¡Felicidades maratonianos! (febrero 2015)

Cuando esta página vea la luz, estaremos ya metidos de lleno en el año de la vida consagrada promulgado por el Papa Francisco. Tuve la fortuna de participar en el encuentro de los superiores generales (USG) en noviembre de 2013 en el que el Papa, casi por sorpresa, anunció esta iniciativa y todos lo vimos como un regalo extraordinario, como una palabra de gratitud y de ánimo de la Iglesia a la vida consagrada y como una ocasión de renovar, reilusionar, purificar, relanzar, actualizar… (y muchos verbos más) nuestra vida religiosa en este tiempo complejo y fascinante en el que nos ha tocado vivir. Sin duda, a lo largo de este año vamos a escuchar y a leer muchas reflexiones y vamos a discernir juntos acerca de nuestras carencias, nuestras posibilidades y nuestros retos.

Pero ahora, casi al inicio de este año, yo quisiera simplemente mostrar mi gratitud a los que yo llamo “maratonianos de la vida religiosa”. Me explico. Yo soy de los que tienen esa extraña afición del deporte de fondo, del correr, de los maratones o (usando ese neologismo horrible) del “footing”. Los que hemos cometido la locura de hacer los fatídicos 42 kilómetros y 195 metros, sabemos lo que significa sufrir para seguir adelante y para llegar a la meta, aunque sea maltrecho. Quizás por eso, o porque la edad va avanzando y valoramos más otras cosas y nos volvemos un poco sentimentales… cada vez siento mayor gratitud hacia aquellos que han perseverado en el servicio y en la ilusión, aquellos que no se desaniman ante las mil razones que hay para desanimarse. Siento un profundo agradecimiento hacia esos religiosos y religiosas que aparentemente no destacan en nada especial, pero que siempre están ahí, disponibles para todo; hacia aquellos que, alejados de politiquerías y cotilleos clericales, viven remangados y siguen ilusionando e ilusionándose cada día con lo que llevan entre manos; hacia aquellos que evitan la queja estéril o la negatividad sistemática; hacia aquellos que, con una alegría serena, ofrecen sus vidas en lo cotidiano, en el servicio de cada día, en la labor callada y muchas veces anónima. En ellos se cumple eso que decía Borges: “Morir por una religión es más simple que vivirla en plenitud”.

A todos vosotros, hermanos y hermanas, maratonianos de la vida religiosa, en este año tan especial… ¡Gracias y felicidades!

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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