Los anónimos de Jericó (enero 2015)

En este 2015 que acabamos de estrenar, la Iglesia va a dirigir su mirada a la vida consagrada, siguiendo la idea del Papa Francisco que la considera “un don de Dios para su pueblo”. Hace poco me preguntaban qué personaje bíblico podría servirnos como icono o como inspiración para este año. La verdad es que, aunque hay muchos y muy significativos, los primeros que me vinieron a la mente fueron los que yo llamo “los anónimos de Jericó”. La cosa viene de hace unos años, cuando, en una reunión de superiores en Italia, la comisión encargada había preparado toda una reflexión en torno a la imagen del ciego de Jericó (en Mc 10 y en los paralelos con algunas pequeñas variantes).

Se compusieron canciones, tuvimos una lectio divina e incluso las carmelitas de Rávena prepararon un hermoso icono. La escena es bien conocida: Jesús sale de Jericó y un ciego, Bartimeo, grita incesantemente y le implora “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”. Jesús pide que le llamen y unos anónimos a los que ni se menciona (quizás los mismos discípulos o algunos de los presentes) se acercan a él y le dicen: “¡Ánimo, levántate! Te llama”. El ciego arroja su manto y se acerca al Señor que le pregunta lo que quiere y le cura.

En un momento dado de la dinámica se nos preguntó con qué personaje de la escena nos identificábamos cada uno de nosotros en este momento de la vida consagrada. Muchos lo hicieron con Bartimeo (necesitamos pedir ayuda y luz y no debemos cansarnos de gritar); otros con el Maestro (nos sentimos llamados a curar heridas en la Vida Religiosa y a ofrecer luz), otros con la gente que acompaña a Jesús en su camino. Yo me siento muy identificado con los “anónimos” encargados de llamar al ciego (que suelen pasar desapercibidos), con los que se acercaron a él, simplemente le avisaron y, así, hicieron posible el encuentro personal y el milagro.

Quizás sea esa nuestra misión principal en este servicio y un buen objetivo para el año de la vida consagrada: decirle (sin muchas glosas ni añadidos) a nuestros hermanos y hermanas, a nuestras comunidades, a nuestras provincias y congregaciones, a nuestras vocaciones… que arrojemos el manto que nos lastra, que el Maestro llama y que quiere encontrarse personalmente con cada uno de nosotros: “Animo, levántate, te llama…”.

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *