¿Por qué lloras? (abril 2015)

Estamos en abril y resuenan todavía en nuestras calles y (espero) en nuestros corazones las celebraciones de la Semana Santa. Cada año, la narración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, los símbolos de la liturgia de estos días, el ritmo de las lecturas… nos sobrecogen, nos emocionan, nos interpelan y, en último término, nos llenan de gozo. Son días intensos.

A mí me sigue llamando mucho la atención el gesto del Resucitado -en la versión de Juan- al dirigirse a María Magdalena, que lloraba desconsolada, con palabras tiernas: “Mujer… ¿Por qué lloras?” (Jn 20,15). Es curioso que sean las primeras palabras que usa el Señor tras la resurrección. No habla de sí mismo; no intenta impresionar, ni aturdir, ni convencer; no explica nada. Más bien, se fija en el sufrimiento de aquella mujer que llora y se dirige a ella de forma afectuosa.

Es verdad que el evangelio de Juan es muy complejo, rico en símbolos, abierto a interpretaciones muy diversas, pero es muy llamativo el gesto delicado, humano y compasivo del Señor. Quizás alguno, al oírlo de labios de María Magdalena, se sintiera incluso defraudado, porque esperaba algo más solemne o más elevado. Lucas toma nota del rechazo de los apóstoles a aquellas palabras que les parecían “como desatinos” (Lc 24, 11).

En este año de la vida consagrada que estamos celebrando, cuando escuchemos este relato bíblico en alguna de nuestras celebraciones, dejemos que resuenen también en nuestros corazones las palabras del Resucitado: “¿Por qué lloras?” Son palabras que nos consuelan y animan, palabras que acarician, pero que también nos invitan a salir de nuestras lamentaciones, de las nostalgias ideologizadas, de las estadísticas plañideras y de ese coctel tan pernicioso que resulta de mezclar el derrotismo con el “dolce far niente”… El Papa Francisco no se cansa de recordárnoslo y continuamente nos invita a vivir en esa actitud de “salida” de nosotros mismos para llegar al ser humano concreto que sufre. Como el Maestro, llenos de vida nueva y renovada, en vez de estar mirándonos al ombligo, miremos el sufrimiento de la humanidad que nos rodea; estemos atentos a las lágrimas de nuestros contemporáneos y, quizás, a través de las lágrimas, muchos de ellos descubran también, como hizo María Magdalena, que el Señor está vivo y está con nosotros.

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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