Komorebi (contemplativos pascuales) [abril 2018]

             Estamos disfrutando del tiempo pascual en el que todo en la vida de los creyentes (la liturgia, los símbolos, las lecturas de la Palabra de Dios, las flores, el blanco litúrgico, e incluso, en algunas zonas del mundo, el tiempo meteorológico) nos habla de la victoria de la vida. Es, sin duda, un tiempo precioso en el que resuena el Aleluya de la noche de Pascua y se prolonga en la liturgia, en la vida y en los corazones.

Una lectura que siempre me ha impactado mucho es el texto del capítulo 21 del Evangelio de Juan. Se trata de la aparición a los discípulos en el lago de Galilea. Juan parece utilizar una técnica que casi podríamos llamar cinematográfica. Como si fuera una especie de flash back, tras los terribles capítulos anteriores (gritos, sangre, cruz, polvo, violencia, tortura, muerte…), los apóstoles se encuentran de nuevo en Galilea, en un paisaje casi idílico, dedicados otra vez a la pesca como si nada hubiera pasado. El texto está lleno de simbolismos, de significados insinuados y de sugerencias, pero baste recordar que todo sucede “entre dos luces”, al alba, en esa hora tan hermosa en la que (¡como en la vida misma!) vemos todavía con dificultad.

La pesca no había ido bien, y un extraño personaje desde la orilla les sugiere que lancen las redes al otro lado y tienen un gran éxito. En ese momento, el discípulo amado dice a Pedro “¡Es el Señor!”. Ambos se lanzan al agua y, al llegar a la orilla, el extraño personaje tiene preparado una especie de desayuno con pan y pescado asado y se desarrolla una conversación, todo ello lleno de simbolismos…

Siempre he pensado que el grito del discípulo muestra lo que significa ser contemplativo. Es una palabra que fácilmente puede ser pervertida. Algunos piensan que el contemplativo es el que está todo el día con el cuello torcido mirando al cielo, o el que se mueve en un continuo éxtasis místico-psicodélico, o el que tiene apariciones… Sin embargo, el verdadero contemplativo quizás sea el que mira más bien alrededor, a la realidad misma, a la vida en su contradicción, con sus oscuridades y sus claridades (¡entre dos luces!), con sus grandezas y sus miserias… y descubre en ella los signos pequeños, frágiles, vulnerables y a veces aparentemente contradictorios de la presencia de Dios en nuestras vidas.

Quizás sea éste uno de los retos más importantes de la Vida Religiosa en este mundo nuestro, tan lleno de mensajes, de bombardeo de noticias, de inmediatez y de algarabía. Los religiosos del siglo XXI, del mundo digital, de la posmodernidad o de la archi-posmodernidad (o de donde andemos ahora), del “pensamiento líquido” y de los “no-lugares” (por citar dos definiciones de nuestra cultura de pensadores en boga), de este mundo complejo y fascinante en el que nos ha tocado vivir y al que tenemos que amar (porque no tenemos otro y aquí no valen las huidas a un pasado glorioso ni a un futuro Matrix), podemos ser esos humildes “señaladores” que, entre tanta maraña, susurran con emoción (y también con dudas, con incoherencias y titubeos)… “¡Es el Señor!

El otro día leía en una revista que el idioma japonés tiene una especial habilidad para crear palabras que describan cosas o sensaciones muy sutiles. Generalmente, son palabras intraducibles a otras lenguas y para definirlas se requiere toda una frase. Entre ellas, se destacaba la palabra Komorebi, que al parecer significa algo así como “la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles”. Esta hermosísima palabra tal vez sirva para expresar esa misión de la Vida Religiosa hoy. Captar con emoción la luz que se abre paso entre las hojas de los árboles, contemplarla con gratitud, señalarla con humildad y anunciarla con amor. Y, más aún, algunos se sienten incluso llamados a transparentarla…

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