Organizar la mesa (¡y el alma!) (noviembre 2015)

Hace ya algunos años, me decía un amigo de la universidad que no conseguía limpiar su mesa de trabajo. El ritmo de la vida moderna hace que vayamos acumulando cosas casi a un ritmo frenético y la torre de libros que se elevaba sobre su mesa era un buen ejemplo de ello. Allí estaba la Biblia, sobre ella la regla de su orden, encima el derecho canónico, encima las actas del último capítulo, encima los manuales para dar clase, sobre ello una montaña de exámenes, encima dos o tres libros de moda, encima las revistas a las que estaba suscrito y (digámoslo todo) encima algún periódico deportivo ya casi haciendo equilibrios para que la torre no cayese.

No sé si resulta exagerado decir que, a veces, tenemos el alma (al menos, yo) como aquella mesa de trabajo. Lo más esencial, lo que da sentido a nuestra vida, lo fundamental, parece esconderse entre un montón de compromisos, actividades, programaciones, reuniones, fotocopias y mil cosas más (por no entrar en el mundo de la informática). No deberíamos olvidar los religiosos que, en cierto modo, estamos llamados a ser “hombres y mujeres de lo esencial”. Todo es importante, pero relativo. Cuando lo relativo oscurece a lo esencial, se convierte en ídolo y caemos en el pecado más grande denunciado en la Escritura. Y, además, al oscurecerse lo esencial, muchas otras cosas se difuminan o se sobredimensionan.

En ocasiones esos ídolos son evidentes, groseros (valga la expresión) y se les ve venir… pero otras veces son muy sutiles y ladinos y, bajo apariencia de cumplimiento, de generosidad, de observancia, de compromiso y de mil cosas más (buenas, sin duda), pueden acabar distrayéndonos y apartándonos de lo esencial. No se trata de vivir en una intensidad continua, generalmente insoportable para uno mismo (¡y para los demás!), sino de no perder el norte ni las dimensiones…

Por ello, los religiosos deberíamos huir de la superficialidad y de la banalidad que en ocasiones nos rodean. Sin desentendernos de nada y sin refugiarnos en burbujas espirituales o intelectuales, no deberíamos caer en la cultura del barullo (en el “multiloquio” del que avisaba la Regla Carmelita citando los Proverbios). Y es que hacen falta hombres y mujeres con hondura humana y espiritual, del “multum” y no del “multa”. Hace falta, en definitiva, gente que -como dijo el poeta- se pare “a distinguir las voces de los ecos”.

Por ello, ahora que nos adentramos en el Adviento y que caminamos hacia la celebración del Misterio, no nos vendría mal reordenar la mesa (y el alma) y desbrozar lo superficial para reencontrarnos gozosamente con lo esencial y con lo que da sentido a nuestras vidas.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

 

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