El Papa Francisco y Buñuel (junio 2016)

No sé si el Papa Francisco es aficionado al cine. Supongo que ahora, teniendo en cuenta la vida que lleva y su capacidad (realmente admirable) de trabajo, no tiene muchas ocasiones de ver una película y, menos todavía, de ir a un cine. No sé tampoco si el Papa conoce esa extraña película llamada “El ángel exterminador”, un film que Buñuel grabó durante su exilio en México, más bien con pocos recursos, y del que, en más de una ocasión, se mostró algo insatisfecho, pese al éxito que alcanzó.

Hace poco he tenido ocasión de volver a ver esa película inquietante, onírica, desconcertante  del genial cineasta hispano-mejicano. Un grupo de personas pertenecientes a la alta burguesía, se reúnen para una elegante velada en una casa de la calle Providencia, pero, poco a poco, se dan cuenta de que, por una extraña razón, no son capaces de abandonar la mansión donde permanecen varios días entre tensiones, suspicacias, egoísmos y mezquindades. El ambiente se vuelve asfixiante y tenso. Además, Buñuel utiliza a lo largo del film un extraño recurso: la repetición de algunas escenas breves, con ligeras diferencias o cambios de puntos de vista.

Es verdad que esta película de Luis Buñuel ha recibido mil interpretaciones (marxista, freudiana, surrealista) y, todavía hoy, sigue suscitando interés y curiosidad, pero a mí me ha recordado una idea que el Papa Francisco repite con frecuencia: en la vida cristiana (y, más aún, en la vida religiosa) debemos huir de las comunidades cerradas, estériles, ensimismadas en sus pequeños problemas, en caprichos y manías, en dimes y diretes, en envidias y rencores que, aún siendo generalmente pequeños, no dejan de paralizarnos y de empobrecernos. Hay que abrir las ventanas al aire fresco del Evangelio, de lo nuevo, de la vida que, como un torbellino, nos sacude y nos cuestiona. Quizás debemos dejar un poco de lado los cotilleos, los blogs (¡excepto los buenos, como éste de Vida Religiosa!), las banderías y las batallitas y elevar el espíritu a lo más noble y a lo más hermoso de nuestra fe y de nuestra vocación. Se trata, en definitiva, de ir construyendo esa “Iglesia en salida” (misionera, generosa, abierta) que tanto le gusta al Papa. Si no, dejamos que -como Pedro por su casa- entre en nuestras vidas “el ángel exterminador” que nos bloquea, nos esclerotiza y nos avejenta…

El Papa Francisco, en la Carta Apostólica que nos envió con ocasión del año de la Vida Consagrada, lo explicaba con la sabiduría vital que le caracteriza y, sin ambages, decía lo siguiente:

          “No os repleguéis en vosotros mismos, no dejéis que las pequeñas peleas de casa os asfixien, no quedéis prisioneros de vuestros problemas. Estos se resolverán si vais fuera a ayudar a otros a resolver sus problemas y anunciar la Buena Nueva. Encontraréis la vida dando la vida, la esperanza dando esperanza, el amor amando”.

Casi nada. Amen.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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