Un cartero occamista (diciembre 2014)

Hace unos años, cuando vivía en Madrid, me ocurrió una extraña anécdota que después he contado en diversas ocasiones. Llamaron al “portero automático” para decir que tenían que entregar un paquete de correos. Yo bajé desde la comunidad al hall de la parroquia donde había mucha gente y vi a un hombre (sin uniforme) con un paquete en la mano. Me acerqué a él y le pregunté amablemente: “¿Es usted el cartero?”, a lo que él me respondió (también muy amablemente). “No, yo no soy el cartero, yo soy un cartero”. No entendí lo que quiso decir (hasta ahora), pero recogí el paquete, firmé el recibo y volví a la comunidad.

A veces he bromeado con esta anécdota en mis clases, refiriéndome a la polémica de los universales, en la Edad Media, cuando los nominalistas negaban que existieran los conceptos universales y defendían que sólo existen los individuos, las cosas concretas y ponía como ejemplo a este cartero que vendría a ser una especie de reencarnación de Guillermo de Occam.

Pues el caso es que últimamente me acuerdo bastante de este cartero, y es que me asusta un poco esa tendencia que tenemos a generalizar y a crear etiquetas un tanto a la ligera. Con mucha facilidad hablamos de “los estudiantes de teología”, de “las monjas africanas”, de “los jóvenes posmodernos”, o de “los carmelitas norteamericanos”, olvidándonos que estos “universales” no existen, que existen las personas concretas, cada una con su misterio, con sus grandezas y miserias, con sus luces y sombras. Hoy se habla mucho del alma de los pueblos, pero la verdad es que alma, lo que se dice alma, sólo la tienen las personas. Ya sé que hay características comunes y que generalmente se trata de una forma de hablar sin malicia alguna. Es verdad también que la procedencia, la formación, la edad, la cultura dominante, etc., son factores que, en cierto modo, nos condicionan y nos conforman. Pero no está de más que, de vez en cuando, nos recordemos a nosotros mismos que los universales pueden ser peligrosos, que deforman la realidad y que acaban convirtiéndose en prejuicios y en etiquetas que nos alejan de la persona concreta que, al menos para Dios, es siempre única, irrepetible y preciosa.

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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