Quis animat animatores?: (diciembre 2015)

Vayan por delante mis disculpas para los buenos profesores latinistas que tuve. Ciertamente se trata de un latín macarrónico que adapta la frase clásica de Juvenal: “Quis custodiet ipsos custodes?” (quién vigila a los que tienen que vigilar), y que se usa para expresar la necesidad de controlar al poder mismo.

Pues bien, yo la suelo adaptar como reza el título, ya que en asambleas y reuniones tengo ocasión de hablar con provinciales jóvenes (más jóvenes que yo) en los que, a veces, percibo un cierto miedo, cansancio, o desánimo, ante la tarea encomendada. Me insinúan (o me lo dicen abiertamente) que echan de menos la pastoral o la docencia o incluso que no se hicieron religiosos “para esto”. Yo intento animarles como Dios me da a entender. Suelo decirles que también la “animación” (palabra que me gusta más que “gobierno”) es, en cierto modo, un servicio pastoral. Se trata de una parroquia un tanto “sui generis”, es verdad, pero también aquí hay que estar atentos a las necesidades de los hermanos y dialogar, consolar, corregir, curar heridas, sugerir caminos, agradecer, entusiasmar…

Pero, por otra parte, también comprendo que este momento de la vida religiosa es complejo y que, a veces, faltan las fuerzas o se difuminan los apoyos. Por ello (de ahí el “pseudo-latinajo”), invito a los hermanos a que también ellos animen a los que tienen que animar. Todos necesitamos que, al menos de vez en cuando, se nos agradezca algo, se nos reconozca el esfuerzo o se “nos pase la mano por el lomo” (valga el casticismo). El afecto y la solicitud con el que tenemos al lado, si son auténticos, no van nunca en detrimento de nuestra consagración ni de nuestro compromiso.

Es verdad que el primer encargado de consolar es el Espíritu Santo y a él nos tenemos que encomendar (Jn 14,15). Pero no estará de más que, ahora que se acercan las navidades y los corazones se reblandecen un poco, le echemos una mano.

Algunos pensaréis que esto es sólo un comentario sentimental o un pío deseo con poca utilidad práctica, pero creo que también otros superiores y superioras sabrán muy bien a lo que me refiero. Y es que, de vez en cuando, todos necesitamos el bálsamo del afecto. O, como dice el Papa Francisco, necesitamos mirar a María para volver “a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño” (EG, 288).

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

 

 

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