Erratas providenciales (junio-septiembre 2015)

Hace algunos años, corrigiendo las pruebas de un libro, casi de casualidad, me di cuenta de que, al menos en dos ocasiones, cuando se hablaba de “religiosos activos o contemplativos”, se había deslizado una errata de imprenta y la frase se había transformado en “altivos o contemplativos”. Aunque al principio me preocupé pensando en cómo habría quedado el texto (enfado del autor, rubor de la editorial, etc), la verdad es que luego me pareció que el error no debía ser atribuido a uno de esos diablillos que se colaban en las imprentas (ahora en los ordenadores), sino a un angelote que nos daba un aviso profético y sapiencial.

Es curiosa la etimología de “altivo” o de “altanero”, común a otras lenguas latinas (“altezzoso” en italiano, “hautain”, en francés, “altiu” en catalán). Y es que, si lo pensamos bien, el antónimo del contemplativo no es el “activo”, sino el “altivo”, esas personas que pasan a nuestro lado casi sin mirarnos, con una pose de importancia, con la mirada pérdida en grandes problemas, en las cumbres de una (supuesta) mística, en compromisos radicales o en teologías elevadísimas. Pasan sin darse cuenta de que al lado hay seres humanos, hermanos, que sufren o que lloran, que ríen o que crecen, que tienen miedo o que se emocionan… El contemplativo no es el que está todo el tiempo mirando a lo alto, medio embobado, sino el que mira alrededor y descubre (¡contempla!) los signos pequeños, frágiles y débiles de la presencia de Dios en nuestras vidas.

Es verdad que no siempre es fácil. Hay que descubrir esos signos entre las rendijas de la existencia o incluso en sus desagües, entre las contradicciones y las ambigüedades, entre miserias humanas y, a veces (por qué no decirlo), entre pecados. Por eso, el contemplativo es también profeta y es signo de esperanza. Como el discípulo amado en el lago de Galilea, entre dos luces, el contemplativo grita a Pedro y a todos nosotros “¡Es el Señor!” (Jn, 21).

Ciertamente, tenemos que elevarnos sobre las miserias de este mundo, pero no debemos dejar de mirarlo con simpatía, con compasión, con emoción, con humildad, con amor. Como el Maestro elevado en la cruz…

Imitando a Valle Inclán, quería titular esta página como “Divinas erratas”, pero me pareció exagerado. En cualquier caso, el Dios encarnado nos recuerda de vez en cuando que es en el espesor de la vida misma (la carne) donde podemos contemplarle.

 

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

 

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