El río de mi aldea (octubre 2017)

Entre los poemas del genial Fernando Pessoa o de Alberto Caeiro, el poeta nostálgico y bucólico (uno de sus famosos “heterónimos”), siempre me ha encantado el que hace referencia al rio Tajo, o para ser más exactos, al riachuelo de la aldea del autor. En dicho poema Pessoa señala que el Tajo, majestuoso en su paso por Lisboa ya cerca del mar, es evidentemente más bello que el río que pasa por su aldea. Pero, al mismo tiempo, no es más bello porque no es el suyo, no es su río.

El Tajo es más bello que el río que corre por mi aldea,
pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi aldea
porque el Tajo no es el río que corre por mi aldea“.

      Algunos críticos han puesto de manifiesto que todo esto también parece ser un juego de espejos e identidades de los que tanto gustaban al literato portugués, ya que él nació en Lisboa y no en una aldea. De hecho, el poema ha tenido mil interpretaciones. Y es que, como dijo una crítica literaria brasileña, con un sutil juego de palabras en portugués “Pessoa es el misterio en pessoa” (Pessoa es el misterio en persona). Si el río de la aldea era también el Tajo (porque el autor había nacido allí), el significado profundo es el mismo: el Tajo es hermosísimo y majestuoso, pero no tanto por ser el Tajo, sino porque es el río de su “aldea”, de su lugar… por ser el suyo.

¿Y a qué viene todo este juego literario de identidades, espejos y ríos? En encuentros, cursos, e incluso en retiros, he tenido ocasión de conocer a religiosos y religiosas que desprenden un cierto aire de superioridad respecto a su propia Orden o Congregación. Son religiosos de cierta categoría intelectual o apostólica que miran con condescendencia a sus hermanos a los que “soportan” con resignación y suspiros…

Sé que me meto en terreno pedregoso y que cada caso es un mundo. Sé también que (al menos, en determinadas ocasiones) no se trata de arrogancia ni de vanidad y que incluso -hablando objetivamente- a veces estas personas tienen razón y que los religiosos nos instalamos (bajo la apariencia y con la excusa de la humildad) en una chapuza continua. Sé que hay que ser críticos y proféticos (¡faltaría más!) o que –dicho en castizo- de vez en cuando hay que cabrearse. Pero, aun reconociendo todo eso, me duele esa actitud hacia ciertos hermanos o hermanas que no son tan listos, o tan comprometidos, o tan espirituales, o tan brillantes…

Antropólogos y sociólogos han hablado de la curiosa y paradójica crisis de pertenencia (the belonging crisis) en nuestros tiempos: por una parte, se defienden las identidades de forma a veces incluso histérica (si no agresiva, les identités meurtrières, de las que hablaba Amin Maalouf) y, por otra, se debilita el sentido de pertenencia honda, madura, leal…

Pero no se trata solamente una cuestión de lealtad o de fidelidad a unos colores o de jurar amor eterno… es mucho más. Para mí, detrás de todo esto late el misterio central de nuestra fe: la encarnación del Verbo. Sé que para alguno esta afirmación parecerá un salto argumental demasiado grande y arriesgado (¡de algunos religiosos o religiosas vanidosillos al misterio de la encarnación, nada menos!), pero los lectores sagaces intuirán esta relación. Cuando recitamos eso de que “el Verbo se hizo carne”, el solemne “Ho Logos sarx eghéneto” del evangelio de Juan que (a no ser que uno sea un zote espiritual) a todos nos estremece y nos llena de gozo y de consuelo… estamos no sólo profesando la fe, sino también aceptando la dinámica de la salvación. Esa “sarx”, la carne… no es otra cosa que la vida misma, los problemas, los dramas, las alegrías, los hermanos cargados de manías, de limitaciones y de incoherencias… Cada ser humano (¡cuánto más un hermano de comunidad!) es para mí un signo de la presencia de Dios. Son los hermanos que Dios me ha dado, en los que le descubro presente con la misma dificultad con la que yo trasparento ese misterio. Otros religiosos son (como el Tajo cuando pasa por Lisboa) más eficaces, más activos, mejor preparados, más intelectuales… pero no son los míos (como el río de la aldea).

Hace unos días, cuando había terminado esta entrada del blog y me parecía que era un pensamiento quizás piadoso o edulcorado… estuve en el teatro aquí en Roma para volver a ver Aggiungi un posto a tavola, aquel musical de finales de los 70 que en España se llamó El diluvio que viene y que tanto nos marcó a muchos de los que por aquellos tiempos nos encontrábamos iniciando un proceso vocacional. En no pocas eucaristías juveniles de aquellos años fascinantes se usaba la canción Un nuevo sitio disponed como canto de entrada. La historia (cómica, pero con un sentido muy hondo) es bien conocida: Dios se cansa de una humanidad egoísta y mezquina y anuncia un nuevo diluvio a un párroco de un pueblecito en Italia. Cuando llega el diluvio, Dios mismo invita al párroco y a Clementina a irse juntos en el arca y crear una nueva humanidad. Ambos se quieren y todo invita a lanzarse a esta aventura hacia un mundo nuevo. Entonces (cuando se pone en marcha el diluvio con unos efectos especiales muy llamativos), el párroco -sorprendentemente y enfrentándose al mismo Dios como en un cuento jasídico- decide quedarse con “su gente” (egoístas, impresionables, cambiantes, mezquinos y asustados) porque son su gente y “eso es amor” como el mismo Dios le había enseñado:

No, yo debo quedarme
unido a esta gente,
porque son los míos,
y debo aceptarlos,
en todo y por todo,
lo bueno y lo malo porque
esto es amor, según yo sé.
Sí, esto es amor, y de ti lo aprendí

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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