Lo que no se sueña… [diciembre 2017]

En Las mocedades de Ulises, esa gran novela de Álvaro Cunqueiro (en la mejor tradición de la novela mágica gallega de Cela o de Torrente Ballester), el joven Ulises, que va aprendiendo lo que es la vida a través de viajes y conversaciones, pregunta al sabio tabernero Poliades: “¿qué es lo que es mentira? Poliades hacía girar el sombrero entre sus manos. – Quizá todo lo que no se sueña, príncipe…” Es una frase con mil lecturas posibles, pero, en cualquier caso, nos remueve algo por dentro, algo inquietante que nos lleva a pensar que sólo lo que se sueña (ilusiones, proyectos, ideales… pasión) es auténtico. Quizás algo de eso pase en nuestra Vida Religiosa de hoy. Tenemos el derecho de soñar, pero, sobre todo, tenemos el deber de soñar.

Estamos ya a sólo unas horas de la Navidad. La liturgia, los preparativos, los actos sociales, los medios de comunicación… todo nos aboca (de formas muy distintas y con diversos planteamientos) a la fiesta que vamos a celebrar. A cada uno nos vienen tantos recuerdos a la mente, lo vivimos de maneras diversas, nos preparamos desde presupuestos vitales muy diferentes y con actitudes personales, religiosas, existenciales muy diversas… A mí este año, como siempre, me “pilla el toro” de las prisas, los trabajos a medio terminar, los actos de “representación” a los que intento dar un sentido para que no queden reducidos a lo protocolario y a lo que se suele hacer. Procuro que la burocracia y lo formal no empañen la magia, el encanto y la poesía de lo que celebramos.

Entre la maraña de cosas intento prepararme interiormente para la fiesta (la de verdad), pero no siempre lo consigo. Este año, durante todo el Adviento me ha venido cuestionando una idea o, quizás mejor, una duda. No sé si nosotros religiosos vivimos este misterio (¡el Misterio!) con verdadera pasión. Quiero quitar a esta cuestión cualquier tinte moralizante. Todos estamos un poco cansados de moralinas del signo que sean. Tampoco quiero ser demasiado ingenuo. Sé bien que (empezando por mí mismo) hay etapas en la vida en las que el entusiasmo se apaga, períodos en los que parece que el sentido se eclipsa y temporadas de “capa caída” y algo de desánimo. Es lógico, es humano e incluso diría que es necesario para darnos cuenta de que no somos héroes insensibles o ascetas estoicos, sino pobres hombres y mujeres que estamos deseando que nos acepten y que nos quieran. También sé que religiosos que aparentemente no hacen nada especial y cuya vida puede parecer anodina, esconden actitudes heroicas y tesoros espirituales que salen a la luz cuando menos te lo esperas. Por ello, hay que hablar de estas cosas cum grano salis

Pero, dando esto por sentado, creo que deberíamos preguntarnos si vivimos lo que anunciamos, lo que es el centro de nuestra vida, lo que nos llena de sentido y de esperanza… con verdadera pasión. Hace unas semanas, Jose Cristo Rey García Paredes (que sí que es un experto en Vida Religiosa, no como yo que soy lo que en Italia se llama “un tuttologo”), reflexionaba en este mismo foro acerca del tedio, como uno de los riesgos y de las amenazas más peligrosas para la Vida Religiosa de hoy: “el tedio es la señal inequívoca de nuestra desorientación en la vida. El tedio enfría y congela nuestra psique, amenaza la vitalidad de nuestro espíritu”.

Ojalá que la Navidad que vamos a celebrar no sea un espejismo, una de esas falsas soluciones que solamente nos entretienen un poco, nos sacan provisionalmente del tedio vital y después nos dejan un vacío y hasta cierto sabor amargo. Ojalá que los religiosos del siglo XXI sepamos vivir con esa pasión contagiosa, capaz de superar tedios, monotonías, rutinas y esclerosis varias. Que esa pasión desdiga a agoreros y aguafiestas. Ojalá que esa pasión nos lleve a superar crisis y desánimos, a ver lo positivo, a afrontar con coraje los problemas, sabiendo que la solución no siempre está en nuestras manos.

La falta de pasión (de poesía, de encanto, de magia, de heroísmo…) quizás explique también algunos problemas de la Vida Religiosa de nuestros días. Hace unos años la película argentina El secreto de tus ojos (una trama policiaca acompañada de una maravillosa historia romántica y de un humor argentino delicioso) ganó el Oscar a la mejor película extranjera. Un viejo policía alcohólico intenta ayudar al protagonista (Ricardo Darín) a descubrir al asesino de un crimen horrible. Para ello analiza las cartas que el sospechoso escribió a su madre, en las que se aludía frecuentemente a jugadores del Racing de Avellaneda. Pese al escepticismo del Benjamín Espósito, el policía principal, acuden varios domingos al estadio y finalmente encuentran allí al asesino. La explicación que le da el viejo policía medio bebido es sabia: “El tipo puede cambiar de todo, de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios… Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. ¡No puede cambiar de pasión!

Que el Dios de la Navidad, el niño que nos va a nacer caldeé nuestros corazones con la pasión por el Reino, por la Buena Nueva, por la vida, por los otros, por los últimos y los necesitados… ¡FELIZ NAVIDAD!

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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