Buenismo y malismo (enero 2016)

            Mi abuelo, que era -además de una bellísima persona- de un pueblo de Cuenca, usaba de vez en cuando una “variedad dialectal” que se da en ciertas zonas de España (en torno a la Mancha). A veces, refiriéndose a una comida, decía que “estaba buenisma” (sic), o refiriéndose a un niño que había crecido mucho, decía que “estaba grandismo” (sic). Después me he enterado de que esta variedad dialectal se da también en otras zonas de España. El caso es que, a veces, me acuerdo mucho de él, porque ahora se ha puesto de moda (en la política, pero también en la iglesia), hablar del “buenismo”. De hecho, en ciertos ambientes, esto es lo peor que te pueden llamar, una verdadera ofensa de la que se debe huir como de la peste. Ser “buenista”, o “actuar movido por una especie de buenismo” (latiguillos frecuentes), es algo grave y una descalificación horrible.

            Bromas aparte, en la vida religiosa sabemos bien el peligro de lo que se considera “buenismo”: dejar pasar los problemas, evitar la confrontación, aun cuando sea necesaria, no asumir responsabilidades ni afrontar situaciones complicadas y difíciles, etc. Todo ello, lejos de solucionar los problemas, los suele agravar y postergar para los que vengan detrás. ¿Quién -en su sano juicio- no está de acuerdo en criticar esto? Lo que me preocupa personalmente es que no pongamos la misma fuerza, la misma energía y sagacidad en detectar y criticar otra patología espiritual que considero más peligrosa y también frecuente: la del “malismo”. A veces sentimos pánico a que nos llamen “buenistas”, pero no nos ofende si quiera que piensen que somos “malistas”, y, la verdad, puestos a elegir o a correr el riesgo de caer en uno u otro… pues qué quieren que les diga. Yo que soy algo ingenuo, sigo creyendo fervientemente en lo del primado de la caridad y todo eso. Ahí es donde se rompen los moldes normales por la fuerza del Evangelio y quizás ahí esté también lo revolucionario de la vida cristiana y el testimonio de la vida religiosa. En el “buenismo” nos jugamos lo de estar seriamente y con responsabilidad en el mundo, pero en el “malismo” nos jugamos lo de no ser del mundo…

            A mi abuelo le haría gracia lo del “buenismo” éste y seguro que con retranca castellana pensaría que a todos les ha dado por hablar como en el pueblo.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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