Sueños de empresario (octubre 2015)

Vaya por delante que estoy convencido de la importancia del derecho canónico en la Iglesia. Cualquier persona con la cabeza en su sitio se da cuenta de esto. Más aún, creo que los que tiran por tierra que haya un derecho canónico, luego se suelen referir a él cuando les pisan. O sea, que hace falta. Puedo presumir de que en mi vida académica (como alumno y como profesor) conocí a muy buenos canonistas, sensatos, abiertos, conscientes de que el derecho viene a ser la concreción de una teología (con la dinámica de la revelación) y que, a su vez, el derecho tiene como objetivo la pastoral, la vida de la iglesia, o (en un lenguaje más clásico) la salvación de las almas. Por ello, eran (son) gente que sabe de interpretación, de teología, de epikeias, etc., y que tiene un profundo sentido eclesial (del de verdad).

Bueno, pues dicho esto, confieso también que me preocupa una especie de “neo-legalismo” que se intuye hoy en ciertos grupos y comunidades que acaban de nacer. Es curioso que, a veces, lo primero que piden, incluso con un entusiasmo sorprendente, es… ¡unos estatutos! No se trata del legalismo digamos “clásico” (una patología como otra cualquiera), sino de una nueva tendencia que lleva a estos grupos a poner como prioridad el estatuto, la norma, la codificación.

Me recuerda el caso de un niño que, cuando yo trabajaba en un colegio, llegó llorando con sus padres a la tutoría. Tenía once años el chaval desconsolado. El motivo era que le habían puesto notas muy bajas y así no llegaría en el futuro a cumplir su sueño de ser empresario. Me quedé de piedra y no porque tenga nada contra los empresarios, sino porque a esa edad me parece que uno sueña con ser futbolista, o domador de leones, o astronauta, o misionero o qué se yo… Intenté calmarle (a él y a los padres) y le dije que ya habría tiempo de pensar en empresas y que, por el momento, disfrutase de la vida, que hiciese deporte, que estudiase más, que conociese amigos…

Pues algo parecido me pasa con esta “tendencia estatutaria” de ciertos grupos. En latín macarrónico diríamos que “primum vivere, deinde statuere”, esto es, primero vivir, crecer, celebrar y disfrutar la fe, discernir y descubrir, escuchar, meditar, compartir, orar… y ya habrá tiempo para estatutos (importantes, sin duda, pero no lo prioritario ni lo primero).

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

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