“Undisclosed recipients” (septiembre 2016)

Hace algún tiempo me contaba sus cuitas un joven amigo que había tenido un desengaño amoroso. Tuvimos una larga conversación y yo intenté animarle y le insistí en que la vida sigue, que mejor ahora que más adelante y todos esos tópicos que usamos los que somos ya más mayores y hemos criado costra en las heridas del alma… Lo curioso es que lo que más le había dolido era que, de recibir cariñosos correos personales, había pasado ahora a recibir sólo correos colectivos, de esos que te mandan con algún Power-point muy ingenioso o con un link de alguna escena muy graciosa, y que van dirigidos a esa triste categoría de “undisclosed recipients”. Esta expresión de nuestro lenguaje digital se suele traducir como “destinatarios no revelados”, pero todos sabemos que, en realidad, lo que significa en muchos casos es que formas parte de un destinatario colectivo, de un grupo, probablemente muy amplio, de conocidos, de amistades varias, de personas más o menos interesadas en un tema o, peor aún, que por cualquier motivo estás (solamente eso) en la lista de correos de esa persona.

A veces puede ser bastante decepcionante. Seguro que todos tenéis la experiencia de recibir un cariñoso correo, sobre todo en Navidad, y descubrir después que va dirigido a un montón de gente y se te queda cara de pasmo. Pues a mi joven amigo, eso era lo que más le dolía: haber pasado a ser un anónimo de los “undisclosed recipients”, y cada e-mail se convertía para él en un dolor punzante. Y la verdad es que no andaba descaminado.

A mí -que soy un sentimental- me vino a la mente el cuento jasídico que hablaba de Dios como un niño que llora cuando juega al escondite y nadie le busca, o la voz desgarrada de Juan Gabriel cantando aquello de “probablemente ya de mí te has olvidado…” Me recordó también (y perdonadme esa tendencia posmoderna a mezclar autores de tan diversa categoría y condición) al “pastorcico” del hermosísimo poema de Juan de la Cruz (inspirado en poemas pastoriles anteriores), al que lo que más le dolía (como a mi amiguete) era sospechar que había sido olvidado: “Que sólo de pensar que está olvidado/ de su bella pastora, con gran pena/ se deja maltratar en tierra ajena/ el pecho del amor muy lastimado”.

El poema tiene una lectura cristológica honda y maravillosa y siempre que lo leo se me ponen los pelos como escarpias. En este caso, entre mi amigo y el poeta carmelita, me recordaron que cada persona es única, que para Dios no hay “undisclosed recipients” y que, para nosotros (al menos en lo esencial y más hermoso de la vida), tampoco debería haberlos.

Fernando Millán Romeral O.Carm.

 

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Gestos pequeños para personas grandes (agosto 2016)

Hace unos días he tenido el gustazo de leer Mi conversión de Dorothy Day, uno de esos libros que uno tiene en la lista de espera, con ganas de “hincarle el diente” cuanto antes. Me ha fascinado la aventura espiritual de esta mujer: activista comprometida con la difícil situación de los obreros en los Estados Unidos del primer tercio del siglo XX, sindicalista imbuida de la filosofía marxista, y periodista que trabajó en muy diversos medios de su época. Sin perder ni un ápice de su profunda conciencia social, fue acercándose paulatinamente a la fe con sinceridad, con generosidad, con emoción. Y la fe la “reenvió” a los pobres con mayor sensibilidad si cabe. Frente al prejuicio marxista del que ella misma había participado, la fe no fue “opio”, sino acicate y estímulo en la lucha por los derechos de los más necesitados.

En algunos momentos, su biografía (su itinerario espiritual) recuerda al de otras grandes mujeres que han sido fundamentales en la historia espiritual del siglo XX: Teresa de Lisieux (que aunque muere en el XIX, marca decisivamente la espiritualidad del siglo siguiente), Ana Frank, Simone Weil, Hannah Arendt, Adrienne von Speyr, Gertrud von Le Fort… y tantas otras. Pero, al menos en algunos puntos, a quien me ha recordado más es a Edith Stein, la filósofa judía que también descubrió la fe a través de lecturas filosóficas, del encanto de la liturgia y del encuentro con Santa Teresa. Las dos se muestran muy serias (e incluso rígidas) con el horario y el aprovechamiento del tiempo; ambas fueron voluntarias de la Cruz Roja en la primera Guerra Mundial y ambas fueron mujeres fuertes, hondas, receptivas, valientes y buscadoras en la maraña espiritual y cultural de su tiempo. Su periplo concluyó en el catolicismo, aunque las dos provenían de tradiciones religiosas muy diferentes, y las dos pasaron por la pérdida de la fe y la frialdad religiosa.

Pero el caso es que ambas -y aquí es donde yo quería aterrizar- tuvieron una sensibilidad especial para los pequeños gestos de fe, para ciertas actitudes que, pese a su extrema sencillez, acabarían teniendo gran importancia en su “conversión”. Edith, la filósofa, la pensadora, la discípula aventajada de Husserl se emociona ante una señora que, cargada con las bolsas de la compra, entra en la catedral de Frankfurt para arrodillarse y rezar. Es la primera vez que percibe un diálogo personal con Dios en el silencio de una iglesia casi vacía… y nunca lo pudo olvidar. Dorothy, activista comprometida y periodista aguda, acude a la catedral de Nueva Orleans y presencia una bendición. La misma posición corporal de los que la reciben, la conmueve profundamente (me hizo inclinar la cabeza) y, años más tarde, se pregunta si sintió  algo así como “una Presencia”.

Me impresiona (y ahora hablo de mí) esa sensibilidad de las personas verdaderamente grandes ante los gestos pequeños, de creyentes normales, devotos, piadosos. Me duele el desprecio sistemático y algo arrogante que a veces se muestra ante la fe de los sencillos. Es verdad que en ocasiones estos gestos se pueden manipular, que se ideologizan y se convierten en armas arrojadizas para nuestras batallitas eclesiales. Pero no me refiero a nada de eso. El mismo Dietrich Bonhoeffer, un gigante del pensamiento teológico del siglo XX, se conmovió hondamente ante la gente que esperaba para confesarse en Santa Maria Maggiore cuando estuvo en Roma en 1924. O Thomas Merton, uno de los más apreciados y sutiles escritores espirituales de nuestro tiempo, que siente nada menos que la presencia de Dios (“en la carne y Dios en sí mismo“) cuando unos niños rezan el Credo tras la elevación en una misa en La Habana, mientras desde la calle llegan todo tipo de ruidos, gritos y anuncios. Varios años después, con un bagaje espiritual e intelectual más amplio si cabe, llegó a afirmar que “tal vez sean las verdades más sencillas y populares las que, después de todo,  son también las más profundas…

Y nuestro Unamuno (que ya de joven era contradictorio, cascarrabias, entrañable y genial) cuando visita Roma en 1889 despotrica del arte kitsch y relamido que encuentra por todas partes, pero se emociona ante los exvotos amontonados en la Iglesia del Ara Coeli en el Campidoglio y exclama: “Este, este es el verdadero arte religioso, no el de San Pietro; esto, los toscos monigotes de Ara Coeli que contemplan con desdén los curiosos y aún muchos fieles; en estos están encerradas lágrimas de madre, alegrías de hogar, fe pueril, no arrogancias de papas y apoteosis de artistas…

Quizás yo sea un sentimental, pero le pido a Dios que las altas teologías, las experiencias místicas y los compromisos sociales… no nos anulen esa capacidad de contemplar y de conmovernos ante los pequeños gestos de fe de los más sencillos.

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El Papa Francisco y Buñuel (junio 2016)

No sé si el Papa Francisco es aficionado al cine. Supongo que ahora, teniendo en cuenta la vida que lleva y su capacidad (realmente admirable) de trabajo, no tiene muchas ocasiones de ver una película y, menos todavía, de ir a un cine. No sé tampoco si el Papa conoce esa extraña película llamada “El ángel exterminador”, un film que Buñuel grabó durante su exilio en México, más bien con pocos recursos, y del que, en más de una ocasión, se mostró algo insatisfecho, pese al éxito que alcanzó.

Hace poco he tenido ocasión de volver a ver esa película inquietante, onírica, desconcertante  del genial cineasta hispano-mejicano. Un grupo de personas pertenecientes a la alta burguesía, se reúnen para una elegante velada en una casa de la calle Providencia, pero, poco a poco, se dan cuenta de que, por una extraña razón, no son capaces de abandonar la mansión donde permanecen varios días entre tensiones, suspicacias, egoísmos y mezquindades. El ambiente se vuelve asfixiante y tenso. Además, Buñuel utiliza a lo largo del film un extraño recurso: la repetición de algunas escenas breves, con ligeras diferencias o cambios de puntos de vista.

Es verdad que esta película de Luis Buñuel ha recibido mil interpretaciones (marxista, freudiana, surrealista) y, todavía hoy, sigue suscitando interés y curiosidad, pero a mí me ha recordado una idea que el Papa Francisco repite con frecuencia: en la vida cristiana (y, más aún, en la vida religiosa) debemos huir de las comunidades cerradas, estériles, ensimismadas en sus pequeños problemas, en caprichos y manías, en dimes y diretes, en envidias y rencores que, aún siendo generalmente pequeños, no dejan de paralizarnos y de empobrecernos. Hay que abrir las ventanas al aire fresco del Evangelio, de lo nuevo, de la vida que, como un torbellino, nos sacude y nos cuestiona. Quizás debemos dejar un poco de lado los cotilleos, los blogs (¡excepto los buenos, como éste de Vida Religiosa!), las banderías y las batallitas y elevar el espíritu a lo más noble y a lo más hermoso de nuestra fe y de nuestra vocación. Se trata, en definitiva, de ir construyendo esa “Iglesia en salida” (misionera, generosa, abierta) que tanto le gusta al Papa. Si no, dejamos que -como Pedro por su casa- entre en nuestras vidas “el ángel exterminador” que nos bloquea, nos esclerotiza y nos avejenta…

El Papa Francisco, en la Carta Apostólica que nos envió con ocasión del año de la Vida Consagrada, lo explicaba con la sabiduría vital que le caracteriza y, sin ambages, decía lo siguiente:

          “No os repleguéis en vosotros mismos, no dejéis que las pequeñas peleas de casa os asfixien, no quedéis prisioneros de vuestros problemas. Estos se resolverán si vais fuera a ayudar a otros a resolver sus problemas y anunciar la Buena Nueva. Encontraréis la vida dando la vida, la esperanza dando esperanza, el amor amando”.

Casi nada. Amen.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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Las piedras de Lunzjata (mayo 2016)

He estado en varias ocasiones en Malta, con motivo de diversos actos y celebraciones de nuestra provincia carmelita. Se trata de una isla llena de belleza mediterránea, de historia, de arte y de cultura y, sobre todo, de gente afectuosa y hospitalaria, que ha visto pasar tantos y tantos visitantes, desde que San Pablo naufragara cerca de allí y dijera de los habitantes de la isla que “mostraban una humanidad poco común” (Hch 28, 2).

El Carmelo tiene en Malta una presencia con varios siglos de servicio a la Iglesia local. El caso es que los carmelitas malteses tienen una casa con una historia muy peculiar: el viejo convento carmelita de Lunzjata (que había sido una donación de Margarita de Aragón a principios del siglo XV), fue desmontado piedra a piedra por los frailes dos siglos más tarde para construir el convento de M’dina, esa joya que hoy es Instituto de espiritualidad conjunto entre carmelitas y carmelitas descalzos (O.Carm y OCD), museo y centro cultural en el corazón de la hermosísima ciudadela.

Me llamó mucho la atención aquella historia: un convento que se desmonta para poder construir otro convento. Una presencia que se transforma, que se muda para permanecer viva y fiel, y no pude por menos que admirar la flexibilidad vital y espiritual de aquellos carmelitas del siglo XVI. Las piedras eran las mismas, pero la presencia adquiría una nueva configuración. Tampoco pude dejar de compararlo con algunas situaciones que vivimos hoy en la vida religiosa, especialmente con la falta de capacidad para acoplarnos a nuevas situaciones, la escasa libertad para cerrar una presencia (algo siempre triste, qué duda cabe) y abrir otra que pensamos pueda ser más significativa, más fructífera, más apostólica…

Se trata (¡todo un reto!) de hacer lo mismo, pero de hacerlo de otra manera. Ello nos lleva a plantear bien un debate cada vez más frecuente en las órdenes y congregaciones en Europa. La cuestión principal no es qué no vamos a hacer (qué casas vamos a cerrar, qué no podemos hacer, etc), sino lo contrario: qué queremos hacer (en positivo), es decir, qué podemos ofrecer desde nuestro carisma a la gente, a la Iglesia local y a la Iglesia universal. Parece algo sencillo (simplemente formular la cuestión en positivo y cambiar el gesto), pero conlleva un cambio de mentalidad y en algunos casos exigirá un verdadero cambio de actitudes: generosidad, apertura, discernimiento sincero, creatividad, disponibilidad, valentía y (por qué no decirlo) conversión… Cada actitud merecería un tratado, pero nos limitamos a sugerirlas para que -como aquellos frailecillos por los caminos polvorientos de Malta- seamos capaces de trasladar las piedras para que éstas sigan hablando…

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Repuestos Menéndez (abril 2016)

Hace unos años fui a un país africano para la inauguración de un nuevo convento carmelita. Los que hayáis estado allí, sabéis con cuánta solemnidad, aire festivo y calma se desarrollan estas celebraciones, llenas de vida y de participación gozosa a través del canto, del baile, de los signos y símbolos. Presidía el arzobispo local que tenía un carácter ligeramente áspero. Poco antes de salir en procesión ya había llamado la atención a dos sacerdotes por hablar en la sacristía improvisada y a otros por no vestir suficientemente de acuerdo a la celebración.

Hacía un calor sofocante y los hermanos me sugirieron que me quitara el hábito y que me pusiera el alba y la casulla sobre la camiseta y así lo hice. Era una camiseta (todavía me acuerdo) de publicidad de Repuestos Menéndez, una de esas camisetas que uno guarda (muchos años) para los viajes. Al terminar la celebración y volver a la sacristía, me quité los paramentos litúrgicos, pero mi hábito no aparecía. Mientras yo me ponía nervioso y sudaba cada vez más (ahora por el apuro), los mil fotógrafos (profesionales y aficionados) nos iban haciendo fotografías sin parar: el señor arzobispo con cara de pocos amigos, muchos clérigos elegantísimos y yo con mi publicidad de Repuestos Menéndez, colorado como un tomate.

El hábito apareció tras algunos minutos (que se me hicieron eternos) y ahí quedó la anécdota. Uno que ya va teniendo tablas, salió del apuro, más aún, lo espiritualicé (en el mejor sentido de la palabra), pues había oído hacía poco a Enzo Bianchi que “El camino más seguro para alcanzar la humildad consiste en pasar a través de las humillaciones”. Pues bendito sea Dios. Pero a mí me quedó la duda de si no somos demasiado tendentes a esconder entre capisayos y sahumerios, entre observancias y dignidades, lo sencillo, lo que somos, de dónde venimos (Repuestos Menéndez era una empresa de mi barrio en Madrid que quizás todavía exista), todas esas cosas que nos hacen cercanos a todos los seres humanos (familia, amigos, raíces) sea cuál sea nuestro cargo, nuestra dignidad o nuestro título. En algunos casos -peor todavía-, hay quien parece avergonzarse de sus orígenes sencillos, de las gentes que no nos llaman ni “Reverendísimo”, ni “Eminencia”, ni “Excelencia”, sino por el nombre de pila (el título más hermoso y el primer regalo que nos hizo la Iglesia).

Debajo del hábito todos llevamos la camiseta de Repuestos Menéndez. No nos quita dignidad, ni a nosotros, ni a los cargos, títulos y ministerios que son importantes y respetables, ojo, pero que no nos pueden hacer renegar de lo que somos. Es -de forma muy análoga y salvando todas las distancias- como el Misterio mismo de la Encarnación del Verbo… que no hizo alarde de su categoría de Dios (…) pasando por uno de tantos (Flp. 2, 6-7).

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De centenarios y cebollas (marzo 2016)

Pues aquí sigo con lo de los centenarios. Otra tentación muy frecuente en estas conmemoraciones es la de la idealización e ideologización de una historia y de un pasado. En el fondo (dicho así, sin muchos matices), se trata de destacar qué buenos eran y qué malos somos. Pues ni somos tan malos ni eran tan buenos, como sabemos bien los que ya vamos cumpliendo años y vamos conociendo un poco de la condición humana. En este caso, el pasado se nos cuela en forma de nostalgia romántica (e irreal). Así, con el subjetivismo que ya detectó el poeta, creemos que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. En algunos sectores de la política italiana se decía hace unos años: “vivíamos mejor cuando vivíamos peor” (“stavamo meglio quando stavamo peggio”). En el fondo, es la tentación de añorar las cebollas de Egipto, la tentación de aquellos que no se abren con esperanza y valentía al futuro y miran con melancolía a un pasado heroico que no volverá.

La cuarta y última tentación de este vademécum o “libro de instrucciones” para la celebración de centenarios varios, es la de la “imitación mimética” (tan ridícula como imposible) de estas grandes figuras. Si tal santo llevaba la barbita así, o la fundadora vestía de esta manera o si los santos fundadores comían esto o lo otro…o qué se yo. Flaco servicio se les hace a estas figuras egregias, imitándolas en lo accesorio en vez de hacerlo en lo esencial (generalmente más difícil y sacrificado). No se trata de preguntarse sobre qué hacían, sino sobre qué harían. Ello supone riesgo, interpretación, discernimiento (y todo ello nos gusta menos).

Los centenarios nos sirven, más bien, para mirar con gozo y gratitud a un pasado, pero también para buscar inspiración (casi me atrevería a decir “provocación”) para nuestro presente y esperanza para nuestro futuro. Es lo que en teología se llama la “dinámica anamnética” (tan importante en la liturgia, por ejemplo) y que consiste en traer el pasado al presente para que nos renueve y nos proyecte hacia el futuro. Estos centenarios están siendo una bendición para las diversas familias de la vida consagrada. Demos gracias a Dios por lo que hicieron e intentemos imitarles a ellos que -sin acordarse demasiado de las cebollas de Egipto- abrieron nuevos caminos y respondieron a los retos de su tiempo con generosidad, con valentía y con fidelidad…

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

 

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De centenarios y fuegos artificiales (febrero 2016)

Esta vez comienzo con una confesión pública: cuando yo era más joven (más combativo, más progre) solía decirle a mis superiores (para pincharles): “Cuando no hay futuro… ¡a celebrar centenarios!” Era mi forma de protestar por la falta de creatividad, de coraje o de imaginación para afrontar el presente y el futuro. Pero todo tiene su edad. Con los años uno ve las cosas de otro modo, no diverso, pero sí complementario. Además, Dios en su infinita sabiduría, me ha dado una buena penitencia. Aquellos centenarios que criticaba, ahora me toca presidirlos y animar a la gente a que los viva y los celebre. Pues… bendito sea Dios.

En la familia carmelitana estamos viviendo en los últimos años una serie de aniversarios muy importantes: 800 años de la muerte de Alberto, el Patriarca de Jerusalén que nos dio la Regla; 400 años de la muerte del P. Gracián (el gran colaborador de Santa Teresa); los 500 años del nacimiento de Santa Teresa de Avila, mística escritora y carmelita universal; y, ahora, los 450 años del nacimiento de la gran mística florentina, María Magdalena de Pazzi. También en otras familias religiosas se están celebrando centenarios de gran importancia y muy significativos, como (entre otros muchos) los 200 años del nacimiento de Don Bosco o los 800 años de la fundación de los dominicos.

            En diversos foros en medio mundo he debido hablar de estos centenarios y siempre he avisado de cuatro tentaciones que considero se deberían evitar a toda costa. La primera sería la de reducirlos a una especie de “fuegos artificiales” (fastos, eventos, celebraciones). Otra tentación es la de convertirlos en un ejercicio de mera arqueología: buscar piezas de museo en el pasado y meterlas en las vitrinas de nuestras publicaciones o de nuestros anales. Son ambas tentaciones muy frecuentes en las curias y, en principio, responden a una buena intención, pero si nos quedamos en eso, si estas figuras no tocan nuestro presente y nuestros corazones, si no nos interrogan, nos provocan, nos inspiran y nos animan… pues algo estará fallando. Domingo, Teresa, Don Bosco y tantos otros nos invitan a seguir caminando hoy, a abrir caminos con humildad y con coraje, a afrontar estos tiempos nuestros con creatividad, fidelidad y generosidad. No hay quien les reduzca a fuegos artificiales ni a entradas de diccionarios…

            De las otras dos tentaciones os hablo el mes que viene.

Fernando Millán Romeral O.Carm.

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Buenismo y malismo (enero 2016)

            Mi abuelo, que era -además de una bellísima persona- de un pueblo de Cuenca, usaba de vez en cuando una “variedad dialectal” que se da en ciertas zonas de España (en torno a la Mancha). A veces, refiriéndose a una comida, decía que “estaba buenisma” (sic), o refiriéndose a un niño que había crecido mucho, decía que “estaba grandismo” (sic). Después me he enterado de que esta variedad dialectal se da también en otras zonas de España. El caso es que, a veces, me acuerdo mucho de él, porque ahora se ha puesto de moda (en la política, pero también en la iglesia), hablar del “buenismo”. De hecho, en ciertos ambientes, esto es lo peor que te pueden llamar, una verdadera ofensa de la que se debe huir como de la peste. Ser “buenista”, o “actuar movido por una especie de buenismo” (latiguillos frecuentes), es algo grave y una descalificación horrible.

            Bromas aparte, en la vida religiosa sabemos bien el peligro de lo que se considera “buenismo”: dejar pasar los problemas, evitar la confrontación, aun cuando sea necesaria, no asumir responsabilidades ni afrontar situaciones complicadas y difíciles, etc. Todo ello, lejos de solucionar los problemas, los suele agravar y postergar para los que vengan detrás. ¿Quién -en su sano juicio- no está de acuerdo en criticar esto? Lo que me preocupa personalmente es que no pongamos la misma fuerza, la misma energía y sagacidad en detectar y criticar otra patología espiritual que considero más peligrosa y también frecuente: la del “malismo”. A veces sentimos pánico a que nos llamen “buenistas”, pero no nos ofende si quiera que piensen que somos “malistas”, y, la verdad, puestos a elegir o a correr el riesgo de caer en uno u otro… pues qué quieren que les diga. Yo que soy algo ingenuo, sigo creyendo fervientemente en lo del primado de la caridad y todo eso. Ahí es donde se rompen los moldes normales por la fuerza del Evangelio y quizás ahí esté también lo revolucionario de la vida cristiana y el testimonio de la vida religiosa. En el “buenismo” nos jugamos lo de estar seriamente y con responsabilidad en el mundo, pero en el “malismo” nos jugamos lo de no ser del mundo…

            A mi abuelo le haría gracia lo del “buenismo” éste y seguro que con retranca castellana pensaría que a todos les ha dado por hablar como en el pueblo.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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Quis animat animatores?: (diciembre 2015)

Vayan por delante mis disculpas para los buenos profesores latinistas que tuve. Ciertamente se trata de un latín macarrónico que adapta la frase clásica de Juvenal: “Quis custodiet ipsos custodes?” (quién vigila a los que tienen que vigilar), y que se usa para expresar la necesidad de controlar al poder mismo.

Pues bien, yo la suelo adaptar como reza el título, ya que en asambleas y reuniones tengo ocasión de hablar con provinciales jóvenes (más jóvenes que yo) en los que, a veces, percibo un cierto miedo, cansancio, o desánimo, ante la tarea encomendada. Me insinúan (o me lo dicen abiertamente) que echan de menos la pastoral o la docencia o incluso que no se hicieron religiosos “para esto”. Yo intento animarles como Dios me da a entender. Suelo decirles que también la “animación” (palabra que me gusta más que “gobierno”) es, en cierto modo, un servicio pastoral. Se trata de una parroquia un tanto “sui generis”, es verdad, pero también aquí hay que estar atentos a las necesidades de los hermanos y dialogar, consolar, corregir, curar heridas, sugerir caminos, agradecer, entusiasmar…

Pero, por otra parte, también comprendo que este momento de la vida religiosa es complejo y que, a veces, faltan las fuerzas o se difuminan los apoyos. Por ello (de ahí el “pseudo-latinajo”), invito a los hermanos a que también ellos animen a los que tienen que animar. Todos necesitamos que, al menos de vez en cuando, se nos agradezca algo, se nos reconozca el esfuerzo o se “nos pase la mano por el lomo” (valga el casticismo). El afecto y la solicitud con el que tenemos al lado, si son auténticos, no van nunca en detrimento de nuestra consagración ni de nuestro compromiso.

Es verdad que el primer encargado de consolar es el Espíritu Santo y a él nos tenemos que encomendar (Jn 14,15). Pero no estará de más que, ahora que se acercan las navidades y los corazones se reblandecen un poco, le echemos una mano.

Algunos pensaréis que esto es sólo un comentario sentimental o un pío deseo con poca utilidad práctica, pero creo que también otros superiores y superioras sabrán muy bien a lo que me refiero. Y es que, de vez en cuando, todos necesitamos el bálsamo del afecto. O, como dice el Papa Francisco, necesitamos mirar a María para volver “a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño” (EG, 288).

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

 

 

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Organizar la mesa (¡y el alma!) (noviembre 2015)

Hace ya algunos años, me decía un amigo de la universidad que no conseguía limpiar su mesa de trabajo. El ritmo de la vida moderna hace que vayamos acumulando cosas casi a un ritmo frenético y la torre de libros que se elevaba sobre su mesa era un buen ejemplo de ello. Allí estaba la Biblia, sobre ella la regla de su orden, encima el derecho canónico, encima las actas del último capítulo, encima los manuales para dar clase, sobre ello una montaña de exámenes, encima dos o tres libros de moda, encima las revistas a las que estaba suscrito y (digámoslo todo) encima algún periódico deportivo ya casi haciendo equilibrios para que la torre no cayese.

No sé si resulta exagerado decir que, a veces, tenemos el alma (al menos, yo) como aquella mesa de trabajo. Lo más esencial, lo que da sentido a nuestra vida, lo fundamental, parece esconderse entre un montón de compromisos, actividades, programaciones, reuniones, fotocopias y mil cosas más (por no entrar en el mundo de la informática). No deberíamos olvidar los religiosos que, en cierto modo, estamos llamados a ser “hombres y mujeres de lo esencial”. Todo es importante, pero relativo. Cuando lo relativo oscurece a lo esencial, se convierte en ídolo y caemos en el pecado más grande denunciado en la Escritura. Y, además, al oscurecerse lo esencial, muchas otras cosas se difuminan o se sobredimensionan.

En ocasiones esos ídolos son evidentes, groseros (valga la expresión) y se les ve venir… pero otras veces son muy sutiles y ladinos y, bajo apariencia de cumplimiento, de generosidad, de observancia, de compromiso y de mil cosas más (buenas, sin duda), pueden acabar distrayéndonos y apartándonos de lo esencial. No se trata de vivir en una intensidad continua, generalmente insoportable para uno mismo (¡y para los demás!), sino de no perder el norte ni las dimensiones…

Por ello, los religiosos deberíamos huir de la superficialidad y de la banalidad que en ocasiones nos rodean. Sin desentendernos de nada y sin refugiarnos en burbujas espirituales o intelectuales, no deberíamos caer en la cultura del barullo (en el “multiloquio” del que avisaba la Regla Carmelita citando los Proverbios). Y es que hacen falta hombres y mujeres con hondura humana y espiritual, del “multum” y no del “multa”. Hace falta, en definitiva, gente que -como dijo el poeta- se pare “a distinguir las voces de los ecos”.

Por ello, ahora que nos adentramos en el Adviento y que caminamos hacia la celebración del Misterio, no nos vendría mal reordenar la mesa (y el alma) y desbrozar lo superficial para reencontrarnos gozosamente con lo esencial y con lo que da sentido a nuestras vidas.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

 

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