ciudades o desde las periferias, a escuchar las historias humanas que muestran signos de vida superando la necesidad instintiva de pensar en nosotros mismos. Nos anima a no quedarnos solo en el plano de las ideas y a ponernos en camino, a movernos, a realizar opciones que den vida: “Ve y haz tú lo mismo” (Lc 10, 25-37). Entrégate a la gente, haz visible con tu vida la presencia del Señor.
Jesús nos interpela desde la hondura de nuestro ser personas, porque donde se despliega la plenitud de la existencia, ahí se hace visible la vida humana y divina de Jesús. Él, verdadero hombre, ha experimentado la sed: “mujer, dame de beber”; ha contado con el afecto de los amigos: se acerca a Betania para encontrarse con Marta, María y Lázaro; ha llorado por la muerte de Lázaro; se ha implicado empáticamente en las relaciones; ha curado a los enfermos; ha perdonado a los pecadores; se ha abandonado en las manos del Padre en Getsemaní; y, sobre la cruz, ha perdonado a aquellos que lo han traicionado.
Su testimonio nos empuja a ser personas profundamente humanas que viven la parábola de la vida como los demás, llevando sobre nosotros el cansancio, las preocupaciones, los deseos y las alegrías, pero desde la proximidad y la continua búsqueda del rostro de Dios. Él nos invita a dejarlo todo para solidarizarnos con la suerte de los pobres caminando con ellos sobre las aguas e implicándonos íntegramente en las historias humanas particulares.
Viviendo un continuo “ser para los demás”, incluso más allá de la reciprocidad, nos pide caminar no solo por los caminos de búsqueda intelectual, sino, sobre todo, por los caminos de la sabiduría espiritual que encarna el mandamiento del amor. Nos enseña, desde nuestra vida cotidiana, a ser profetas que viven el tiempo de la espera en el momento presente y a reconocer el espacio sagrado de la historia habitada por Dios.

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Reconocer los signos de la Resurrección

Nos acercamos al fin del tiempo cuaresmal mientras continuamos recorriendo con el Señor el último tramo de desierto, para abrirnos después al epílogo de todo el camino: la Resurrección de Jesucristo. Este tiempo, que nos orienta hacia la Pascua, vivido desde la presencia de Dios, nos permite revisar nuestra vida espiritual, la calidad de nuestra relación con el Señor, la apertura de nuestro corazón a Quien nos perdona, nos regala su misericordia y nos abraza con su ternura. Más aún: nos ofrece la posibilidad de cultivar y consolidar evan- gélicamente las relaciones humanas para ser siempre con el otro y para el otro. Nos humaniza y nos hace capaces de convertirnos en don, de cuidar a los hombres y mujeres que nos encontramos en el camino, como Dios hace con cada ser humano. Es un tiempo propicio para descubrir en el proceso de fe aquello que es verdaderamente esencial para la existencia cotidiana: aprender de la relación profunda con Dios para vivir siempre en caridad con todos.
Solo con las huellas de Jesús resucitado impresas en nuestro corazón podemos comprender los signos de su presencia en la historia, sobre todo donde la vida es amordazada y donde el sentido de la muerte no está claro. Reconociendo la presencia de Cristo resucitado sobre los caminos del universo, nos hacemos testimonio creíble de su Resurrección. Para vivir esta realidad en plenitud, nos pide construir puentes que dan continuidad a la relación ininterrumpida de Dios con la humanidad; nos pide que demos valor a la existencia a menudo manipulada o apagada por el egoísmo individual o grupal; nos pide que acojamos al otro tal como es, en su unicidad e irrepetibilidad; nos pide, en fin, que vivamos la dimensión mística de la vida.
El Resucitado nos envía entre aquellos que no cuentan. Nos pide que vayamos al mundo de los excluidos, al mundo de los pobres de pan, de sentido o de amor, a menudo colocados en los márgenes de la historia donde se les ha oscurecido la dignidad. Nos invita a usar un lenguaje comprensible con quienes nos encontramos para poder discernir juntos los signos de la Resurrección de Jesucristo presentes en la vida de cada uno y en la historia. Nos invita a creer, contemplando al Resucitado, que es posible un mundo de justicia, paz y alegría.

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Apagar el móvil, para escuchar…

Entramos de lleno en el tiempo fuerte de la Cuaresma, tiempo de búsqueda, de conversión personal y de reconciliación con los demás, con Dios y la creación. No es fácil para nosotros apagar el móvil para adentrarnos en el desierto, descubrirnos solos y, a menudo, incapaces de reconocer las actitudes que chocan con la elección de la vida evangélica.

Durante el tiempo de desierto, el Espíritu nos conduce de nuevo hacia nuestras relaciones personales y nos pide que decidamos si servir a Dios y a los demás o, por el contrario, replegarnos sobre nosotros mismos. A veces, acompañados por el peso de la soledad y del malestar interior con los hermanos de comunidad o con el Señor, pasamos el tiempo defendiéndonos. Nutrimos nuestra indignación contestando a injusticias verdaderas o presuntas, sin encontrar una solución. Además, mientras nos esforzamos tratando de acoger la experiencia del desierto, no dejamos a nadie que entre en nuestro espacio de aislamiento. Nos encerramos en un caparazón virtual o real, interrumpiendo la relación con todos, y en particular con el Señor, olvidando que nos espera siempre.

Si el Dios que seguimos es el ídolo construido con nuestras manos, todo continuará igual. Si Él es el Viviente, entonces aceptamos la conversión del corazón que nos dispone para poder amar como Jesús. Dios nos va liberando poco a poco de cada cosa, nos pide convertir nuestro poder de control en confianza y entrega total para que, incluso a través de las mediaciones, pueda custodiar nuestra vida.

Él guarda nuestros pasos y nos sostiene en el camino con su mano. Nos lleva al desierto para hablarnos al corazón (Os 2,16), para purificarnos de  los ídolos y entregarnos un corazón de carne (Ez 36,25-26). Nos conduce al desierto para que podamos experimentar su misericordia sin condiciones, porque “ahí está el amor con el cual Dios nos sale al encuentro, rompe el círculo del egoísmo que nos envuelve, y hace de nosotros instrumentos de misericordia” (MEM 3).

En este tiempo cuaresmal, por tanto, nos queremos atrever a apagar el móvil y permanecer en silencio para discernir, a la luz del Espíritu, qué aspectos relacionales de nuestra vida necesitan ser repensados o consolidados aquí y ahora para que seamos verdaderos portadores de la ternura de Dios.

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¿Quién soy?

Se trata de una pregunta que acontece, sobre todo, durante la adolescencia y que vuelve con fuerza en los momentos de crisis, cuando buscamos el sentido de la vida. Es un interrogante que afecta a los consagrados, especialmente cuando vivimos ciertos cambios, ya sea cuando se interrumpe un camino serio de fe o se inicia la acogida de la propia historia. Evidentemente, no es fácil encontrar una respuesta inmediata a todas las preguntas que nos asaltan, ni podemos conformarnos con una visión subjetiva. Se descubre entonces la necesidad de la búsqueda paciente, en la fe, para volver a encontrar el sentido de la existencia y dar significado de nuevo a la propia vida.

El pensamiento único, muy presente en la sociedad actual, afecta a nuestra vida como consagrados. Nos resulta complicado vivir con fidelidad y con pasión el Evangelio y, en nombre del respeto de la dignidad de la persona, asumimos, a veces, actitudes típicas de la mentalidad de nuestro tiempo: la autorreferencialidad, el individualismo, la división interior, la necesidad de autorrealización… Cuando perdemos el sentido de la existencia y, con él, el Señor y el Evangelio, nos perdemos en el camino y, en esa confusión, buscamos en otro lado. Así, vamos dejando de hacernos preguntas y corremos el riesgo de morir interiormente: ¿Quién es para mí Jesucristo hoy? ¿Cómo cuido mi relación con Él? ¿Cómo organizo el tiempo en su presencia? ¿Me dejo iluminar por la Palabra e interpelar en cada momento por el Evangelio? ¿De qué forma me libero de la inmanencia de mi ser y de la fascinación por mí mismo y ayudo a los otros?

A pesar de que nuestra vida se anestesie, Jesús, con su fidelidad, continúa llamando a la puerta, nos provoca y nos pide que pongamos en juego la vida. Nos invita a cambiar de estilo, de mentalidad y modo de ser para hacer visible, en todo momento, el cuidado de las relaciones. Nos urge a no perder la brújula en el mare magnum de las relaciones virtuales que nos llevan a definirnos desde un “me gusta” o “no me gusta”, y no desde Cristo y su Evangelio.

Él, que conoce nuestro corazón, apuesta por nosotros, nos ayuda a recordar la mirada del primer amor y nos envía por los caminos del mundo de nuestro tiempo.

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¿Dónde te encuentras?

Al comenzar el año nuevo  queremos dejarnos alcanzar por Dios, que nos llama por nuestro nombre: ¿Dónde estás Adán, Eva, Pedro, Juan, Marta, María Magdalena… y dónde estás, mujer y hombre consagrado de este tiempo?

Todavía hoy el Señor nos pregunta a cada uno: ¿En qué lugar te encuentras respecto de ti mismo, de tu humanidad habitada por el amor incondicional de Dios, de la comunidad, las mediaciones, los hermanos y hermanas, de aquellos que esperan gestos de esperanza? ¿Dónde te encuentras en el cuidado de la creación, belleza de la Sabiduría, a menudo maltratada por el descuido y el consumismo del ser humano? ¿Dónde te encuentras y dónde colocas a Dios en tu vida? ¿Dónde has dejado el recuerdo de tu primer encuentro, del día en el que el Señor te reveló su amor para siempre y te confió el clamor de su pueblo?

El Espíritu nos empuja a traspasar el umbral del silencio de Dios para ponernos a la escucha de las preguntas hondas y silenciar los pensamientos profundos del sinsentido. Mientras, nos educa a permanecer en contacto con la profundidad de la existencia, sin atarnos al momento veloz de la comunicación virtual, nos devuelve al abismo del Misterio habitado por el Señor. Cada día nos habla a través de la Palabra, la fraternidad, las personas, los acontecimientos…

Él nos invita a superar el foso de la autorreferencialidad para situarnos junto a Jesucristo y seguirlo sin condiciones, buscando solo y constantemente su rostro y el de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo. Nos pide que cualifiquemos evangélicamente nuestra vida para ser, en la historia, signo de su presencia, instrumento eficaz en la construcción de un mundo profundamente humano, pero habitado por el amor de Dios. Nos invita a escuchar, a responder, a caminar junto a la presencia del Altísimo, asumiendo un estilo de vida profético que manifieste la acción de Dios en cada hecho. Nos envía a la estabilidad o a la itinerancia por los caminos del mundo y a las periferias de la historia, para descubrir los signos de la presencia de Dios en la vida cotidiana y convertirnos en interlocutores que reconocen sabiamente las preguntas con las que Dios y la humanidad nos interpelan (cf. VDq 2).

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