Testimoniando un centro que nos descentra (septiembre 2017)

En un viaje nada menos que desde Salvador de Bahí­a en Brasil a Bilbao (con varias escalas de todo tipo) me enfrasqué en la lectura de Rayuela, un clásico de la literatura hispanoamericana del siglo XX y una de esas lagunas culturales que uno tiene y que nunca encuentra tiempo para suplir. Ya lo dice el mismo Cortázar a través de uno de sus personajes que habla de “la melancolía de una vida demasiado corta para tantas bibliotecas“, y nuestro Menéndez Pelayo quien -viendo cercana la hora de la muerte- exclamó (o se le atribuye al menos) con sincero pesar de erudito: “¡Qué pena morir, cuando me queda tanto por leer!”.

Bueno, el caso es que yo estaba leyendo Rayuela en la edición de Cátedra que contiene un amplí­simo estudio elaborado por el crí­tico literario Andrés Amorós y en la última parte del viaje, en el vuelo entre Madrid y Bilbao, me pareció verle entrando en el avión. Pensé que estaba equivocado y que debía ser alguien que se pareciese o fruto de las muchas horas de vuelo que yo llevaba encima, pero al llegar a Bilbao, esperando las maletas me atreví­ a preguntarle y efectivamente era Andrés Amorós. Le enseñé el libro que llevaba bajo el brazo desde Brasil y charlamos brevemente sobre la novela y otras cosas. Al final, muy amablemente, me dedicó el libro aludiendo a los encuentros casuales (una de las claves de lectura de Rayuela) que tan importantes son en nuestras vidas.

Y es que la novela de Cortázar te trasmite -entre otras muchas cosas- ese vértigo de pensar que todo es casual, flotante y azaroso, todo relativo, provisional y subjetivo, de que no hay, en definitiva, un centro de gravedad en el que apoyarnos. Varias veces aparece esa idea (esa sospecha) a lo largo de la obra. En más de una ocasión, el escritor argentino habla de “un centro inconcebible”, de “ese centro que no sé lo que es” o de “un centro tan ilusorio como lo sería pretender la ubicuidad”. Por ello, en ciertas ocasiones, nuestra vida se convierte en un “chapotear en un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. Y en ese gran juego de la Rayuela que es la vida, a veces el pretendido centro “podrí­a estar en una casilla lateral, o fuera del tablero”, valga la paradoja.

Hasta el lector más paciente se estará ya preguntando qué tiene que ver todo esto con nuestra Vida Religiosa. Pues bien -aterrizando-, el caso es que, en no pocos encuentros personales, conversaciones, o incluso en reuniones más amplias, conozco personas que muestran esa sospecha (¡esa angustia!) en estos tiempos nuestros convulsos y complicados. Tantas palabras, tanta información, tantas opiniones, tantas polémicas, el vértigo de las noticias que se suceden sin tiempo para asimilarlas, la impresión digital de que todo es relativo, temporal, de que nuestra memoria está en la famosa nube que no se sabe dónde está ni quién la controla. A veces, la realidad se convierte casi en un juego de espejos que en no pocas ocasiones (como los del callejón del gato de Valle-Inclán) nos devuelven imágenes deformadas, caricaturas, esperpentos, frutos de nuestros miedos, de nuestros prejuicios o de esa “cultura” (valga el oxí­moron) del barullo, del guirigay y de la confusión en que nos movemos… o dicho otra vez con las palabras inquietantes de Rayuela: “¡Cuántas palabras, cuántas nomenclaturas para un mismo desconcierto!”

Por ello, quizás ahora más que nunca, nos hace falta estar bien centrados, saber dónde está el centro de nuestra vida y lo que le da sentido, lo que la sustenta y lo que nos mueve que no es sino Cristo mismo, al que llamamos Señor (Kurios) de la historia, de la vida y de la muerte, al que consideramos principio y final, alfa y omega, piedra angular sobre la que se basa nuestro existir. Es una profesión de fe básica si se quiere, fundamental, esencial para un cristiano, pero a veces conviene recordarlo y no olvidar que no estamos solos. Quizás proclamar y testimoniar ese señorío de Cristo, su centralidad (la que no encontraba el Horacio Oliveira de Cortázar), su presencia activa y amorosa en nuestras vidas que da sentido, consuelo y esperanza… sea el gran reto y la gran misión de la Vida Religiosa de nuestros días.

Esto puede parecer muy básico o relativamente fácil, pero supone una purificación de otros centros, comenzando por el peor de todos, el propio “yo”, que nos lleva a ser (valga la redundancia) egocéntricos, egoí­stas, ególatras… Desde ahí­, nos toca detectar y purificar tantos centros-idolillos que nos roban la libertad, la esperanza y la serenidad. Ni las ideologí­as polí­ticas (que pueden ser loables), ni las modas, ni las patrias eternas que duran décadas o siglos (pero que no son eternas), ni el derecho canónico, ni la teología, ni las mitras, ni las liturgias, ni la madre fundadora, ni las observancias sino sólo Cristo. Y desde ahí­, nos reencontramos con todas esas realidades purificadas, fecundas, convertidas en signos de algo superior. Los tres votos que profesamos un dí­a, aún con nuestras incoherencias e infidelidades, son un medio estupendo para apartar la maraña de verborrea que nos ofusca y para poder mirar al horizonte intuyendo ese sentido último.

Los que ya lucimos canas, recordamos aquella canción del maestro Franco Battiato que -a finales de los 70- confesaba en los albores de la posmodernidad (al menos la literaria y comercial) que buscaba “un centro de gravità  permanente”. Los religiosos lo hemos encontrado, y ello nos hace menos rí­gidos, menos dogmáticos y más cercanos a todos los que -de un modo u otro- lo siguen buscando. Y es que, como ha repetido en varias ocasiones el Papa Francisco, “solamente si se está centrado en Dios, se puede ir a las periferias del mundo”.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

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