Las piedras de Lunzjata (mayo 2016)

He estado en varias ocasiones en Malta, con motivo de diversos actos y celebraciones de nuestra provincia carmelita. Se trata de una isla llena de belleza mediterránea, de historia, de arte y de cultura y, sobre todo, de gente afectuosa y hospitalaria, que ha visto pasar tantos y tantos visitantes, desde que San Pablo naufragara cerca de allí y dijera de los habitantes de la isla que “mostraban una humanidad poco común” (Hch 28, 2).

El Carmelo tiene en Malta una presencia con varios siglos de servicio a la Iglesia local. El caso es que los carmelitas malteses tienen una casa con una historia muy peculiar: el viejo convento carmelita de Lunzjata (que había sido una donación de Margarita de Aragón a principios del siglo XV), fue desmontado piedra a piedra por los frailes dos siglos más tarde para construir el convento de M’dina, esa joya que hoy es Instituto de espiritualidad conjunto entre carmelitas y carmelitas descalzos (O.Carm y OCD), museo y centro cultural en el corazón de la hermosísima ciudadela.

Me llamó mucho la atención aquella historia: un convento que se desmonta para poder construir otro convento. Una presencia que se transforma, que se muda para permanecer viva y fiel, y no pude por menos que admirar la flexibilidad vital y espiritual de aquellos carmelitas del siglo XVI. Las piedras eran las mismas, pero la presencia adquiría una nueva configuración. Tampoco pude dejar de compararlo con algunas situaciones que vivimos hoy en la vida religiosa, especialmente con la falta de capacidad para acoplarnos a nuevas situaciones, la escasa libertad para cerrar una presencia (algo siempre triste, qué duda cabe) y abrir otra que pensamos pueda ser más significativa, más fructífera, más apostólica…

Se trata (¡todo un reto!) de hacer lo mismo, pero de hacerlo de otra manera. Ello nos lleva a plantear bien un debate cada vez más frecuente en las órdenes y congregaciones en Europa. La cuestión principal no es qué no vamos a hacer (qué casas vamos a cerrar, qué no podemos hacer, etc), sino lo contrario: qué queremos hacer (en positivo), es decir, qué podemos ofrecer desde nuestro carisma a la gente, a la Iglesia local y a la Iglesia universal. Parece algo sencillo (simplemente formular la cuestión en positivo y cambiar el gesto), pero conlleva un cambio de mentalidad y en algunos casos exigirá un verdadero cambio de actitudes: generosidad, apertura, discernimiento sincero, creatividad, disponibilidad, valentía y (por qué no decirlo) conversión… Cada actitud merecería un tratado, pero nos limitamos a sugerirlas para que -como aquellos frailecillos por los caminos polvorientos de Malta- seamos capaces de trasladar las piedras para que éstas sigan hablando…

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Repuestos Menéndez (abril 2016)

Hace unos años fui a un país africano para la inauguración de un nuevo convento carmelita. Los que hayáis estado allí, sabéis con cuánta solemnidad, aire festivo y calma se desarrollan estas celebraciones, llenas de vida y de participación gozosa a través del canto, del baile, de los signos y símbolos. Presidía el arzobispo local que tenía un carácter ligeramente áspero. Poco antes de salir en procesión ya había llamado la atención a dos sacerdotes por hablar en la sacristía improvisada y a otros por no vestir suficientemente de acuerdo a la celebración.

Hacía un calor sofocante y los hermanos me sugirieron que me quitara el hábito y que me pusiera el alba y la casulla sobre la camiseta y así lo hice. Era una camiseta (todavía me acuerdo) de publicidad de Repuestos Menéndez, una de esas camisetas que uno guarda (muchos años) para los viajes. Al terminar la celebración y volver a la sacristía, me quité los paramentos litúrgicos, pero mi hábito no aparecía. Mientras yo me ponía nervioso y sudaba cada vez más (ahora por el apuro), los mil fotógrafos (profesionales y aficionados) nos iban haciendo fotografías sin parar: el señor arzobispo con cara de pocos amigos, muchos clérigos elegantísimos y yo con mi publicidad de Repuestos Menéndez, colorado como un tomate.

El hábito apareció tras algunos minutos (que se me hicieron eternos) y ahí quedó la anécdota. Uno que ya va teniendo tablas, salió del apuro, más aún, lo espiritualicé (en el mejor sentido de la palabra), pues había oído hacía poco a Enzo Bianchi que “El camino más seguro para alcanzar la humildad consiste en pasar a través de las humillaciones”. Pues bendito sea Dios. Pero a mí me quedó la duda de si no somos demasiado tendentes a esconder entre capisayos y sahumerios, entre observancias y dignidades, lo sencillo, lo que somos, de dónde venimos (Repuestos Menéndez era una empresa de mi barrio en Madrid que quizás todavía exista), todas esas cosas que nos hacen cercanos a todos los seres humanos (familia, amigos, raíces) sea cuál sea nuestro cargo, nuestra dignidad o nuestro título. En algunos casos -peor todavía-, hay quien parece avergonzarse de sus orígenes sencillos, de las gentes que no nos llaman ni “Reverendísimo”, ni “Eminencia”, ni “Excelencia”, sino por el nombre de pila (el título más hermoso y el primer regalo que nos hizo la Iglesia).

Debajo del hábito todos llevamos la camiseta de Repuestos Menéndez. No nos quita dignidad, ni a nosotros, ni a los cargos, títulos y ministerios que son importantes y respetables, ojo, pero que no nos pueden hacer renegar de lo que somos. Es -de forma muy análoga y salvando todas las distancias- como el Misterio mismo de la Encarnación del Verbo… que no hizo alarde de su categoría de Dios (…) pasando por uno de tantos (Flp. 2, 6-7).

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De centenarios y cebollas (marzo 2016)

Pues aquí sigo con lo de los centenarios. Otra tentación muy frecuente en estas conmemoraciones es la de la idealización e ideologización de una historia y de un pasado. En el fondo (dicho así, sin muchos matices), se trata de destacar qué buenos eran y qué malos somos. Pues ni somos tan malos ni eran tan buenos, como sabemos bien los que ya vamos cumpliendo años y vamos conociendo un poco de la condición humana. En este caso, el pasado se nos cuela en forma de nostalgia romántica (e irreal). Así, con el subjetivismo que ya detectó el poeta, creemos que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. En algunos sectores de la política italiana se decía hace unos años: “vivíamos mejor cuando vivíamos peor” (“stavamo meglio quando stavamo peggio”). En el fondo, es la tentación de añorar las cebollas de Egipto, la tentación de aquellos que no se abren con esperanza y valentía al futuro y miran con melancolía a un pasado heroico que no volverá.

La cuarta y última tentación de este vademécum o “libro de instrucciones” para la celebración de centenarios varios, es la de la “imitación mimética” (tan ridícula como imposible) de estas grandes figuras. Si tal santo llevaba la barbita así, o la fundadora vestía de esta manera o si los santos fundadores comían esto o lo otro…o qué se yo. Flaco servicio se les hace a estas figuras egregias, imitándolas en lo accesorio en vez de hacerlo en lo esencial (generalmente más difícil y sacrificado). No se trata de preguntarse sobre qué hacían, sino sobre qué harían. Ello supone riesgo, interpretación, discernimiento (y todo ello nos gusta menos).

Los centenarios nos sirven, más bien, para mirar con gozo y gratitud a un pasado, pero también para buscar inspiración (casi me atrevería a decir “provocación”) para nuestro presente y esperanza para nuestro futuro. Es lo que en teología se llama la “dinámica anamnética” (tan importante en la liturgia, por ejemplo) y que consiste en traer el pasado al presente para que nos renueve y nos proyecte hacia el futuro. Estos centenarios están siendo una bendición para las diversas familias de la vida consagrada. Demos gracias a Dios por lo que hicieron e intentemos imitarles a ellos que -sin acordarse demasiado de las cebollas de Egipto- abrieron nuevos caminos y respondieron a los retos de su tiempo con generosidad, con valentía y con fidelidad…

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

 

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De centenarios y fuegos artificiales (febrero 2016)

Esta vez comienzo con una confesión pública: cuando yo era más joven (más combativo, más progre) solía decirle a mis superiores (para pincharles): “Cuando no hay futuro… ¡a celebrar centenarios!” Era mi forma de protestar por la falta de creatividad, de coraje o de imaginación para afrontar el presente y el futuro. Pero todo tiene su edad. Con los años uno ve las cosas de otro modo, no diverso, pero sí complementario. Además, Dios en su infinita sabiduría, me ha dado una buena penitencia. Aquellos centenarios que criticaba, ahora me toca presidirlos y animar a la gente a que los viva y los celebre. Pues… bendito sea Dios.

En la familia carmelitana estamos viviendo en los últimos años una serie de aniversarios muy importantes: 800 años de la muerte de Alberto, el Patriarca de Jerusalén que nos dio la Regla; 400 años de la muerte del P. Gracián (el gran colaborador de Santa Teresa); los 500 años del nacimiento de Santa Teresa de Avila, mística escritora y carmelita universal; y, ahora, los 450 años del nacimiento de la gran mística florentina, María Magdalena de Pazzi. También en otras familias religiosas se están celebrando centenarios de gran importancia y muy significativos, como (entre otros muchos) los 200 años del nacimiento de Don Bosco o los 800 años de la fundación de los dominicos.

            En diversos foros en medio mundo he debido hablar de estos centenarios y siempre he avisado de cuatro tentaciones que considero se deberían evitar a toda costa. La primera sería la de reducirlos a una especie de “fuegos artificiales” (fastos, eventos, celebraciones). Otra tentación es la de convertirlos en un ejercicio de mera arqueología: buscar piezas de museo en el pasado y meterlas en las vitrinas de nuestras publicaciones o de nuestros anales. Son ambas tentaciones muy frecuentes en las curias y, en principio, responden a una buena intención, pero si nos quedamos en eso, si estas figuras no tocan nuestro presente y nuestros corazones, si no nos interrogan, nos provocan, nos inspiran y nos animan… pues algo estará fallando. Domingo, Teresa, Don Bosco y tantos otros nos invitan a seguir caminando hoy, a abrir caminos con humildad y con coraje, a afrontar estos tiempos nuestros con creatividad, fidelidad y generosidad. No hay quien les reduzca a fuegos artificiales ni a entradas de diccionarios…

            De las otras dos tentaciones os hablo el mes que viene.

Fernando Millán Romeral O.Carm.

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Buenismo y malismo (enero 2016)

            Mi abuelo, que era -además de una bellísima persona- de un pueblo de Cuenca, usaba de vez en cuando una “variedad dialectal” que se da en ciertas zonas de España (en torno a la Mancha). A veces, refiriéndose a una comida, decía que “estaba buenisma” (sic), o refiriéndose a un niño que había crecido mucho, decía que “estaba grandismo” (sic). Después me he enterado de que esta variedad dialectal se da también en otras zonas de España. El caso es que, a veces, me acuerdo mucho de él, porque ahora se ha puesto de moda (en la política, pero también en la iglesia), hablar del “buenismo”. De hecho, en ciertos ambientes, esto es lo peor que te pueden llamar, una verdadera ofensa de la que se debe huir como de la peste. Ser “buenista”, o “actuar movido por una especie de buenismo” (latiguillos frecuentes), es algo grave y una descalificación horrible.

            Bromas aparte, en la vida religiosa sabemos bien el peligro de lo que se considera “buenismo”: dejar pasar los problemas, evitar la confrontación, aun cuando sea necesaria, no asumir responsabilidades ni afrontar situaciones complicadas y difíciles, etc. Todo ello, lejos de solucionar los problemas, los suele agravar y postergar para los que vengan detrás. ¿Quién -en su sano juicio- no está de acuerdo en criticar esto? Lo que me preocupa personalmente es que no pongamos la misma fuerza, la misma energía y sagacidad en detectar y criticar otra patología espiritual que considero más peligrosa y también frecuente: la del “malismo”. A veces sentimos pánico a que nos llamen “buenistas”, pero no nos ofende si quiera que piensen que somos “malistas”, y, la verdad, puestos a elegir o a correr el riesgo de caer en uno u otro… pues qué quieren que les diga. Yo que soy algo ingenuo, sigo creyendo fervientemente en lo del primado de la caridad y todo eso. Ahí es donde se rompen los moldes normales por la fuerza del Evangelio y quizás ahí esté también lo revolucionario de la vida cristiana y el testimonio de la vida religiosa. En el “buenismo” nos jugamos lo de estar seriamente y con responsabilidad en el mundo, pero en el “malismo” nos jugamos lo de no ser del mundo…

            A mi abuelo le haría gracia lo del “buenismo” éste y seguro que con retranca castellana pensaría que a todos les ha dado por hablar como en el pueblo.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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Quis animat animatores?: (diciembre 2015)

Vayan por delante mis disculpas para los buenos profesores latinistas que tuve. Ciertamente se trata de un latín macarrónico que adapta la frase clásica de Juvenal: “Quis custodiet ipsos custodes?” (quién vigila a los que tienen que vigilar), y que se usa para expresar la necesidad de controlar al poder mismo.

Pues bien, yo la suelo adaptar como reza el título, ya que en asambleas y reuniones tengo ocasión de hablar con provinciales jóvenes (más jóvenes que yo) en los que, a veces, percibo un cierto miedo, cansancio, o desánimo, ante la tarea encomendada. Me insinúan (o me lo dicen abiertamente) que echan de menos la pastoral o la docencia o incluso que no se hicieron religiosos “para esto”. Yo intento animarles como Dios me da a entender. Suelo decirles que también la “animación” (palabra que me gusta más que “gobierno”) es, en cierto modo, un servicio pastoral. Se trata de una parroquia un tanto “sui generis”, es verdad, pero también aquí hay que estar atentos a las necesidades de los hermanos y dialogar, consolar, corregir, curar heridas, sugerir caminos, agradecer, entusiasmar…

Pero, por otra parte, también comprendo que este momento de la vida religiosa es complejo y que, a veces, faltan las fuerzas o se difuminan los apoyos. Por ello (de ahí el “pseudo-latinajo”), invito a los hermanos a que también ellos animen a los que tienen que animar. Todos necesitamos que, al menos de vez en cuando, se nos agradezca algo, se nos reconozca el esfuerzo o se “nos pase la mano por el lomo” (valga el casticismo). El afecto y la solicitud con el que tenemos al lado, si son auténticos, no van nunca en detrimento de nuestra consagración ni de nuestro compromiso.

Es verdad que el primer encargado de consolar es el Espíritu Santo y a él nos tenemos que encomendar (Jn 14,15). Pero no estará de más que, ahora que se acercan las navidades y los corazones se reblandecen un poco, le echemos una mano.

Algunos pensaréis que esto es sólo un comentario sentimental o un pío deseo con poca utilidad práctica, pero creo que también otros superiores y superioras sabrán muy bien a lo que me refiero. Y es que, de vez en cuando, todos necesitamos el bálsamo del afecto. O, como dice el Papa Francisco, necesitamos mirar a María para volver “a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño” (EG, 288).

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

 

 

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Organizar la mesa (¡y el alma!) (noviembre 2015)

Hace ya algunos años, me decía un amigo de la universidad que no conseguía limpiar su mesa de trabajo. El ritmo de la vida moderna hace que vayamos acumulando cosas casi a un ritmo frenético y la torre de libros que se elevaba sobre su mesa era un buen ejemplo de ello. Allí estaba la Biblia, sobre ella la regla de su orden, encima el derecho canónico, encima las actas del último capítulo, encima los manuales para dar clase, sobre ello una montaña de exámenes, encima dos o tres libros de moda, encima las revistas a las que estaba suscrito y (digámoslo todo) encima algún periódico deportivo ya casi haciendo equilibrios para que la torre no cayese.

No sé si resulta exagerado decir que, a veces, tenemos el alma (al menos, yo) como aquella mesa de trabajo. Lo más esencial, lo que da sentido a nuestra vida, lo fundamental, parece esconderse entre un montón de compromisos, actividades, programaciones, reuniones, fotocopias y mil cosas más (por no entrar en el mundo de la informática). No deberíamos olvidar los religiosos que, en cierto modo, estamos llamados a ser “hombres y mujeres de lo esencial”. Todo es importante, pero relativo. Cuando lo relativo oscurece a lo esencial, se convierte en ídolo y caemos en el pecado más grande denunciado en la Escritura. Y, además, al oscurecerse lo esencial, muchas otras cosas se difuminan o se sobredimensionan.

En ocasiones esos ídolos son evidentes, groseros (valga la expresión) y se les ve venir… pero otras veces son muy sutiles y ladinos y, bajo apariencia de cumplimiento, de generosidad, de observancia, de compromiso y de mil cosas más (buenas, sin duda), pueden acabar distrayéndonos y apartándonos de lo esencial. No se trata de vivir en una intensidad continua, generalmente insoportable para uno mismo (¡y para los demás!), sino de no perder el norte ni las dimensiones…

Por ello, los religiosos deberíamos huir de la superficialidad y de la banalidad que en ocasiones nos rodean. Sin desentendernos de nada y sin refugiarnos en burbujas espirituales o intelectuales, no deberíamos caer en la cultura del barullo (en el “multiloquio” del que avisaba la Regla Carmelita citando los Proverbios). Y es que hacen falta hombres y mujeres con hondura humana y espiritual, del “multum” y no del “multa”. Hace falta, en definitiva, gente que -como dijo el poeta- se pare “a distinguir las voces de los ecos”.

Por ello, ahora que nos adentramos en el Adviento y que caminamos hacia la celebración del Misterio, no nos vendría mal reordenar la mesa (y el alma) y desbrozar lo superficial para reencontrarnos gozosamente con lo esencial y con lo que da sentido a nuestras vidas.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

 

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Sueños de empresario (octubre 2015)

Vaya por delante que estoy convencido de la importancia del derecho canónico en la Iglesia. Cualquier persona con la cabeza en su sitio se da cuenta de esto. Más aún, creo que los que tiran por tierra que haya un derecho canónico, luego se suelen referir a él cuando les pisan. O sea, que hace falta. Puedo presumir de que en mi vida académica (como alumno y como profesor) conocí a muy buenos canonistas, sensatos, abiertos, conscientes de que el derecho viene a ser la concreción de una teología (con la dinámica de la revelación) y que, a su vez, el derecho tiene como objetivo la pastoral, la vida de la iglesia, o (en un lenguaje más clásico) la salvación de las almas. Por ello, eran (son) gente que sabe de interpretación, de teología, de epikeias, etc., y que tiene un profundo sentido eclesial (del de verdad).

Bueno, pues dicho esto, confieso también que me preocupa una especie de “neo-legalismo” que se intuye hoy en ciertos grupos y comunidades que acaban de nacer. Es curioso que, a veces, lo primero que piden, incluso con un entusiasmo sorprendente, es… ¡unos estatutos! No se trata del legalismo digamos “clásico” (una patología como otra cualquiera), sino de una nueva tendencia que lleva a estos grupos a poner como prioridad el estatuto, la norma, la codificación.

Me recuerda el caso de un niño que, cuando yo trabajaba en un colegio, llegó llorando con sus padres a la tutoría. Tenía once años el chaval desconsolado. El motivo era que le habían puesto notas muy bajas y así no llegaría en el futuro a cumplir su sueño de ser empresario. Me quedé de piedra y no porque tenga nada contra los empresarios, sino porque a esa edad me parece que uno sueña con ser futbolista, o domador de leones, o astronauta, o misionero o qué se yo… Intenté calmarle (a él y a los padres) y le dije que ya habría tiempo de pensar en empresas y que, por el momento, disfrutase de la vida, que hiciese deporte, que estudiase más, que conociese amigos…

Pues algo parecido me pasa con esta “tendencia estatutaria” de ciertos grupos. En latín macarrónico diríamos que “primum vivere, deinde statuere”, esto es, primero vivir, crecer, celebrar y disfrutar la fe, discernir y descubrir, escuchar, meditar, compartir, orar… y ya habrá tiempo para estatutos (importantes, sin duda, pero no lo prioritario ni lo primero).

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

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Erratas providenciales (junio-septiembre 2015)

Hace algunos años, corrigiendo las pruebas de un libro, casi de casualidad, me di cuenta de que, al menos en dos ocasiones, cuando se hablaba de “religiosos activos o contemplativos”, se había deslizado una errata de imprenta y la frase se había transformado en “altivos o contemplativos”. Aunque al principio me preocupé pensando en cómo habría quedado el texto (enfado del autor, rubor de la editorial, etc), la verdad es que luego me pareció que el error no debía ser atribuido a uno de esos diablillos que se colaban en las imprentas (ahora en los ordenadores), sino a un angelote que nos daba un aviso profético y sapiencial.

Es curiosa la etimología de “altivo” o de “altanero”, común a otras lenguas latinas (“altezzoso” en italiano, “hautain”, en francés, “altiu” en catalán). Y es que, si lo pensamos bien, el antónimo del contemplativo no es el “activo”, sino el “altivo”, esas personas que pasan a nuestro lado casi sin mirarnos, con una pose de importancia, con la mirada pérdida en grandes problemas, en las cumbres de una (supuesta) mística, en compromisos radicales o en teologías elevadísimas. Pasan sin darse cuenta de que al lado hay seres humanos, hermanos, que sufren o que lloran, que ríen o que crecen, que tienen miedo o que se emocionan… El contemplativo no es el que está todo el tiempo mirando a lo alto, medio embobado, sino el que mira alrededor y descubre (¡contempla!) los signos pequeños, frágiles y débiles de la presencia de Dios en nuestras vidas.

Es verdad que no siempre es fácil. Hay que descubrir esos signos entre las rendijas de la existencia o incluso en sus desagües, entre las contradicciones y las ambigüedades, entre miserias humanas y, a veces (por qué no decirlo), entre pecados. Por eso, el contemplativo es también profeta y es signo de esperanza. Como el discípulo amado en el lago de Galilea, entre dos luces, el contemplativo grita a Pedro y a todos nosotros “¡Es el Señor!” (Jn, 21).

Ciertamente, tenemos que elevarnos sobre las miserias de este mundo, pero no debemos dejar de mirarlo con simpatía, con compasión, con emoción, con humildad, con amor. Como el Maestro elevado en la cruz…

Imitando a Valle Inclán, quería titular esta página como “Divinas erratas”, pero me pareció exagerado. En cualquier caso, el Dios encarnado nos recuerda de vez en cuando que es en el espesor de la vida misma (la carne) donde podemos contemplarle.

 

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

 

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Dos manzanas cortadas (mayo 2015)

Hasta el más viril y lejano de sensiblerías marianas, siente, cuando llega el mes de mayo, que la brisa templada le trae recuerdos de la niñez, de rosarios y flores y devociones que honraban a la Virgen María. Esta devoción toca lo más esencial de nuestra fe (sin María -mujer, madre, maestra- no hay encarnación) y lo más hermoso de nuestra piedad. Además, en el carisma y en la espiritualidad de muchas familias religiosas -por no decir en todas- María ocupa un lugar importante y los fundadores y fundadoras de órdenes y congregaciones encontraron en la Virgen la inspiración, la fuerza y la ternura necesarias para llevar a cabo sus proyectos, en muchos casos de forma heroica. A nosotros carmelitas (permitidme un ligero apunte de familia) nos gusta llamarla “nuestra Madre y hermana” desde que, en la Edad Media, las pasamos canutas y casi nos suprimen y aquellos frailes tuvieron que echar mano de “lazos familiares”.

Pues en este mes de mayo me viene a la mente un hermoso texto de Carmen Martín Gaite, llamado El libro de la fiebre. Es un cuaderno (que no fue editado hasta 2007, cuando su autora ya había muerto) en el que se describen sentimientos, miedos, alucinaciones y fantasías de la joven Carmen que pasó meses en cama muy enferma aquejada de fiebre tifoidea. Su marido entonces, el gran escritor Sánchez Ferlosio, le dijo que no valía la pena publicarlo (hasta el mejor escribano echa un borrón), pero la verdad es que es un libro bien hermoso.

En un momento dado, la joven asustada invoca a su madre (“la he llamado dormida y despierta…”) para que vele por ella. Velar viene del “vigilare” latino -cuenta la autora- pero es más que vigilar, es “estar unido con unción al que nos necesita, es desdoblarse para él”. La joven enferma describe la presencia sanadora de la madre: “sus manos son dos manzanas cortadas (…) Ella sabe que la necesito conmigo. Recogerá desde su orilla mis palabras, estos ríos de fuego. Y se quemará en ellos para que no me queme yo…” Son palabras inconexas, surrealistas, tiernas, literariamente hermosísimas. Me gusta meditarlas y saborearlas pensando en la ternura de María y pedirle que vele por nosotros, que nos acompañe en nuestras fiebres, en nuestras infidelidades, en la calentura de los blogs y de las opiniones apresuradas y febriles, en las miserias y ambiciones, en los egoísmos cicateros e insensibles… y que ponga sus manos, como dos manzanas cortadas, sobre nuestra frente ardiente.

En este mes de mayo, con el Papa Francisco, pedimos que “María, Madre del Verbo, vele sobre nuestra vida de hombres y mujeres consagrados…

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