“Poniéndola en otro poder…” (febrero 2017)

La Vida Consagrada se encuentra en un momento importante, complejo y en cierto modo, controvertido. Por una parte, ha empezado el proceso para elaborar un nuevo documento que regule y oriente las relaciones entre religiosos y obispos, o mejor dicho, entre los religiosos y las iglesias locales. Se trataría de un nuevo Mutuae Relationes adaptado a las nuevas circunstancias eclesiales, canónicas y teológicas de nuestro tiempo. Por otra parte, Francisco firmaba el pasado 29 de junio de 2016 la Constitución Apostólica Vultum Dei quaerere, sobre y para las religiosas contemplativas (esas “centinelas de la aurora” como las denomina el Papa). En la misma se anuncia un nuevo documento sobre el tema que elaborará próximamente la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada (CIVCSVA) para la aplicación de algunos temas concretos. Además, en no pocos países de Europa se están llevando a cabo procesos (no siempre fáciles) de unión de provincias y de restructuración de las existentes lo que suscita reacciones muy variadas y a veces provoca dificultades y desafíos de diverso tipo. Son sólo tres ejemplos de lo complicado del período en el que vivimos. Debemos vivir este tiempo con espíritu de discernimiento serio y responsable, pero ello no quiere decir que no podamos vivirlo con gozo, con serenidad, con esperanza y con buen ánimo.

El caso es que, en medio de estos procesos complejos, en no pocas ocasiones se apela (y con pasión) al principio de “autonomía”. Ciertamente, este principio (autonomía de las provincias, de los monasterios, etc) nace en determinados momentos de la historia de la Vida Consagrada con un criterio sabio y para evitar intromisiones. Se buscaba preservar estilos de vida y protegerlos, para evitar que se perdiesen o que fuesen manipulados y desvirtuados. Por tanto, era (y es) un medio válido al servicio de los carismas, o de los estados de vida en el seno de la Iglesia.

Sin embargo, cuando ese principio se convierte en algo absoluto, cuando se defiende con uñas y dientes, cuando se le atribuye más categoría teológica y canónica de la que tiene… pues creo humildemente que algo está fallando. Nadie ha entrado en la Vida Religiosa para ser autónomo, sino todo lo contrario, para dejar que otros (las diversas mediaciones), con diálogo, discernimiento, sentido común, valentía y obediencia… sean los que nos gobiernen. El religioso pone su vida en otras manos para cumplir una voluntad superior, la de Dios. Si hay un principio sagrado en la vocación religiosa es, más bien, el de ser “heterónomos”…

Hace dos años, aprovechando el V Centenario del nacimiento de Santa Teresa, releí algunas de sus obras (no todas, ni con el detenimiento que hubiera querido) y me asomé a su sabiduría espiritual y humana. Me deleité recordando algunos pasajes y me sorprendí descubriendo otros por los que seguramente pasé de forma distraída hace años. Y hete aquí que en el Camino de perfección, la Santa nos regala esta perla: “Y pues las monjas hacemos lo más, que es dar la libertad por amor de Dios poniéndola en otro poder (…).Torno a decir que está el todo o gran parte en perder cuidado de nosotros mismos y nuestro regalo; que quien de verdad comienza a servir al Señor, lo menos que le puede ofrecer es la vida; pues le ha dado su voluntad, ¿Qué teme?” (Camino 12,1-2). Casi nada…

Y Thomas Merton, otro maestro espiritual de primera fila, se quejaba tanto de una obediencia ciega que llevase al “sacrificio de lo interior”, es decir, de los principios más sagrados, provocando así una especie de inercia, de pasividad infantil y bobalicona…  como de una autonomía que acaba convirtiéndose en un fetiche. El monje trapense se despacha con este análisis y escribe con un bisturí finísimo: “Por otra parte, no debemos convertir la autonomía en un fetiche y ser ‘fieles’ únicamente a nuestra propia voluntad, puesto que esta es otra manera de ser infiel…

Permitidme también un breve apunte carmelitano para terminar. Ese gran teólogo que fue el P. Bartolomé Xiberta intervino en la controversia acerca de la autoconciencia de Jesús, un tema complejísimo que toca el misterio mismo de la encarnación. Pues bien, entre argumentos de todo tipo (bíblicos, dogmáticos, teológicos), nuestro teólogo reacciona contra los que hablaban de “autonomía psicológica” de Jesús y nos deja esta perla: “apenas podría haber término peor escogido para la integridad humana”. El religioso abierto, generoso, receptivo, flexible, capaz de reinventarse buscando la voluntad de Dios y siguiendo los pasos del Maestro… no estará tan preocupado por defender esa autonomía que, aun siendo legítima en no pocos casos, no debería ser la motivación principal de nuestro actuar y de nuestro ser.

Se que todo esto habría que matizarlo mucho y que es un tema peliagudo y vidrioso. Por donde metas la mano… te cortas. Pero creo que apelar demasiado a la autonomía o convertirla en un tótem, es peligroso e incluso va contra la esencia misma de la Vida Consagrada que nos libera para hacer siempre Su voluntad.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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