Gestos pequeños para personas grandes (agosto 2016)

Hace unos días he tenido el gustazo de leer Mi conversión de Dorothy Day, uno de esos libros que uno tiene en la lista de espera, con ganas de “hincarle el diente” cuanto antes. Me ha fascinado la aventura espiritual de esta mujer: activista comprometida con la difícil situación de los obreros en los Estados Unidos del primer tercio del siglo XX, sindicalista imbuida de la filosofía marxista, y periodista que trabajó en muy diversos medios de su época. Sin perder ni un ápice de su profunda conciencia social, fue acercándose paulatinamente a la fe con sinceridad, con generosidad, con emoción. Y la fe la “reenvió” a los pobres con mayor sensibilidad si cabe. Frente al prejuicio marxista del que ella misma había participado, la fe no fue “opio”, sino acicate y estímulo en la lucha por los derechos de los más necesitados.

En algunos momentos, su biografía (su itinerario espiritual) recuerda al de otras grandes mujeres que han sido fundamentales en la historia espiritual del siglo XX: Teresa de Lisieux (que aunque muere en el XIX, marca decisivamente la espiritualidad del siglo siguiente), Ana Frank, Simone Weil, Hannah Arendt, Adrienne von Speyr, Gertrud von Le Fort… y tantas otras. Pero, al menos en algunos puntos, a quien me ha recordado más es a Edith Stein, la filósofa judía que también descubrió la fe a través de lecturas filosóficas, del encanto de la liturgia y del encuentro con Santa Teresa. Las dos se muestran muy serias (e incluso rígidas) con el horario y el aprovechamiento del tiempo; ambas fueron voluntarias de la Cruz Roja en la primera Guerra Mundial y ambas fueron mujeres fuertes, hondas, receptivas, valientes y buscadoras en la maraña espiritual y cultural de su tiempo. Su periplo concluyó en el catolicismo, aunque las dos provenían de tradiciones religiosas muy diferentes, y las dos pasaron por la pérdida de la fe y la frialdad religiosa.

Pero el caso es que ambas -y aquí es donde yo quería aterrizar- tuvieron una sensibilidad especial para los pequeños gestos de fe, para ciertas actitudes que, pese a su extrema sencillez, acabarían teniendo gran importancia en su “conversión”. Edith, la filósofa, la pensadora, la discípula aventajada de Husserl se emociona ante una señora que, cargada con las bolsas de la compra, entra en la catedral de Frankfurt para arrodillarse y rezar. Es la primera vez que percibe un diálogo personal con Dios en el silencio de una iglesia casi vacía… y nunca lo pudo olvidar. Dorothy, activista comprometida y periodista aguda, acude a la catedral de Nueva Orleans y presencia una bendición. La misma posición corporal de los que la reciben, la conmueve profundamente (me hizo inclinar la cabeza) y, años más tarde, se pregunta si sintió  algo así como “una Presencia”.

Me impresiona (y ahora hablo de mí) esa sensibilidad de las personas verdaderamente grandes ante los gestos pequeños, de creyentes normales, devotos, piadosos. Me duele el desprecio sistemático y algo arrogante que a veces se muestra ante la fe de los sencillos. Es verdad que en ocasiones estos gestos se pueden manipular, que se ideologizan y se convierten en armas arrojadizas para nuestras batallitas eclesiales. Pero no me refiero a nada de eso. El mismo Dietrich Bonhoeffer, un gigante del pensamiento teológico del siglo XX, se conmovió hondamente ante la gente que esperaba para confesarse en Santa Maria Maggiore cuando estuvo en Roma en 1924. O Thomas Merton, uno de los más apreciados y sutiles escritores espirituales de nuestro tiempo, que siente nada menos que la presencia de Dios (“en la carne y Dios en sí mismo“) cuando unos niños rezan el Credo tras la elevación en una misa en La Habana, mientras desde la calle llegan todo tipo de ruidos, gritos y anuncios. Varios años después, con un bagaje espiritual e intelectual más amplio si cabe, llegó a afirmar que “tal vez sean las verdades más sencillas y populares las que, después de todo,  son también las más profundas…

Y nuestro Unamuno (que ya de joven era contradictorio, cascarrabias, entrañable y genial) cuando visita Roma en 1889 despotrica del arte kitsch y relamido que encuentra por todas partes, pero se emociona ante los exvotos amontonados en la Iglesia del Ara Coeli en el Campidoglio y exclama: “Este, este es el verdadero arte religioso, no el de San Pietro; esto, los toscos monigotes de Ara Coeli que contemplan con desdén los curiosos y aún muchos fieles; en estos están encerradas lágrimas de madre, alegrías de hogar, fe pueril, no arrogancias de papas y apoteosis de artistas…

Quizás yo sea un sentimental, pero le pido a Dios que las altas teologías, las experiencias místicas y los compromisos sociales… no nos anulen esa capacidad de contemplar y de conmovernos ante los pequeños gestos de fe de los más sencillos.

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