La Laudato si` empieza aquí [marzo 2018]

Estamos terminando la cuaresma y nos disponemos a celebrar la semana que viene el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo: el misterio central de nuestra fe. Al principio de esta cuaresma el Papa Francisco nos recordaba que éste no es un tiempo triste, pero que sí debemos tomarlo con seriedad: es tiempo de revisión, de preparación, de cambio y -por qué no decirlo- de conversión.

Hace unas semanas, visitando una de nuestras casas de estudiantes, vi que, en cada papelera, en la lista de los que iban a comer o se ausentaban, en los grifos de la cocina, etc… había un extraño cartelito con una flecha que rezaba: “Laudato si’ starts here”. Comentándolo con el formador, éste me dijo que el motivo de estos cartelitos era que durante varias reuniones habían hablado de cómo vivir este año la cuaresma con autenticidad y con un compromiso serio. Los estudiantes no querían cosas piadosas ni penitencias absurdas y estériles, sino algo más actual y significativo, más profético.

Se decidió vivir el espíritu de la Laudato si’, ese talante ecológico (en el mejor sentido de la palabra) que el Papa nos pide a todos. Pero, pronto se dieron cuenta de que es muy fácil perderse en “actitudes”, “poses”, “talantes” y “elucubraciones”, olvidando que todo ello se vive en lo más concreto y en lo más cotidiano. Tomar conciencia de ello forma parte también de la conversión cuaresmal.

Dicho de otro modo, si nos olvidamos de separar los residuos, de apagar la luz, de no desperdiciar el papel o el agua, o de marcar con una crucecita que estaremos ausentes de la cena para que no se desperdicie la comida, por muchos discursos eco-sociales, eco-espirituales y eco-todo lo que queramos, estas actitudes serán músicas celestiales y rollos macabeos. Así de simple. Y la cosa de los cartelitos estaba teniendo éxito…

Esto me trajo a la memoria los años en los que viví con estudiantes carmelitas en formación en Madrid. Recuerdo que algunas veces, al volver a casa y encontrar luces encendidas, solía recitar (perdonadme la pedantería) aquellos versos de Il Trovatore de Verdi: “Empi spegnetela, o ch’io tra poco col sangue vostro la spegnerò…” (“Impíos, apagadla, o si no, pronto la apagaré con vuestra sangre”). Era una forma de quitar hierro al asunto y de corregir sin acritud. Un buen amigo me dijo que eso era ya una actitud de viejos y que también nuestras madres nos decían siempre que apagáramos las luces. Pues quizás sea verdad, pero el caso es que el cuidado de la casa común (¡qué hermoso el subtítulo de la encíclica papal!) empieza en lo pequeño, en los detalles, en el mimo por las cosas, los ambientes, las relaciones y los signos. Muchas veces pasamos por la vida demasiado erguidos con poses de erudición, de compromiso solidario, de espiritualidades altísimas… pero sin fijarnos en lo que tenemos al lado.

Siempre me ha gustado mucho la palabra “mimar”. Es verdad que puede tener un tono edulcorado o empalagosillo, pero, en la cuarta acepción que le da el DRAE, viene a ser sinónimo de “tratar con especial cuidado y delicadeza”. Y quizás también ese deba ser el sentido de nuestra cuaresma: volver a lo pequeño, tomar conciencia de lo que nos rodea, ser conscientes de que a veces (sobre todo con las personas) jugamos con cosas que no tienen repuesto, parafraseando la canción de Joan Manuel Serrat. En ello están implicadas muchas actitudes humanas y espirituales muy hermosas: la generosidad, la gratitud, la apertura al misterio de la encarnación, la verdadera contemplación… En fin, todo esto nos llevaría muy lejos, pero de lo que no cabe duda es de que éste es un buen lema para una cuaresma original, pero con los valores de siempre. La Laudato sí (y muchas otras cosas) empieza justo ahí…

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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