Alaska y el busto del emperador (noviembre 2017)

Escribo esta entrada del blog con un cuidado especial y con una buena dosis de respeto y cariño (¿por qué no decirlo?) por los casos a los que me voy a referir. Hace ya unos cuantos años, Alaska cantaba El rey del Glam, aquella pegadiza canción que repetía a un supuesto decadente anclado en estéticas ya superadas: “Te has quedado en el 73 con Bowie y T-Rex”. Alaska se regodeaba describiendo los rasgos de aquel personaje imperturbable y “ajeno a las modas que vienen y van…

Los 70 fueron años fascinantes para la Iglesia, años convulsos en un cierto sentido, pero también llenos de experiencias, de búsquedas, de nuevos caminos que, inspirados por el impuso renovador del Vaticano II y en el caso español por el cambio político, se abrían para los creyentes del tiempo y también para la Vida Religiosa. Muchas de aquellas experiencias han dado a lo largo de los años frutos estupendos y han mostrado un rostro nuevo de los consagrados: cercanos, comprometidos, insertos en la sociedad y en los dramas y alegrías de nuestro tiempo. En otras ocasiones, han servido para la renovación de las órdenes y congregaciones, llevándolas a una vivencia más auténtica del carisma y haciendo realidad aquel lema tan inspirador de la “vuelta a las fuentes” que venía descrito en el Decreto Perfectae Caritatis como una de las líneas maestras de la renovación posconciliar de la Vida Religiosa. Estas experiencias, además, aportaron frescura e ilusión, suscitaron discernimiento, nos ayudaron a soltar lastre y generaron un nuevo entusiasmo en la vivencia de los carismas y en el servicio que, como religiosos, podíamos brindar al pueblo de Dios.

Pero no podemos perder de vista que han pasado cuarenta o cincuenta años desde que se generaron aquellas experiencias. Algunas desaparecieron o fracasaron con el trascurso de los años. Otras fueron (por desgracia) anuladas desde instancias superiores cuando los vientos cambiaron y lo novedoso empezó a verse con malos ojos. Y otras siguen siendo fieles a su idea originaria y siguen brindando hoy un testimonio de vida consagrada. Pero -y aquí viene a cuento lo de Alaska y el Rey del Glam– no conviene ignorar que estas experiencias tienen necesidad de una evaluación-revisión humilde, serena y sabia (y las tres palabras tienen su sentido). Es necesario confrontarse con los nuevos tiempos, las nuevas sensibilidades eclesiales y sociales, los nuevos ritmos. Es necesario aceptar que lo que era nuevo, ya no lo es y que llega el tiempo de reconocer que ya no somos “los jóvenes” sino que los jóvenes, los que innovan, los que tienen otra sensibilidad… son otros. Si no, corremos el riesgo de fosilizarnos, de encastillarnos, de convertirnos en viejos rockeros (vestidos de cuero negro y con melena teñida escondiendo las canas) que desde una supuesta rebeldía siguen combatiendo enemigos que desaparecieron hace ya varias décadas y respondiendo a preguntas que ya nadie se hace.

Repito que, para vivir este discernimiento (quizás como todos los discernimientos), hace falta una buena dosis de humildad, de sabiduría, de generosidad y de coraje. No es sólo un consejo para estos hermanos, es que lo necesitamos en la Vida Religiosa, necesitamos que sigan siendo significativos, que cuestionen y se cuestionen, que nos ayuden a los que quizás somos menos proféticos y creativos a no refugiarnos en las estructuras y en las instituciones. Necesitamos, en definitiva, que no se queden “en el 73 con Bowie y T-Rex”.

Y es que, si no se hace esa revisión, nos convertiremos en personajes decadentes como (por poner un ejemplo algo más culto) aquel Conde Franz Xaver Morstin de ese delicioso relato de Joseph Roth (El busto del emperador), aquel anciano que vistió sus mejores galas del imperio austrohúngaro, expuso el busto del emperador y se negó a escuchar que el imperio no existía más. Cuando las nuevas autoridades le obligaron a retirar el busto, le organizó un sentido y emocionado entierro y se negó (eso sí, de forma elegante y decadente) a ver la nueva realidad…

Fernando Millán Romeral, O.Carm

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El río de mi aldea (octubre 2017)

Entre los poemas del genial Fernando Pessoa o de Alberto Caeiro, el poeta nostálgico y bucólico (uno de sus famosos “heterónimos”), siempre me ha encantado el que hace referencia al rio Tajo, o para ser más exactos, al riachuelo de la aldea del autor. En dicho poema Pessoa señala que el Tajo, majestuoso en su paso por Lisboa ya cerca del mar, es evidentemente más bello que el río que pasa por su aldea. Pero, al mismo tiempo, no es más bello porque no es el suyo, no es su río.

El Tajo es más bello que el río que corre por mi aldea,
pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi aldea
porque el Tajo no es el río que corre por mi aldea“.

      Algunos críticos han puesto de manifiesto que todo esto también parece ser un juego de espejos e identidades de los que tanto gustaban al literato portugués, ya que él nació en Lisboa y no en una aldea. De hecho, el poema ha tenido mil interpretaciones. Y es que, como dijo una crítica literaria brasileña, con un sutil juego de palabras en portugués “Pessoa es el misterio en pessoa” (Pessoa es el misterio en persona). Si el río de la aldea era también el Tajo (porque el autor había nacido allí), el significado profundo es el mismo: el Tajo es hermosísimo y majestuoso, pero no tanto por ser el Tajo, sino porque es el río de su “aldea”, de su lugar… por ser el suyo.

¿Y a qué viene todo este juego literario de identidades, espejos y ríos? En encuentros, cursos, e incluso en retiros, he tenido ocasión de conocer a religiosos y religiosas que desprenden un cierto aire de superioridad respecto a su propia Orden o Congregación. Son religiosos de cierta categoría intelectual o apostólica que miran con condescendencia a sus hermanos a los que “soportan” con resignación y suspiros…

Sé que me meto en terreno pedregoso y que cada caso es un mundo. Sé también que (al menos, en determinadas ocasiones) no se trata de arrogancia ni de vanidad y que incluso -hablando objetivamente- a veces estas personas tienen razón y que los religiosos nos instalamos (bajo la apariencia y con la excusa de la humildad) en una chapuza continua. Sé que hay que ser críticos y proféticos (¡faltaría más!) o que –dicho en castizo- de vez en cuando hay que cabrearse. Pero, aun reconociendo todo eso, me duele esa actitud hacia ciertos hermanos o hermanas que no son tan listos, o tan comprometidos, o tan espirituales, o tan brillantes…

Antropólogos y sociólogos han hablado de la curiosa y paradójica crisis de pertenencia (the belonging crisis) en nuestros tiempos: por una parte, se defienden las identidades de forma a veces incluso histérica (si no agresiva, les identités meurtrières, de las que hablaba Amin Maalouf) y, por otra, se debilita el sentido de pertenencia honda, madura, leal…

Pero no se trata solamente una cuestión de lealtad o de fidelidad a unos colores o de jurar amor eterno… es mucho más. Para mí, detrás de todo esto late el misterio central de nuestra fe: la encarnación del Verbo. Sé que para alguno esta afirmación parecerá un salto argumental demasiado grande y arriesgado (¡de algunos religiosos o religiosas vanidosillos al misterio de la encarnación, nada menos!), pero los lectores sagaces intuirán esta relación. Cuando recitamos eso de que “el Verbo se hizo carne”, el solemne “Ho Logos sarx eghéneto” del evangelio de Juan que (a no ser que uno sea un zote espiritual) a todos nos estremece y nos llena de gozo y de consuelo… estamos no sólo profesando la fe, sino también aceptando la dinámica de la salvación. Esa “sarx”, la carne… no es otra cosa que la vida misma, los problemas, los dramas, las alegrías, los hermanos cargados de manías, de limitaciones y de incoherencias… Cada ser humano (¡cuánto más un hermano de comunidad!) es para mí un signo de la presencia de Dios. Son los hermanos que Dios me ha dado, en los que le descubro presente con la misma dificultad con la que yo trasparento ese misterio. Otros religiosos son (como el Tajo cuando pasa por Lisboa) más eficaces, más activos, mejor preparados, más intelectuales… pero no son los míos (como el río de la aldea).

Hace unos días, cuando había terminado esta entrada del blog y me parecía que era un pensamiento quizás piadoso o edulcorado… estuve en el teatro aquí en Roma para volver a ver Aggiungi un posto a tavola, aquel musical de finales de los 70 que en España se llamó El diluvio que viene y que tanto nos marcó a muchos de los que por aquellos tiempos nos encontrábamos iniciando un proceso vocacional. En no pocas eucaristías juveniles de aquellos años fascinantes se usaba la canción Un nuevo sitio disponed como canto de entrada. La historia (cómica, pero con un sentido muy hondo) es bien conocida: Dios se cansa de una humanidad egoísta y mezquina y anuncia un nuevo diluvio a un párroco de un pueblecito en Italia. Cuando llega el diluvio, Dios mismo invita al párroco y a Clementina a irse juntos en el arca y crear una nueva humanidad. Ambos se quieren y todo invita a lanzarse a esta aventura hacia un mundo nuevo. Entonces (cuando se pone en marcha el diluvio con unos efectos especiales muy llamativos), el párroco -sorprendentemente y enfrentándose al mismo Dios como en un cuento jasídico- decide quedarse con “su gente” (egoístas, impresionables, cambiantes, mezquinos y asustados) porque son su gente y “eso es amor” como el mismo Dios le había enseñado:

No, yo debo quedarme
unido a esta gente,
porque son los míos,
y debo aceptarlos,
en todo y por todo,
lo bueno y lo malo porque
esto es amor, según yo sé.
Sí, esto es amor, y de ti lo aprendí

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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Testimoniando un centro que nos descentra (septiembre 2017)

En un viaje nada menos que desde Salvador de Bahí­a en Brasil a Bilbao (con varias escalas de todo tipo) me enfrasqué en la lectura de Rayuela, un clásico de la literatura hispanoamericana del siglo XX y una de esas lagunas culturales que uno tiene y que nunca encuentra tiempo para suplir. Ya lo dice el mismo Cortázar a través de uno de sus personajes que habla de “la melancolía de una vida demasiado corta para tantas bibliotecas“, y nuestro Menéndez Pelayo quien -viendo cercana la hora de la muerte- exclamó (o se le atribuye al menos) con sincero pesar de erudito: “¡Qué pena morir, cuando me queda tanto por leer!”.

Bueno, el caso es que yo estaba leyendo Rayuela en la edición de Cátedra que contiene un amplí­simo estudio elaborado por el crí­tico literario Andrés Amorós y en la última parte del viaje, en el vuelo entre Madrid y Bilbao, me pareció verle entrando en el avión. Pensé que estaba equivocado y que debía ser alguien que se pareciese o fruto de las muchas horas de vuelo que yo llevaba encima, pero al llegar a Bilbao, esperando las maletas me atreví­ a preguntarle y efectivamente era Andrés Amorós. Le enseñé el libro que llevaba bajo el brazo desde Brasil y charlamos brevemente sobre la novela y otras cosas. Al final, muy amablemente, me dedicó el libro aludiendo a los encuentros casuales (una de las claves de lectura de Rayuela) que tan importantes son en nuestras vidas.

Y es que la novela de Cortázar te trasmite -entre otras muchas cosas- ese vértigo de pensar que todo es casual, flotante y azaroso, todo relativo, provisional y subjetivo, de que no hay, en definitiva, un centro de gravedad en el que apoyarnos. Varias veces aparece esa idea (esa sospecha) a lo largo de la obra. En más de una ocasión, el escritor argentino habla de “un centro inconcebible”, de “ese centro que no sé lo que es” o de “un centro tan ilusorio como lo sería pretender la ubicuidad”. Por ello, en ciertas ocasiones, nuestra vida se convierte en un “chapotear en un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. Y en ese gran juego de la Rayuela que es la vida, a veces el pretendido centro “podrí­a estar en una casilla lateral, o fuera del tablero”, valga la paradoja.

Hasta el lector más paciente se estará ya preguntando qué tiene que ver todo esto con nuestra Vida Religiosa. Pues bien -aterrizando-, el caso es que, en no pocos encuentros personales, conversaciones, o incluso en reuniones más amplias, conozco personas que muestran esa sospecha (¡esa angustia!) en estos tiempos nuestros convulsos y complicados. Tantas palabras, tanta información, tantas opiniones, tantas polémicas, el vértigo de las noticias que se suceden sin tiempo para asimilarlas, la impresión digital de que todo es relativo, temporal, de que nuestra memoria está en la famosa nube que no se sabe dónde está ni quién la controla. A veces, la realidad se convierte casi en un juego de espejos que en no pocas ocasiones (como los del callejón del gato de Valle-Inclán) nos devuelven imágenes deformadas, caricaturas, esperpentos, frutos de nuestros miedos, de nuestros prejuicios o de esa “cultura” (valga el oxí­moron) del barullo, del guirigay y de la confusión en que nos movemos… o dicho otra vez con las palabras inquietantes de Rayuela: “¡Cuántas palabras, cuántas nomenclaturas para un mismo desconcierto!”

Por ello, quizás ahora más que nunca, nos hace falta estar bien centrados, saber dónde está el centro de nuestra vida y lo que le da sentido, lo que la sustenta y lo que nos mueve que no es sino Cristo mismo, al que llamamos Señor (Kurios) de la historia, de la vida y de la muerte, al que consideramos principio y final, alfa y omega, piedra angular sobre la que se basa nuestro existir. Es una profesión de fe básica si se quiere, fundamental, esencial para un cristiano, pero a veces conviene recordarlo y no olvidar que no estamos solos. Quizás proclamar y testimoniar ese señorío de Cristo, su centralidad (la que no encontraba el Horacio Oliveira de Cortázar), su presencia activa y amorosa en nuestras vidas que da sentido, consuelo y esperanza… sea el gran reto y la gran misión de la Vida Religiosa de nuestros días.

Esto puede parecer muy básico o relativamente fácil, pero supone una purificación de otros centros, comenzando por el peor de todos, el propio “yo”, que nos lleva a ser (valga la redundancia) egocéntricos, egoí­stas, ególatras… Desde ahí­, nos toca detectar y purificar tantos centros-idolillos que nos roban la libertad, la esperanza y la serenidad. Ni las ideologí­as polí­ticas (que pueden ser loables), ni las modas, ni las patrias eternas que duran décadas o siglos (pero que no son eternas), ni el derecho canónico, ni la teología, ni las mitras, ni las liturgias, ni la madre fundadora, ni las observancias sino sólo Cristo. Y desde ahí­, nos reencontramos con todas esas realidades purificadas, fecundas, convertidas en signos de algo superior. Los tres votos que profesamos un dí­a, aún con nuestras incoherencias e infidelidades, son un medio estupendo para apartar la maraña de verborrea que nos ofusca y para poder mirar al horizonte intuyendo ese sentido último.

Los que ya lucimos canas, recordamos aquella canción del maestro Franco Battiato que -a finales de los 70- confesaba en los albores de la posmodernidad (al menos la literaria y comercial) que buscaba “un centro de gravità  permanente”. Los religiosos lo hemos encontrado, y ello nos hace menos rí­gidos, menos dogmáticos y más cercanos a todos los que -de un modo u otro- lo siguen buscando. Y es que, como ha repetido en varias ocasiones el Papa Francisco, “solamente si se está centrado en Dios, se puede ir a las periferias del mundo”.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

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Segunda ingenuidad (julio-agosto 2017)

A lo largo de los diez años que llevo como Prior General de la Orden del Carmen, una de las cosas que más me han impactado, me han preocupado y me han quitado horas de sueño es el desengaño, la decepción y el desánimo en el que han caído algunos religiosos. En tantas conversaciones con religiosos y religiosas (carmelitas y de otras órdenes y congregaciones), junto a mucho entusiasmo, creatividad, servicio generoso y gozoso… he encontrado también personas desanimadas y (lo que más me entristece) personas decepcionadas. No me estoy refiriendo al religioso narcisista para el que todos los reconocimientos, parabienes y felicitaciones del mundo serán siempre insuficientes. Me refiero más bien a religiosos que se entregaron con gran ilusión a una tarea, que se consagraron al Señor con mucha generosidad y que han intentado vivir con honestidad y coherencia su Vida Religiosa. Pero por diversos motivos -y aquí los casos son tantos como las personas- se sienten decepcionados y desengañados.

Hablo de ellos con un respeto enorme y con mucho cariño. Las causas de su desánimo son muy variadas, a veces quizás injustificadas o sobredimensionadas, pero muchas veces justas y lógicas. En no pocos casos se trata de un estado temporal, y pasada la crisis, se animan de nuevo y se entregan a la evangelización con fuerzas renovadas. En otros casos, sin embargo, el desánimo vence la batalla y la persona no encuentra fuerzas para seguir adelante. Todo ello es humano y forma parte del misterio de la persona, de la vocación, de ese magma complejo, difícil y fascinante que somos los seres humanos.

Como superior, como hermano y, a veces, incluso como amigo intento animar del modo que Dios me da a entender. No es tarea fácil, sobre todo si el desánimo bordea los límites de la depresión. Últimamente echo mano de una idea que me gusta mucho: suelo apelar a algo parecido a lo que Paul Ricoeur llamó “segunda ingenuidad” (naïveté seconde). Es verdad que el sabio francés la utilizaba sobre todo en el campo de la epistemología, la hermenéutica y todo eso, pero yo hago un uso un tanto (bastante) libre y -más allá de la cita en plan “cultureta” o incluso algo pedante- creo que la idea me ayuda a expresar lo que quiero trasmitir a estos hermanos en dificultad.

En la Vida Religiosa, como en todos los proyectos humanos, tras el fervor inicial, tras el entusiasmo juvenil y la fuerza del primer amor, viene siempre un cierto desánimo provocado por la desilusión y la decepción. Alguien me dijo una vez: “Fernando, no se es hombre hasta que no se le ha visto el cartón a la vida”, es decir, hasta que no hemos descubierto lo negativo, la cara fea o incluso (y perdonadme la crudeza) el engaño. Si no se pasa por ello, nos quedamos en una actitud infantil, ingenua o simplona. Pero cuando pasamos por ahí, la cosa se complica aún más. Hay quien opta por actuar, como si no pasase nada, y se convierte en un pícaro, en un farsante. Hay quien -con muy buena intención y algo de heroísmo- niega la realidad y se enfrenta a la evidencia con todas sus fuerzas hasta que cae exhausto. Y hay quien cae en ese desánimo hondo del que estoy hablando. En esa fase se tiende a pensar que nada vale la pena, que nuestra vida ha sido un fracaso y que -de forma grotesca- nos hemos entregado a una mentira. Es lo que le pasó al pobre Elías cuando, cansado y triste, se sentó a los pies de la retama y dijo aquella frase terrible: “¡Basta Señor… Quítame la vida, porque yo no valgo más que mis padres!” (I Re 19,4).

Pues ahí es donde entro yo y les suelto lo de la “segunda ingenuidad”. No podemos quedarnos en ese desánimo. Volver a lo infantil (a la primera ingenuidad) es ya imposible, pero -con mucha humildad, con mucha fe, con mucha madurez- nos embarcamos en una segunda ingenuidad que sabe de qué va esto y de qué pasta estamos hechos los seres humanos, pero que es capaz de reilusionarse y de renovar el entusiasmo, la generosidad y la entrega gozosa. No nos resignamos, no nos quedamos en la amargura decepcionada ni en una melancolía paralizante (como sugerían los “maestros de la sospecha” como llamaba el mismo Ricoeur a algunos pensadores pesimistas y teóricos del desengaño).

Jesús no nos invitó a quedarnos en la niñez, sino en “hacernos como niños” (Mt 18,3). No faltará quien nos considere ingenuos o ilusos, buenistas (un insulto gordísimo del que ya hablé otra vez en esta página) o cándidos… pero sólo así se puede vivir la vida (¡y más si cabe algo tan grande y tan hermoso como la Vida Religiosa!) con plenitud y alegría.

No se trata de -como dicen los italianos- “chiudere un’occhio” (cerrar un ojo para no ver lo que pasa), sino de mirarlo con ojos nuevos, con compasión, con sabiduría espiritual, con hondura y con fe, con mucha fe… En el fondo está en juego la antropología teológica, esto es, la concepción del ser humano que se desprende de nuestra fe (libertad, pecado, gracia, redención y todo eso…). Sólo así, la vida podrá seguir sorprendiéndonos de vez en cuando; sólo así podremos salir del discurso amargado y cicatero del que “se las sabe todas”, o del discurso pánfilo del que no quiere saber. Sólo así podremos seguir soñando. Y, para eso, hace falta mucho coraje y mucha talla humana.

Ya se lo decía el Papa Francisco a los jóvenes que le escuchaban en su viaje a Cuba, improvisando aquellas palabras que constituyen un verdadero desafío para todo creyente: “Cada uno a veces sueña cosas que nunca van a suceder, pero sueñen, deseenlas, busquen horizontes y ábranse, ábranse a cosas grandes… No se olviden ¡sueñen!”.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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Gloria bendita (mayo 2017)

 

Celebramos este año el centenario del nacimiento de Gloria Fuertes, esa gran mujer y gran poeta (al parecer no le gustaba que la llamaran poetisa) que derrochó en su obra humanidad, ternura, humor y una fe bien honda y bien madura, tan lejana de mojigaterías como arraigada en su vida. Parece que la cultura española (esta vez sí) ha reaccionado con motivo de este centenario ante ese olvido tan injusto en el que se tenía a Gloria o -peor aún- ante esa imagen tan empobrecedora que la limitaba a un personaje de televisión infantil o a las imitaciones de ciertos humoristas. Es ya casi un tópico decir que todo esto sucede mientras en los Estados Unidos hacen tesis doctorales sobre ella. La cantante barcelonesa Silvia Comes ha mostrado en un hermoso disco algo de la grandeza humana y hasta un cierto existencialismo escondido bajo la bonhomía de Gloria Fuertes. Y el Centro Cultural de la Villa en Madrid le ha dedicado una exposición en la que se intenta reflejar algunas dimensiones fundamentales de su literatura. Valgan estas dos notas para levantar acta de un reconocimiento tan merecido como quizás tardío.

Y es que, además de una gran escritora (tres libros en Cátedra no es moco de pavo) y de una poeta original, popular y entrañable que supo combinar el humor con una melancolía producida por varios desengaños, Gloria Fuertes fue una creyente de una pieza, es decir, con dudas, con búsquedas, con lágrimas, llena de compasión y capaz de indignarse con versos encendidos. Me enorgullezco de haber usado sus poemas en mis clases de sacramentos para ilustrar la teología del encuentro (“y tropiezo con Dios/ me arma de paz y de ciencia y me quita la gana de matarme”), la dimensión sanante de los sacramentos (“que quien me cate se cure”) o el misterio de la presencia real de Cristo en la eucaristía (“la presencia… huele a esencia esencial, no os la puedo describir, es muy alta”), entre otros muchos temas. Son -como decía Elvira Lindo en un delicioso artículo sobre ella publicado recientemente- “versos tiernos y calientes como un pan recién hecho“…

Pero estamos en el mes de mayo y también Gloria tenía sus devociones marianas, algunas de ellas algo originales. Ella misma recuerda en uno de sus célebres autobíos la “juerga litúrgica” de la que disfrutaba en los Salesianos del Paseo de Ronda en el mes de mayo; ante la Virgen de la leche del museo del Prado suplica gracia y bondad para este mundo agrio (“Riéganos a los secos pescadores con tu chorro de gracia”); se rebela ante las imágenes kitsch de una Virgen de plástico (“un cruce entre Virgen de Fátima y Lourdes”) que quitan las ganas de pedir un milagro; y convierte a María en la portera del portal de Belén, subrayando así la humildad de la familia de Jesús. A veces, las referencias marianas de nuestra poeta madrileña, alcanzan cotas de gran dramatismo, como cuando en un Villancico al revés (a un Cristo recién muerto), le dice a la Virgen: “Qué bien se ve ahora/ a la luz de tu vientre/ Madre Santa”, uniendo así con hondura y un cierto tono surrealista el misterio del nacimiento de Jesús y el de su muerte.

Pero quizás la referencia mariana más hermosa sea el poema dedicado a Nuestra Señora de la Mayor Soledad, poema que, además, es significativo porque al tema de la soledad dedicó Gloria Fuertes su primer poema (Isla ignorada), cuando era casi una adolescente y sería una constante de su obra.

Nuestra poeta se conmueve ante la soledad de la Virgen: “con tu hijo muerto ahí de estandarte”. Además, le promete (“viudísima viuda de tu San José”) visitarla, acompañarla y compartir soledades. En este mes de mayo, también nosotros nos acercamos a María con una devoción entrañable que nos hace (nos debe hacer) más humanos y más cercanos, sobre todo a los solitarios y desengañados de este mundo, quizás para anunciar que no estamos solos y para intentar ser presencia, compañía y bálsamo… En este mes de mayo, los poemas de Gloria, saben a gloria bendita…

Solísima Sola,
Vos, no os apuréis.
Yo también soy sola
y acompañaré
vuestra Soledad.
Vivimos muy cerca.
Yo os visitaré,
porque vuestro Hijo
me caía bien.

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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De homilías y mediaciones (abril 2017)

A raíz de los interesantes capítulos que el Papa Francisco dedicaba en la Evangelii Gaudium a la preparación de la homilía, a su contexto litúrgico, a su importancia como medio de evangelización y a las actitudes del predicador (EG, 135-159), participé en un grupo de reflexión aquí en Roma en el que se suscitó un vivo debate sobre las homilías. Las opiniones eran muy críticas. No es algo nuevo. Por ejemplo, en la revista española Vida Nueva, José Luis Corzo incluía hace poco en un estupendo artículo algunas opiniones de grandes creyentes de nuestro tiempo (Congar, Mauriac o el Cardenal Špidlík) en las que se ponía de manifiesto el malestar profundo que existe sobre este tema. Quizás la valoración más sorprendente era la del Cardenal Ratzinger quien afirmaba con cierta chispa humorística que “es un milagro que la Iglesia sobreviva a los millones de pésimas homilías de cada domingo”…

Volviendo al grupo de reflexión, me llamó la atención que una señora dijese que en tantas misas “oídas” durante décadas rarísimamente había escuchado algo interesante en la homilía. Sin embargo, otra mujer (y de muy buena formación teológica y humanística) señalaba que -aún reconociendo la escasa calidad y cercanía de muchas predicaciones- no recordaba alguna homilía en la que no hubiese encontrado algo interesante o sugerente, inspirador o provocativo…

No quiero quitar un ápice de crítica a las homilías mal preparadas, largas, moralizantes, lejanas de la realidad, repetitivas o todo a la vez. No es ese el tema del que quiero hablar. Pero sí quiero compartir que me sorprendió gratamente que aquella mujer -que culturalmente nos daba veinte vueltas a la mitad de los sacerdotes que estábamos allí- hiciese verdad lo que decía Santo Tomás: “Quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur, es decir, “lo que se recibe, se recibe al modo del recipiente” (Summa Theologiae, 1a, q. 75, a. 5). De otro modo -pero con la misma moraleja- ya lo decía el clásico (en este caso Plinio “el joven” que se lo oyó a Plinio “el viejo”): “Ningún libro es tan malo, que no contenga algo provechoso” (“Nullum esse librum tam malum, ut non in aliqua parte prodesset”). De hecho, el Lazarillo de Tormes, el Quijote y Borges (todos pesos pesados) se harían eco de esta frase y de la sabiduría consiguiente. En cierto modo, lo apuntaba también Juan de la Cruz en su célebre frase de la Subida al Monte Carmelo: “porque Dios es como la fuente, de la cual cada uno coge como lleva el vaso” (2 S, 21, 2).

Vuelvo a repetir que todo esto no justifica en absoluto las malas homilías ni es una excusa barata para que el predicador no mejore en su ministerio y lo tome más en serio. Y si es verdad que nos hacen falta predicadores que vivan con pasión y dedicación su ministerio, no es menos verdad que los “oyentes” (valga el término) tienen también que abrir sus corazones y -aunque a veces sea difícil- recibir alguna inspiración o algo que nos ayude a revisar nuestras vidas y a gozar de la buena noticia.

Pues andaba yo en esas cavilaciones y dudando si me convenía meterme en estos berenjenales cuando releyendo a Santa Teresa (en cuya obra siempre se descubre algo nuevo), me encuentro con esta perla: “Casi nunca me parecía tan mal sermón, que no le oyese de buena gana, aunque al dicho de los que le oían no predicase bien. Si era bueno, érame muy particular recreación…” (Vida 8,12). Es bien sabido que los sermones fueron una fuente grande de inspiración para ella y probablemente muchos de ellos fueran flojos o rematadamente malos. Teresa -que era humanamente muy aguda y espiritualmente muy inquieta- quizás intuía lo de la pobreza de las mediaciones y todo eso.

Pascal diría más adelante -y es verdad- eso de que “sólo Dios habla bien de Dios…” pero -como a la mayoría de los mortales Dios no nos llama por teléfono ni se nos aparece por la calle- pues tenemos que aceptar las pobres mediaciones, empezando por uno mismo. Y esto (me justifico por última vez) no es un aval para un pacto eterno con la chapuza, sino quizás el test y la prueba de una fe madura, arraigada, honda y, por ello, comprensiva.

Fernando Millán Romeral O.Carm.

 

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La cultura del “quejío” (marzo 2017)

Estando una vez en un pueblo de Andalucía muy querido para los carmelitas, me sucedió una cosa que he referido en muchas ocasiones. Estábamos tomando un café en un bar del pueblo cuando entró una señora que vendía por las calles los populares “cupones”. Al reconocer la voz del carmelita que me acompañaba, le saludó efusivamente y comenzaron a hablar de diversas cosas muy animadamente. En un determinado momento, mi amigo le dijo: “¡Hay que ver esta señora que siempre está alegre!”, a lo que ella respondió: “A ver… ¿de que yo esté ciega qué culpa tiene el personal? ¡No vamos a estar todo el día con el quejío!

Aquel diálogo (del que he suprimido algunos elementos pintorescos para que no parezca extraído de un sainete de los Álvarez Quintero) me pareció, en su sencillez, una lección de vida extraordinaria y en más de una ocasión he recordado la espontaneidad, la positividad y el coraje de aquella mujer de la que no conozco ni su nombre. Además, eso de la “cultura del quejío”, más allá del flamenquismo, tiene su miga y creo que encierra un mensaje para la Vida Religiosa en nuestros días. Porque hay que reconocer que con demasiada frecuencia fomentamos (con motivos o sin ellos) el “quejío” continuo, la melancolía derrotista y mundana, el desánimo o -como dicen los italianos- la “lamentela”. Instalarse ahí es peligroso. Se empieza ver todo negativo, entra con facilidad el juicio y la falta de esperanza, la amargura y la agresividad… y nuestra vida deja de ser testimonio de un sentido superior.

Los que ya pintamos canas sabemos que no podemos vivir en la alegría y en la felicidad continuas. Eso sólo existe en facebook, en los anuncios de dentífricos o en las revistas del corazón. En la vida real no faltan motivos para el desánimo e incluso para la tristeza. Hay períodos difíciles que ponen a prueba nuestra confianza. Eso es humano y es lógico. Además -qué duda cabe- hay que ser realistas y no evadirnos en providencialismos ni en piedades infantiles. Hay que afrontar los problemas y reconocer las carencias. Pero el creyente -y más, si cabe, el religioso que ha consagrado su vida a la Buena Nueva- no puede quedarse ahí.

También creo (y lo digo con “temor y temblor” porque estas cosas humanas son muy delicadas) que los religiosos deberíamos tener la sabiduría y la humildad -valga el pleonasmo- de revisar nuestros tonos, de cuidar los mensajes subliminales y de evitar pesimismos contagiosos y desmoralizadores. Y ello no sólo por estrategia digamos comercial… sino por una motivación teologal. El Papa Francisco insiste mucho en esa llamada a la alegría evangélica (Evengelii Gaudium, así en latín que suena más solemne), que tiene otra motivación profunda, última, generadora de sentido, de horizontes y de esperanzas: “la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo” (EG 6). Ese debe ser el motor último de nuestras vidas, “el sentido de misterio”… (EG 279).

Más de una vez me lo aplico a mí mismo (que falta me hace) y recuerdo con admiración la conversación en aquel bar de pueblo. Dios habla por los sencillos. Me remito otra vez al Papa Francisco cuando -con un tono muy personal- afirma: “Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse” (EG 7).

Que los problemas y las limitaciones, los disgustos y los conflictos (por muchos que sean), no nos cieguen ni nos oculten los regalos maravillosos que Dios nos hace cada día. Que aunque nos esté permitido quejarnos un poco y que nos pasen la mano por el lomo… ¡no hagamos de nuestra vida un “quejío” continuo y lastimero!

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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“Poniéndola en otro poder…” (febrero 2017)

La Vida Consagrada se encuentra en un momento importante, complejo y en cierto modo, controvertido. Por una parte, ha empezado el proceso para elaborar un nuevo documento que regule y oriente las relaciones entre religiosos y obispos, o mejor dicho, entre los religiosos y las iglesias locales. Se trataría de un nuevo Mutuae Relationes adaptado a las nuevas circunstancias eclesiales, canónicas y teológicas de nuestro tiempo. Por otra parte, Francisco firmaba el pasado 29 de junio de 2016 la Constitución Apostólica Vultum Dei quaerere, sobre y para las religiosas contemplativas (esas “centinelas de la aurora” como las denomina el Papa). En la misma se anuncia un nuevo documento sobre el tema que elaborará próximamente la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada (CIVCSVA) para la aplicación de algunos temas concretos. Además, en no pocos países de Europa se están llevando a cabo procesos (no siempre fáciles) de unión de provincias y de restructuración de las existentes lo que suscita reacciones muy variadas y a veces provoca dificultades y desafíos de diverso tipo. Son sólo tres ejemplos de lo complicado del período en el que vivimos. Debemos vivir este tiempo con espíritu de discernimiento serio y responsable, pero ello no quiere decir que no podamos vivirlo con gozo, con serenidad, con esperanza y con buen ánimo.

El caso es que, en medio de estos procesos complejos, en no pocas ocasiones se apela (y con pasión) al principio de “autonomía”. Ciertamente, este principio (autonomía de las provincias, de los monasterios, etc) nace en determinados momentos de la historia de la Vida Consagrada con un criterio sabio y para evitar intromisiones. Se buscaba preservar estilos de vida y protegerlos, para evitar que se perdiesen o que fuesen manipulados y desvirtuados. Por tanto, era (y es) un medio válido al servicio de los carismas, o de los estados de vida en el seno de la Iglesia.

Sin embargo, cuando ese principio se convierte en algo absoluto, cuando se defiende con uñas y dientes, cuando se le atribuye más categoría teológica y canónica de la que tiene… pues creo humildemente que algo está fallando. Nadie ha entrado en la Vida Religiosa para ser autónomo, sino todo lo contrario, para dejar que otros (las diversas mediaciones), con diálogo, discernimiento, sentido común, valentía y obediencia… sean los que nos gobiernen. El religioso pone su vida en otras manos para cumplir una voluntad superior, la de Dios. Si hay un principio sagrado en la vocación religiosa es, más bien, el de ser “heterónomos”…

Hace dos años, aprovechando el V Centenario del nacimiento de Santa Teresa, releí algunas de sus obras (no todas, ni con el detenimiento que hubiera querido) y me asomé a su sabiduría espiritual y humana. Me deleité recordando algunos pasajes y me sorprendí descubriendo otros por los que seguramente pasé de forma distraída hace años. Y hete aquí que en el Camino de perfección, la Santa nos regala esta perla: “Y pues las monjas hacemos lo más, que es dar la libertad por amor de Dios poniéndola en otro poder (…).Torno a decir que está el todo o gran parte en perder cuidado de nosotros mismos y nuestro regalo; que quien de verdad comienza a servir al Señor, lo menos que le puede ofrecer es la vida; pues le ha dado su voluntad, ¿Qué teme?” (Camino 12,1-2). Casi nada…

Y Thomas Merton, otro maestro espiritual de primera fila, se quejaba tanto de una obediencia ciega que llevase al “sacrificio de lo interior”, es decir, de los principios más sagrados, provocando así una especie de inercia, de pasividad infantil y bobalicona…  como de una autonomía que acaba convirtiéndose en un fetiche. El monje trapense se despacha con este análisis y escribe con un bisturí finísimo: “Por otra parte, no debemos convertir la autonomía en un fetiche y ser ‘fieles’ únicamente a nuestra propia voluntad, puesto que esta es otra manera de ser infiel…

Permitidme también un breve apunte carmelitano para terminar. Ese gran teólogo que fue el P. Bartolomé Xiberta intervino en la controversia acerca de la autoconciencia de Jesús, un tema complejísimo que toca el misterio mismo de la encarnación. Pues bien, entre argumentos de todo tipo (bíblicos, dogmáticos, teológicos), nuestro teólogo reacciona contra los que hablaban de “autonomía psicológica” de Jesús y nos deja esta perla: “apenas podría haber término peor escogido para la integridad humana”. El religioso abierto, generoso, receptivo, flexible, capaz de reinventarse buscando la voluntad de Dios y siguiendo los pasos del Maestro… no estará tan preocupado por defender esa autonomía que, aun siendo legítima en no pocos casos, no debería ser la motivación principal de nuestro actuar y de nuestro ser.

Se que todo esto habría que matizarlo mucho y que es un tema peliagudo y vidrioso. Por donde metas la mano… te cortas. Pero creo que apelar demasiado a la autonomía o convertirla en un tótem, es peligroso e incluso va contra la esencia misma de la Vida Consagrada que nos libera para hacer siempre Su voluntad.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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Kilómetros basura… (enero 2017)

            Como cada año me dispongo a terminar el 2016 participando en la carrera de San Silvestre en Madrid. No es sólo algo sano y demás, sino casi una tradición personal, una forma de agradecer el año que termina, corriendo, recordando a los que no están y -quizás bajo los efectos de la adrenalina y de los aplausos de la gente- sentir ese regalo continuo que llamamos vida, con todo el batiburrillo que conlleva… La carrera, valga el tópico, es una metáfora de la vida.

            En el mundo de las carreras (del running como se dice ahora) ha habido siempre debates muy interesantes entre entrenadores, fisioterapeutas, doctores, etc. Uno de ellos, por ejemplo, versaba cobre la necesidad de estirar antes de correr. Algunos corredores africanos no veían tan clara esa necesidad que, sin embargo, viene recomendada por casi todos los médicos deportivos. Otro debate famoso trataba sobre los llamados “kilómetros basura”, es decir, esos kilómetros de entrenamiento en los que simplemente corres (trotas), sin forzar, despacio, a veces incluso sin un buen ritmo. Para algunos maratonianos eran kilómetros innecesarios e inútiles (o incluso perjudiciales) mientras que, para otros, estos kilómetros son los que dan la base para tener un buen fondo, madurar como corredor y poder aspirar a mayores distancias o mejores tiempos.

            A mí esos kilómetros basura me recuerdan mucho a nuestra vida religiosa: esos años en los que aparentemente no pasa nada, años de servicio poco vistoso, fiel, constante, años en los que la persona se entrega con generosidad a la rutina del servicio diario, muchas veces callado y anónimo. Los que -por un motivo u otro- estamos en el “candelero” (valga el modismo), no deberíamos perder de vista el servicio de estas personas, hermanos y hermanas que quizás no escriben libros, ni ocupan puestos de responsabilidad, ni desarrollan ministerios o apostolados llamativos, sino muy normales, muy “estándar”…

            Hay quien dice (jugando con los colores litúrgicos) que la vida cristiana “se juega en el verde” y tiene mucha razón. En los días de fiesta, en los fastos y celebraciones, en los centenarios y en los homenajes (todo ello muy bueno y muy necesario), todos somos extraordinarios, pero yo cada vez valoro y agradezco más la lealtad y la fidelidad del servicio cotidiano y escondido que se lleva a cabo en el “tiempo ordinario”. Quien no vale para el tiempo ordinario, no vale para la vida religiosa. Quien no es capaz de hacer muchos “kilómetros basura”, no vale para el fondo.

            Ahora que empezamos un nuevo año, vaya por delante mi gratitud a todos esos hermanos y hermanas que siguen trotando, haciendo “kilómetros basura” sin preguntarse si valen la pena o no y haciendo posible que tantas cosas funcionen.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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¡Dios es del Inter! (diciembre 2016)

            Que nade piense que el título de este post es una respuesta al del mes pasado. Se trata de una verdadera casualidad. Estaba yo escribiendo durante la pasada asamblea de la USG aquel articulillo sobre el equipo de Dios (el equipo de la vida) cuando un superior general, buen amigo, me dijo casi de sopetón que él es entusiasta del “inter” (“Io sono dell’Inter!”). Como yo andaba enfrascado con mi texto, pues me sorprendió tremendamente, como si estuviera respondiendo a la pregunta que daba título al articulillo. Pero luego me explicó que, ante las crisis que sufrimos en la vida religiosa actual, él se declaraba partidario de todo lo que sea “inter”: interprovincial, intercongregacional, intergeneracional, intercultural o internacional…

            Charlamos largo y tendido sobre ello y estábamos de acuerdo en que esto no es (no debe ser) una estrategia para solucionar algunos problemas coyunturales, sino más bien una filosofía de vida y, más si cabe, de vida religiosa. Cuando el mundo tiende a encerrarse, a crear fronteras, barreras, divisiones y muros. Cuando se tiende a acentuar las diferencias y a marginar al que es diverso, fortificando (a veces, apuntalando) identidades. Cuando nos encerramos en nuestro mundo, en nuestro recinto, en nuestros periódicos y canales de televisión y en nuestros prejuicios… pues quizás ahí, en ese contexto, es donde nosotros, religiosos, estemos llamados más que nadie a testimoniar lo “inter”, a construir puentes, a entrelazar, a tejer relaciones, a crear ámbitos de encuentro, de colaboración y de enriquecimiento mutuo e incluso (en el sentido del “hacer lío” del Papa) a enredar.

            Me duele ese derrotismo que nos lleva a pensar que no es posible unir comunidades o provincias, que considera insalvables las diferencias (culturales, raciales, lingüísticas) en vez de verlas como una gran riqueza y una ocasión de crecimiento, que no cree, en definitiva, en la posibilidad del encuentro franco, sincero y -por qué no decirlo- evangélico.

            Ahora que estamos en Navidad, me llama la atención cómo esta idea no es ajena ni a la Palabra de Dios (que proclama solemnemente que “el Verbo habitó entre nosotros”) ni a las oraciones que subrayan “el maravilloso intercambio de nuestra salvación”, ni a la invocación penitencial que implora “Señor, tú estás aquí entre nosotros… pronuncia para nosotros tu Palabra que nos libere”. Con agudeza y emoción lo supo ver Chesterton cuando afirmaba: “Es un hecho patente acerca del cruce de dos luces particulares, la conjunción de dos estrellas en nuestro horóscopo particular: la omnipotencia y la indefensión, la divinidad y la infancia, forman definitivamente una especie de epigrama que un millón de repeticiones no podrán convertir en un tópico. No es descabellado llamarlo único. Belén es, definitivamente, un lugar donde los extremos se tocan…”

         ¡Dios es también del “inter”! Se sitúa “entre” y -aun a riesgo de llevarse las tortas por los dos lados- media, une, restaña y restaura (y cada palabra merecería un tratado de teología). Y también nosotros tenemos que imitar al Maestro en esto. De forma genial lo dijo el Papa Francisco en una de sus homilías en Santa Marta:

            Instaurar el amor es un trabajo de artesanos, de pacientes, de personas que gastan todo lo que tienen en persuadir, en escuchar, en acercar, y esta labor artesanal tiene pacíficos y mágicos creadores del amor. Es la tarea del mediador… El amor nos coloca en el papel de mediador…, el mediador siempre pierde porque la lógica de la caridad es llegar a perder todo para que gane la unidad, para que gane el amor… Para un cristiano progresar es servir en esta tarea de mediación.

       ¡Feliz Navidad a todos!

Fernando Millán Romeral O.Carm.

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