Mancharse con el barro del camino (marzo 2015)

 

El Papa Francisco, en el número 45 de la “Evangelii Gaudium”, hablando del corazón misionero, insiste en que éste “tiene que crecer en la comprensión del Evangelio y en el discernimiento de los senderos del Espíritu”. Se trata, sin duda de un reto fascinante y no siempre fácil. En cualquier caso, el Papa invita a asumir ese riesgo e incluso nos pide que no temamos mancharnos “con el barro del camino”.

Al leer estas palabras tan sugerentes y provocadoras del Papa, me ha venido a la mente una de las imágenes audaces que utilizaba Unamuno en su célebre novela “La tía Tula”. Es bien conocida la conflictiva (y a la vez apasionada) relación del escritor con lo religioso, pero no cabe duda de que Don Miguel fue un buscador, un rebelde, un espíritu inquieto, en tantos temas, pero más si cabe en el tema de la fe.

El caso es que, al final de su novela, cuando la tía Tula está ya agonizando, ésta previene a sus sobrinos con palabras entrecortadas del pecado de omisión (“que nunca tengáis que arrepentiros de haber hecho algo y menos de no haberlo hecho”). Lo compara con alguien que necesita ayuda por haber caído en un pozo o en un albañal y al que no ayudamos por temor a enfangarnos. Tula, delirando, pero con gran lucidez, compara entonces el purgatorio con un lavado con el mismo barro (“fango ardiente, que quema y limpia”) con el que no nos quisimos manchar para salvar a esa persona.

Más allá del imaginario escatológico de Tula (Unamuno), no deja de resultar curiosa esta llamada del Papa y de Don Miguel a no temer el barro del camino, cuando se trata de abrir senderos del Espíritu o de ayudar a alguien. Sin negar que en esto, como en todo, hace falta también una dosis de prudencia, la verdad es que nos viene muy bien que nos lo recuerden, sobre todo cuando caemos en la tentación de las “asepsias” (espirituales, celestiales, intelectuales, pastorales) y de las burbujas en las que un grupo de elegidos se separa de la masa y se aísla en sus conciliábulos a rezar por el mundo en el que estaría todo lo negativo (materialismo, relativismo, consumismo y un largo etcétera de los famosos “ismos”). En fin, lo del Evangelio, no ser del mundo, pero estar en él y macharnos con el barro del camino…

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

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