Dos manzanas cortadas (mayo 2015)

Hasta el más viril y lejano de sensiblerías marianas, siente, cuando llega el mes de mayo, que la brisa templada le trae recuerdos de la niñez, de rosarios y flores y devociones que honraban a la Virgen María. Esta devoción toca lo más esencial de nuestra fe (sin María -mujer, madre, maestra- no hay encarnación) y lo más hermoso de nuestra piedad. Además, en el carisma y en la espiritualidad de muchas familias religiosas -por no decir en todas- María ocupa un lugar importante y los fundadores y fundadoras de órdenes y congregaciones encontraron en la Virgen la inspiración, la fuerza y la ternura necesarias para llevar a cabo sus proyectos, en muchos casos de forma heroica. A nosotros carmelitas (permitidme un ligero apunte de familia) nos gusta llamarla “nuestra Madre y hermana” desde que, en la Edad Media, las pasamos canutas y casi nos suprimen y aquellos frailes tuvieron que echar mano de “lazos familiares”.

Pues en este mes de mayo me viene a la mente un hermoso texto de Carmen Martín Gaite, llamado El libro de la fiebre. Es un cuaderno (que no fue editado hasta 2007, cuando su autora ya había muerto) en el que se describen sentimientos, miedos, alucinaciones y fantasías de la joven Carmen que pasó meses en cama muy enferma aquejada de fiebre tifoidea. Su marido entonces, el gran escritor Sánchez Ferlosio, le dijo que no valía la pena publicarlo (hasta el mejor escribano echa un borrón), pero la verdad es que es un libro bien hermoso.

En un momento dado, la joven asustada invoca a su madre (“la he llamado dormida y despierta…”) para que vele por ella. Velar viene del “vigilare” latino -cuenta la autora- pero es más que vigilar, es “estar unido con unción al que nos necesita, es desdoblarse para él”. La joven enferma describe la presencia sanadora de la madre: “sus manos son dos manzanas cortadas (…) Ella sabe que la necesito conmigo. Recogerá desde su orilla mis palabras, estos ríos de fuego. Y se quemará en ellos para que no me queme yo…” Son palabras inconexas, surrealistas, tiernas, literariamente hermosísimas. Me gusta meditarlas y saborearlas pensando en la ternura de María y pedirle que vele por nosotros, que nos acompañe en nuestras fiebres, en nuestras infidelidades, en la calentura de los blogs y de las opiniones apresuradas y febriles, en las miserias y ambiciones, en los egoísmos cicateros e insensibles… y que ponga sus manos, como dos manzanas cortadas, sobre nuestra frente ardiente.

En este mes de mayo, con el Papa Francisco, pedimos que “María, Madre del Verbo, vele sobre nuestra vida de hombres y mujeres consagrados…

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