¡Dios es del Inter! (diciembre 2016)

            Que nade piense que el título de este post es una respuesta al del mes pasado. Se trata de una verdadera casualidad. Estaba yo escribiendo durante la pasada asamblea de la USG aquel articulillo sobre el equipo de Dios (el equipo de la vida) cuando un superior general, buen amigo, me dijo casi de sopetón que él es entusiasta del “inter” (“Io sono dell’Inter!”). Como yo andaba enfrascado con mi texto, pues me sorprendió tremendamente, como si estuviera respondiendo a la pregunta que daba título al articulillo. Pero luego me explicó que, ante las crisis que sufrimos en la vida religiosa actual, él se declaraba partidario de todo lo que sea “inter”: interprovincial, intercongregacional, intergeneracional, intercultural o internacional…

            Charlamos largo y tendido sobre ello y estábamos de acuerdo en que esto no es (no debe ser) una estrategia para solucionar algunos problemas coyunturales, sino más bien una filosofía de vida y, más si cabe, de vida religiosa. Cuando el mundo tiende a encerrarse, a crear fronteras, barreras, divisiones y muros. Cuando se tiende a acentuar las diferencias y a marginar al que es diverso, fortificando (a veces, apuntalando) identidades. Cuando nos encerramos en nuestro mundo, en nuestro recinto, en nuestros periódicos y canales de televisión y en nuestros prejuicios… pues quizás ahí, en ese contexto, es donde nosotros, religiosos, estemos llamados más que nadie a testimoniar lo “inter”, a construir puentes, a entrelazar, a tejer relaciones, a crear ámbitos de encuentro, de colaboración y de enriquecimiento mutuo e incluso (en el sentido del “hacer lío” del Papa) a enredar.

            Me duele ese derrotismo que nos lleva a pensar que no es posible unir comunidades o provincias, que considera insalvables las diferencias (culturales, raciales, lingüísticas) en vez de verlas como una gran riqueza y una ocasión de crecimiento, que no cree, en definitiva, en la posibilidad del encuentro franco, sincero y -por qué no decirlo- evangélico.

            Ahora que estamos en Navidad, me llama la atención cómo esta idea no es ajena ni a la Palabra de Dios (que proclama solemnemente que “el Verbo habitó entre nosotros”) ni a las oraciones que subrayan “el maravilloso intercambio de nuestra salvación”, ni a la invocación penitencial que implora “Señor, tú estás aquí entre nosotros… pronuncia para nosotros tu Palabra que nos libere”. Con agudeza y emoción lo supo ver Chesterton cuando afirmaba: “Es un hecho patente acerca del cruce de dos luces particulares, la conjunción de dos estrellas en nuestro horóscopo particular: la omnipotencia y la indefensión, la divinidad y la infancia, forman definitivamente una especie de epigrama que un millón de repeticiones no podrán convertir en un tópico. No es descabellado llamarlo único. Belén es, definitivamente, un lugar donde los extremos se tocan…”

         ¡Dios es también del “inter”! Se sitúa “entre” y -aun a riesgo de llevarse las tortas por los dos lados- media, une, restaña y restaura (y cada palabra merecería un tratado de teología). Y también nosotros tenemos que imitar al Maestro en esto. De forma genial lo dijo el Papa Francisco en una de sus homilías en Santa Marta:

            Instaurar el amor es un trabajo de artesanos, de pacientes, de personas que gastan todo lo que tienen en persuadir, en escuchar, en acercar, y esta labor artesanal tiene pacíficos y mágicos creadores del amor. Es la tarea del mediador… El amor nos coloca en el papel de mediador…, el mediador siempre pierde porque la lógica de la caridad es llegar a perder todo para que gane la unidad, para que gane el amor… Para un cristiano progresar es servir en esta tarea de mediación.

       ¡Feliz Navidad a todos!

Fernando Millán Romeral O.Carm.

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