Komorebi (contemplativos pascuales) [abril 2018]

             Estamos disfrutando del tiempo pascual en el que todo en la vida de los creyentes (la liturgia, los símbolos, las lecturas de la Palabra de Dios, las flores, el blanco litúrgico, e incluso, en algunas zonas del mundo, el tiempo meteorológico) nos habla de la victoria de la vida. Es, sin duda, un tiempo precioso en el que resuena el Aleluya de la noche de Pascua y se prolonga en la liturgia, en la vida y en los corazones.

Una lectura que siempre me ha impactado mucho es el texto del capítulo 21 del Evangelio de Juan. Se trata de la aparición a los discípulos en el lago de Galilea. Juan parece utilizar una técnica que casi podríamos llamar cinematográfica. Como si fuera una especie de flash back, tras los terribles capítulos anteriores (gritos, sangre, cruz, polvo, violencia, tortura, muerte…), los apóstoles se encuentran de nuevo en Galilea, en un paisaje casi idílico, dedicados otra vez a la pesca como si nada hubiera pasado. El texto está lleno de simbolismos, de significados insinuados y de sugerencias, pero baste recordar que todo sucede “entre dos luces”, al alba, en esa hora tan hermosa en la que (¡como en la vida misma!) vemos todavía con dificultad.

La pesca no había ido bien, y un extraño personaje desde la orilla les sugiere que lancen las redes al otro lado y tienen un gran éxito. En ese momento, el discípulo amado dice a Pedro “¡Es el Señor!”. Ambos se lanzan al agua y, al llegar a la orilla, el extraño personaje tiene preparado una especie de desayuno con pan y pescado asado y se desarrolla una conversación, todo ello lleno de simbolismos…

Siempre he pensado que el grito del discípulo muestra lo que significa ser contemplativo. Es una palabra que fácilmente puede ser pervertida. Algunos piensan que el contemplativo es el que está todo el día con el cuello torcido mirando al cielo, o el que se mueve en un continuo éxtasis místico-psicodélico, o el que tiene apariciones… Sin embargo, el verdadero contemplativo quizás sea el que mira más bien alrededor, a la realidad misma, a la vida en su contradicción, con sus oscuridades y sus claridades (¡entre dos luces!), con sus grandezas y sus miserias… y descubre en ella los signos pequeños, frágiles, vulnerables y a veces aparentemente contradictorios de la presencia de Dios en nuestras vidas.

Quizás sea éste uno de los retos más importantes de la Vida Religiosa en este mundo nuestro, tan lleno de mensajes, de bombardeo de noticias, de inmediatez y de algarabía. Los religiosos del siglo XXI, del mundo digital, de la posmodernidad o de la archi-posmodernidad (o de donde andemos ahora), del “pensamiento líquido” y de los “no-lugares” (por citar dos definiciones de nuestra cultura de pensadores en boga), de este mundo complejo y fascinante en el que nos ha tocado vivir y al que tenemos que amar (porque no tenemos otro y aquí no valen las huidas a un pasado glorioso ni a un futuro Matrix), podemos ser esos humildes “señaladores” que, entre tanta maraña, susurran con emoción (y también con dudas, con incoherencias y titubeos)… “¡Es el Señor!

El otro día leía en una revista que el idioma japonés tiene una especial habilidad para crear palabras que describan cosas o sensaciones muy sutiles. Generalmente, son palabras intraducibles a otras lenguas y para definirlas se requiere toda una frase. Entre ellas, se destacaba la palabra Komorebi, que al parecer significa algo así como “la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles”. Esta hermosísima palabra tal vez sirva para expresar esa misión de la Vida Religiosa hoy. Captar con emoción la luz que se abre paso entre las hojas de los árboles, contemplarla con gratitud, señalarla con humildad y anunciarla con amor. Y, más aún, algunos se sienten incluso llamados a transparentarla…

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La Laudato si` empieza aquí [marzo 2018]

Estamos terminando la cuaresma y nos disponemos a celebrar la semana que viene el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo: el misterio central de nuestra fe. Al principio de esta cuaresma el Papa Francisco nos recordaba que éste no es un tiempo triste, pero que sí debemos tomarlo con seriedad: es tiempo de revisión, de preparación, de cambio y -por qué no decirlo- de conversión.

Hace unas semanas, visitando una de nuestras casas de estudiantes, vi que, en cada papelera, en la lista de los que iban a comer o se ausentaban, en los grifos de la cocina, etc… había un extraño cartelito con una flecha que rezaba: “Laudato si’ starts here”. Comentándolo con el formador, éste me dijo que el motivo de estos cartelitos era que durante varias reuniones habían hablado de cómo vivir este año la cuaresma con autenticidad y con un compromiso serio. Los estudiantes no querían cosas piadosas ni penitencias absurdas y estériles, sino algo más actual y significativo, más profético.

Se decidió vivir el espíritu de la Laudato si’, ese talante ecológico (en el mejor sentido de la palabra) que el Papa nos pide a todos. Pero, pronto se dieron cuenta de que es muy fácil perderse en “actitudes”, “poses”, “talantes” y “elucubraciones”, olvidando que todo ello se vive en lo más concreto y en lo más cotidiano. Tomar conciencia de ello forma parte también de la conversión cuaresmal.

Dicho de otro modo, si nos olvidamos de separar los residuos, de apagar la luz, de no desperdiciar el papel o el agua, o de marcar con una crucecita que estaremos ausentes de la cena para que no se desperdicie la comida, por muchos discursos eco-sociales, eco-espirituales y eco-todo lo que queramos, estas actitudes serán músicas celestiales y rollos macabeos. Así de simple. Y la cosa de los cartelitos estaba teniendo éxito…

Esto me trajo a la memoria los años en los que viví con estudiantes carmelitas en formación en Madrid. Recuerdo que algunas veces, al volver a casa y encontrar luces encendidas, solía recitar (perdonadme la pedantería) aquellos versos de Il Trovatore de Verdi: “Empi spegnetela, o ch’io tra poco col sangue vostro la spegnerò…” (“Impíos, apagadla, o si no, pronto la apagaré con vuestra sangre”). Era una forma de quitar hierro al asunto y de corregir sin acritud. Un buen amigo me dijo que eso era ya una actitud de viejos y que también nuestras madres nos decían siempre que apagáramos las luces. Pues quizás sea verdad, pero el caso es que el cuidado de la casa común (¡qué hermoso el subtítulo de la encíclica papal!) empieza en lo pequeño, en los detalles, en el mimo por las cosas, los ambientes, las relaciones y los signos. Muchas veces pasamos por la vida demasiado erguidos con poses de erudición, de compromiso solidario, de espiritualidades altísimas… pero sin fijarnos en lo que tenemos al lado.

Siempre me ha gustado mucho la palabra “mimar”. Es verdad que puede tener un tono edulcorado o empalagosillo, pero, en la cuarta acepción que le da el DRAE, viene a ser sinónimo de “tratar con especial cuidado y delicadeza”. Y quizás también ese deba ser el sentido de nuestra cuaresma: volver a lo pequeño, tomar conciencia de lo que nos rodea, ser conscientes de que a veces (sobre todo con las personas) jugamos con cosas que no tienen repuesto, parafraseando la canción de Joan Manuel Serrat. En ello están implicadas muchas actitudes humanas y espirituales muy hermosas: la generosidad, la gratitud, la apertura al misterio de la encarnación, la verdadera contemplación… En fin, todo esto nos llevaría muy lejos, pero de lo que no cabe duda es de que éste es un buen lema para una cuaresma original, pero con los valores de siempre. La Laudato sí (y muchas otras cosas) empieza justo ahí…

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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A Elías le bajan los humos (febrero 2018)

Como es bien sabido, el profeta Elías es una figura emblemática para los carmelitas que, durante siglos, lo hemos considerado incluso como nuestro fundador y, todavía hoy, lo invocamos en la Liturgia como “nuestro Padre San Elías”. Más aún, en la basílica de San Pedro en el Vaticano existe una estatua de Agostino Cornacchini -bastante llamativa y muy barroca- del profeta Elías con esta inscripción “Universus Ordo Carmelitarum Fundatori suo S. Eliae Prophetae erexit” y si en San Pedro (¡nada menos!) se dice que fue nuestro fundador, pues algo habrá de verdad, aunque les molestara a los bolandistas (antiguos y modernos).

Bueno, bromas aparte, el caso es que, en las últimas décadas, tras el Concilio Vaticano II, se han venido desarrollando y multiplicando los estudios sobre Elías, no solamente desde el punto de vista estrictamente bíblico, sino también en cuanto se refiere a nuestra “inspiración eliana”. Ha surgido así una interesante reflexión acerca de la implicación del Carmelo en la promoción de la justicia y la paz (desde una actitud profética), sobre el diálogo interreligioso (dado que Elías es una figura venerada en las tres grandes religiones monoteístas) o sobre la contemplación (desde la experiencia del profeta en el Horeb). Ni que decir tiene que Elías es una figura fascinante e inspiradora.

A Elías se le suele identificar con el profeta inquebrantable que mantuvo la fe en el Dios único y verdadero frente a la amenaza de la idolatría. Asimismo, es considerado el profeta que defendió a los pobres, que denuncio con valentía la injusticia y que no temió enfrentarse a los poderosos y a los reyes de su tiempo.

Pero, en un momento dado de la vida de nuestro profeta (repito, siempre inspiradora y atrayente), parece como si la realidad le bajara un poco los humos, algo que siempre viene muy bien, incluso a los profetas. Me refiero al hecho de que en el capítulo 19 del I Libro de los Reyes, Elías, quizás llevado por su celo profético y por algo de pesimismo (probablemente muy justificado), considera que no hay profetas de Yahvé en Israel. Se considera el único y en dos ocasiones repite: “Sólo quedo yo”. Su actitud es muy curiosa, ya que lo afirma tras darse cuenta de su debilidad junto a la retama y tras sentir la presencia de Dios en la brisa suave. Ello nos lleva a pensar que no actúa por vanidad, ni por presunción, ni por arrogancia… sino por un motivo aparentemente bueno y santo: porque se sabe débil y porque sabe que Dios está presente y le ayuda y, por ello -con una actitud, sin duda, laudable-, se lanza a combatir la idolatría y sus consecuencias.

Pero, poco más adelante, el autor sagrado nos cuenta que Yahvé dijo a Elías (casi sutilmente, como para no ofenderle) que había otros siete mil fieles de Yahvé y así Elías supo que no era el único como pensaba. En cierto modo, el Dios a quien servía y por quien daba la vida, le bajaba cariñosamente los humos.

Y ahora es donde yo me pregunto si esta lección no puede resultar significativa para nuestra Vida Religiosa de hoy. También nosotros vivimos en un tiempo de crisis. La falta de vocaciones, el envejecimiento de nuestros religiosos, la precariedad de nuestras obras… son ya casi estribillos que se repiten por doquier en el mundo occidental y ahí viene la tentación de pensar que somos los últimos en este páramo o erial que parece ser la Vida Religiosa en algunos países. Somos las únicas que guardamos la clausura, somos los únicos que nos preocupamos de la cultura en la Orden, somos los únicos comprometidos con la justicia y la paz, somos los únicos que mantenemos ciertas obras, somos las únicas que nos tomamos en serio la formación permanente… En principio este pensamiento es noble y generoso y nuestros hermanos y hermanas no se arredran: se lanzan como Elías a un trabajo heroico, al servicio, a la entrega de la vida. Pero, también es verdad que esta forma de pensar puede convertirse en juicio, en vanagloria o en el olvido de que este tinglado sólo lo mantiene y lo salva Dios, no nosotros. No somos llamados a ser héroes, ni a vivir en el ardor guerrero de quien resiste en forma numantina. No somos los salvadores de la patria. Somos pobres hombres y pobres mujeres que han recibido un don (en tiempos ciertamente complejos) y que están llamados a vivir en la humildad, en la gratitud y en el gozo.

Ello no significa (no debe significar) que seamos irresponsables, que no nos duelan y no preocupen determinadas situaciones que analizamos con realismo, que no nos dejemos la piel buscando soluciones y caminos nuevos… pero siempre desde la convicción de que hay otros muchos profetas de Yahvé, de que no estamos solos y de que Dios se vale de muchos modos y formas (¡a veces sorprendentes!) para seguir haciéndose presente en nuestra historia…

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¡Como se lo diga a mi primo! (enero 2018)

            Hace ya muchos años se hizo muy popular en España un anuncio comercial en el que un niño amenazaba con estas palabras a otro niño mayor que le había tratado injustamente mientras jugaban. Al final, aparecía el famoso primo -musculoso y fuerte por tomar el producto que se anunciaba- para poner orden. En esos ratos nostálgicos en que uno bucea por Internet y encuentra viejos programas de televisión, recortes, anuncios, entrevistas… me topé con esta publicidad de principios de los 90 que me ha evocado los años en los que trabajaba en un colegio y cómo los muchachos aprendían y repetían estas frases que se hacían famosas rápidamente: “¡Como se lo diga a mi primo!

            El caso es que el famoso primo me ha recordado una problemática que se viene detectando en la Vida Religiosa en los últimos años y que puede ser sintomática de algo más grave. Se trata de lo siguiente. Ante cualquier situación conflictiva o problemática (en una comunidad religiosa, en una provincia, en una congregación), inmediatamente se recurre a una instancia superior: al superior provincial, a la curia general, o incluso a la congregación vaticana correspondiente. Indudablemente, este recurso a los superiores es posible, válido y muchas veces conveniente (¡para eso estamos!), pero también es cierto que muchos de estos problemas deberían ser tratados, discernidos, meditados, afrontados y -si es posible- resueltos en el mismo ámbito en el que se producen. Y es que los problemas ponen a prueba nuestra capacidad de diálogo y de discernimiento comunitario, nuestra flexibilidad y -en no pocas ocasiones- nuestra obediencia o nuestra fidelidad a un proyecto común.

En mi caso (y ahora hablo como mendicante), la cosa es aún más grave, ya que para nosotros el capítulo es la instancia fundamental de nuestra vida y la cultura capitular (o la “espiritualidad capitular”, que a mí me parece una expresión más honda) acaso sea el test de la autenticidad de nuestra vida.

Quizás todo esto sea consecuencia de la fragilidad en la que viven hoy muchas comunidades o provincias en el mundo occidental. Ya se sabe: falta de personal, envejecimiento de los religiosos, falta de vocaciones, precariedad, exceso de trabajo, apuntalamiento de instituciones, falta de formación permanente, etc… Esa fragilidad llevaría a la necesidad (algo infantil, como el niño del anuncio) de recurrir a alguien más importante, más fuerte, más decisivo. Quizás -otra posibilidad- esto sea fruto del neolegalismo del que he hablado en otras ocasiones en este blog. Si así fuere, se trataría de un ejemplo más de una mentalidad mundana que se nos ha colado en la Vida Religiosa y que nos lleva a afrontar los conflictos de forma meramente jurídica, como si fuéramos meros gestores, empresarios, administradores o algo así.

Recuerdo que el Papa Francisco nos advirtió de este peligro en el encuentro que tuvimos con él los superiores generales en noviembre de 2013 en el marco de la asamblea semestral de la USG. Allí nos pidió que no actuáramos como administradores ante el conflicto con un hermano, sino más bien intentando “involucrar el corazón”. Más aun, el Papa señaló que los conflictos en la Vida Religiosa rara vez se resuelven por mera “negociación”, sino más bien desde una mirada y unos valores distintos (los de la gracia, los del Evangelio, los de la renuncia generosa) que están en la base de nuestra consagración religiosa.

Puede tratarse también (y no deja de ser otra forma -tal vez más sutil- de mundanidad), que la Vida Religiosa se haya contagiado de ese pavor ante el conflicto, de ese miedo y rechazo que hay en nuestra sociedad ante todo lo que nos hace sentirnos mal o ante lo que nos supone preocupación, esfuerzo, entrega… Una de las literaturas más en boga hoy (incluso entre los consagrados) es ese género que se mueve entre una cierta psicología (concedámosle el privilegio de la duda) y una cierta espiritualidad (concedámoselo de nuevo) que nos lleva solamente a aceptarnos, a perdonarnos, a querernos a nosotros mismos y, en definitiva y dicho en Román paladino, a no darnos un mal rato por nada ni por nadie. Por ello, el conflicto nos molesta, rompe nuestra comodidad y nuestras rutinas, nos obliga a discernir y a discernirnos, preferimos evitarlo y orillarlo con suavidad (haciendo como que no lo vemos) o, en cuanto la cosa se complica un poco, preferimos llamar al primo fuerte que nos saque las castañas del fuego.

No quiero ser simplista ni demagogo. Lo repito: hay ocasiones en que no queda otro remedio que acudir a estas instancias, a una autoridad superior, pero quizás deberíamos también fomentar la madurez (humana y espiritual) en la resolución de los conflictos, quizás profundizar en el tema tabú de la corrección fraterna (algo sobre lo que yo doy mucho la tabarra, aunque sé bien que no es nada fácil), y en la capacidad de diálogo.

Ojalá que esta conflictividad (recursos, contra-recursos, titulares, blogs, batallitas teológicas y clericoides, descalificaciones, etc) no sea un síntoma de carencias más hondas y preocupantes.

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Lo que no se sueña… [diciembre 2017]

En Las mocedades de Ulises, esa gran novela de Álvaro Cunqueiro (en la mejor tradición de la novela mágica gallega de Cela o de Torrente Ballester), el joven Ulises, que va aprendiendo lo que es la vida a través de viajes y conversaciones, pregunta al sabio tabernero Poliades: “¿qué es lo que es mentira? Poliades hacía girar el sombrero entre sus manos. – Quizá todo lo que no se sueña, príncipe…” Es una frase con mil lecturas posibles, pero, en cualquier caso, nos remueve algo por dentro, algo inquietante que nos lleva a pensar que sólo lo que se sueña (ilusiones, proyectos, ideales… pasión) es auténtico. Quizás algo de eso pase en nuestra Vida Religiosa de hoy. Tenemos el derecho de soñar, pero, sobre todo, tenemos el deber de soñar.

Estamos ya a sólo unas horas de la Navidad. La liturgia, los preparativos, los actos sociales, los medios de comunicación… todo nos aboca (de formas muy distintas y con diversos planteamientos) a la fiesta que vamos a celebrar. A cada uno nos vienen tantos recuerdos a la mente, lo vivimos de maneras diversas, nos preparamos desde presupuestos vitales muy diferentes y con actitudes personales, religiosas, existenciales muy diversas… A mí este año, como siempre, me “pilla el toro” de las prisas, los trabajos a medio terminar, los actos de “representación” a los que intento dar un sentido para que no queden reducidos a lo protocolario y a lo que se suele hacer. Procuro que la burocracia y lo formal no empañen la magia, el encanto y la poesía de lo que celebramos.

Entre la maraña de cosas intento prepararme interiormente para la fiesta (la de verdad), pero no siempre lo consigo. Este año, durante todo el Adviento me ha venido cuestionando una idea o, quizás mejor, una duda. No sé si nosotros religiosos vivimos este misterio (¡el Misterio!) con verdadera pasión. Quiero quitar a esta cuestión cualquier tinte moralizante. Todos estamos un poco cansados de moralinas del signo que sean. Tampoco quiero ser demasiado ingenuo. Sé bien que (empezando por mí mismo) hay etapas en la vida en las que el entusiasmo se apaga, períodos en los que parece que el sentido se eclipsa y temporadas de “capa caída” y algo de desánimo. Es lógico, es humano e incluso diría que es necesario para darnos cuenta de que no somos héroes insensibles o ascetas estoicos, sino pobres hombres y mujeres que estamos deseando que nos acepten y que nos quieran. También sé que religiosos que aparentemente no hacen nada especial y cuya vida puede parecer anodina, esconden actitudes heroicas y tesoros espirituales que salen a la luz cuando menos te lo esperas. Por ello, hay que hablar de estas cosas cum grano salis

Pero, dando esto por sentado, creo que deberíamos preguntarnos si vivimos lo que anunciamos, lo que es el centro de nuestra vida, lo que nos llena de sentido y de esperanza… con verdadera pasión. Hace unas semanas, Jose Cristo Rey García Paredes (que sí que es un experto en Vida Religiosa, no como yo que soy lo que en Italia se llama “un tuttologo”), reflexionaba en este mismo foro acerca del tedio, como uno de los riesgos y de las amenazas más peligrosas para la Vida Religiosa de hoy: “el tedio es la señal inequívoca de nuestra desorientación en la vida. El tedio enfría y congela nuestra psique, amenaza la vitalidad de nuestro espíritu”.

Ojalá que la Navidad que vamos a celebrar no sea un espejismo, una de esas falsas soluciones que solamente nos entretienen un poco, nos sacan provisionalmente del tedio vital y después nos dejan un vacío y hasta cierto sabor amargo. Ojalá que los religiosos del siglo XXI sepamos vivir con esa pasión contagiosa, capaz de superar tedios, monotonías, rutinas y esclerosis varias. Que esa pasión desdiga a agoreros y aguafiestas. Ojalá que esa pasión nos lleve a superar crisis y desánimos, a ver lo positivo, a afrontar con coraje los problemas, sabiendo que la solución no siempre está en nuestras manos.

La falta de pasión (de poesía, de encanto, de magia, de heroísmo…) quizás explique también algunos problemas de la Vida Religiosa de nuestros días. Hace unos años la película argentina El secreto de tus ojos (una trama policiaca acompañada de una maravillosa historia romántica y de un humor argentino delicioso) ganó el Oscar a la mejor película extranjera. Un viejo policía alcohólico intenta ayudar al protagonista (Ricardo Darín) a descubrir al asesino de un crimen horrible. Para ello analiza las cartas que el sospechoso escribió a su madre, en las que se aludía frecuentemente a jugadores del Racing de Avellaneda. Pese al escepticismo del Benjamín Espósito, el policía principal, acuden varios domingos al estadio y finalmente encuentran allí al asesino. La explicación que le da el viejo policía medio bebido es sabia: “El tipo puede cambiar de todo, de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios… Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. ¡No puede cambiar de pasión!

Que el Dios de la Navidad, el niño que nos va a nacer caldeé nuestros corazones con la pasión por el Reino, por la Buena Nueva, por la vida, por los otros, por los últimos y los necesitados… ¡FELIZ NAVIDAD!

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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Alaska y el busto del emperador (noviembre 2017)

Escribo esta entrada del blog con un cuidado especial y con una buena dosis de respeto y cariño (¿por qué no decirlo?) por los casos a los que me voy a referir. Hace ya unos cuantos años, Alaska cantaba El rey del Glam, aquella pegadiza canción que repetía a un supuesto decadente anclado en estéticas ya superadas: “Te has quedado en el 73 con Bowie y T-Rex”. Alaska se regodeaba describiendo los rasgos de aquel personaje imperturbable y “ajeno a las modas que vienen y van…

Los 70 fueron años fascinantes para la Iglesia, años convulsos en un cierto sentido, pero también llenos de experiencias, de búsquedas, de nuevos caminos que, inspirados por el impuso renovador del Vaticano II y en el caso español por el cambio político, se abrían para los creyentes del tiempo y también para la Vida Religiosa. Muchas de aquellas experiencias han dado a lo largo de los años frutos estupendos y han mostrado un rostro nuevo de los consagrados: cercanos, comprometidos, insertos en la sociedad y en los dramas y alegrías de nuestro tiempo. En otras ocasiones, han servido para la renovación de las órdenes y congregaciones, llevándolas a una vivencia más auténtica del carisma y haciendo realidad aquel lema tan inspirador de la “vuelta a las fuentes” que venía descrito en el Decreto Perfectae Caritatis como una de las líneas maestras de la renovación posconciliar de la Vida Religiosa. Estas experiencias, además, aportaron frescura e ilusión, suscitaron discernimiento, nos ayudaron a soltar lastre y generaron un nuevo entusiasmo en la vivencia de los carismas y en el servicio que, como religiosos, podíamos brindar al pueblo de Dios.

Pero no podemos perder de vista que han pasado cuarenta o cincuenta años desde que se generaron aquellas experiencias. Algunas desaparecieron o fracasaron con el trascurso de los años. Otras fueron (por desgracia) anuladas desde instancias superiores cuando los vientos cambiaron y lo novedoso empezó a verse con malos ojos. Y otras siguen siendo fieles a su idea originaria y siguen brindando hoy un testimonio de vida consagrada. Pero -y aquí viene a cuento lo de Alaska y el Rey del Glam– no conviene ignorar que estas experiencias tienen necesidad de una evaluación-revisión humilde, serena y sabia (y las tres palabras tienen su sentido). Es necesario confrontarse con los nuevos tiempos, las nuevas sensibilidades eclesiales y sociales, los nuevos ritmos. Es necesario aceptar que lo que era nuevo, ya no lo es y que llega el tiempo de reconocer que ya no somos “los jóvenes” sino que los jóvenes, los que innovan, los que tienen otra sensibilidad… son otros. Si no, corremos el riesgo de fosilizarnos, de encastillarnos, de convertirnos en viejos rockeros (vestidos de cuero negro y con melena teñida escondiendo las canas) que desde una supuesta rebeldía siguen combatiendo enemigos que desaparecieron hace ya varias décadas y respondiendo a preguntas que ya nadie se hace.

Repito que, para vivir este discernimiento (quizás como todos los discernimientos), hace falta una buena dosis de humildad, de sabiduría, de generosidad y de coraje. No es sólo un consejo para estos hermanos, es que lo necesitamos en la Vida Religiosa, necesitamos que sigan siendo significativos, que cuestionen y se cuestionen, que nos ayuden a los que quizás somos menos proféticos y creativos a no refugiarnos en las estructuras y en las instituciones. Necesitamos, en definitiva, que no se queden “en el 73 con Bowie y T-Rex”.

Y es que, si no se hace esa revisión, nos convertiremos en personajes decadentes como (por poner un ejemplo algo más culto) aquel Conde Franz Xaver Morstin de ese delicioso relato de Joseph Roth (El busto del emperador), aquel anciano que vistió sus mejores galas del imperio austrohúngaro, expuso el busto del emperador y se negó a escuchar que el imperio no existía más. Cuando las nuevas autoridades le obligaron a retirar el busto, le organizó un sentido y emocionado entierro y se negó (eso sí, de forma elegante y decadente) a ver la nueva realidad…

Fernando Millán Romeral, O.Carm

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El río de mi aldea (octubre 2017)

Entre los poemas del genial Fernando Pessoa o de Alberto Caeiro, el poeta nostálgico y bucólico (uno de sus famosos “heterónimos”), siempre me ha encantado el que hace referencia al rio Tajo, o para ser más exactos, al riachuelo de la aldea del autor. En dicho poema Pessoa señala que el Tajo, majestuoso en su paso por Lisboa ya cerca del mar, es evidentemente más bello que el río que pasa por su aldea. Pero, al mismo tiempo, no es más bello porque no es el suyo, no es su río.

El Tajo es más bello que el río que corre por mi aldea,
pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi aldea
porque el Tajo no es el río que corre por mi aldea“.

      Algunos críticos han puesto de manifiesto que todo esto también parece ser un juego de espejos e identidades de los que tanto gustaban al literato portugués, ya que él nació en Lisboa y no en una aldea. De hecho, el poema ha tenido mil interpretaciones. Y es que, como dijo una crítica literaria brasileña, con un sutil juego de palabras en portugués “Pessoa es el misterio en pessoa” (Pessoa es el misterio en persona). Si el río de la aldea era también el Tajo (porque el autor había nacido allí), el significado profundo es el mismo: el Tajo es hermosísimo y majestuoso, pero no tanto por ser el Tajo, sino porque es el río de su “aldea”, de su lugar… por ser el suyo.

¿Y a qué viene todo este juego literario de identidades, espejos y ríos? En encuentros, cursos, e incluso en retiros, he tenido ocasión de conocer a religiosos y religiosas que desprenden un cierto aire de superioridad respecto a su propia Orden o Congregación. Son religiosos de cierta categoría intelectual o apostólica que miran con condescendencia a sus hermanos a los que “soportan” con resignación y suspiros…

Sé que me meto en terreno pedregoso y que cada caso es un mundo. Sé también que (al menos, en determinadas ocasiones) no se trata de arrogancia ni de vanidad y que incluso -hablando objetivamente- a veces estas personas tienen razón y que los religiosos nos instalamos (bajo la apariencia y con la excusa de la humildad) en una chapuza continua. Sé que hay que ser críticos y proféticos (¡faltaría más!) o que –dicho en castizo- de vez en cuando hay que cabrearse. Pero, aun reconociendo todo eso, me duele esa actitud hacia ciertos hermanos o hermanas que no son tan listos, o tan comprometidos, o tan espirituales, o tan brillantes…

Antropólogos y sociólogos han hablado de la curiosa y paradójica crisis de pertenencia (the belonging crisis) en nuestros tiempos: por una parte, se defienden las identidades de forma a veces incluso histérica (si no agresiva, les identités meurtrières, de las que hablaba Amin Maalouf) y, por otra, se debilita el sentido de pertenencia honda, madura, leal…

Pero no se trata solamente una cuestión de lealtad o de fidelidad a unos colores o de jurar amor eterno… es mucho más. Para mí, detrás de todo esto late el misterio central de nuestra fe: la encarnación del Verbo. Sé que para alguno esta afirmación parecerá un salto argumental demasiado grande y arriesgado (¡de algunos religiosos o religiosas vanidosillos al misterio de la encarnación, nada menos!), pero los lectores sagaces intuirán esta relación. Cuando recitamos eso de que “el Verbo se hizo carne”, el solemne “Ho Logos sarx eghéneto” del evangelio de Juan que (a no ser que uno sea un zote espiritual) a todos nos estremece y nos llena de gozo y de consuelo… estamos no sólo profesando la fe, sino también aceptando la dinámica de la salvación. Esa “sarx”, la carne… no es otra cosa que la vida misma, los problemas, los dramas, las alegrías, los hermanos cargados de manías, de limitaciones y de incoherencias… Cada ser humano (¡cuánto más un hermano de comunidad!) es para mí un signo de la presencia de Dios. Son los hermanos que Dios me ha dado, en los que le descubro presente con la misma dificultad con la que yo trasparento ese misterio. Otros religiosos son (como el Tajo cuando pasa por Lisboa) más eficaces, más activos, mejor preparados, más intelectuales… pero no son los míos (como el río de la aldea).

Hace unos días, cuando había terminado esta entrada del blog y me parecía que era un pensamiento quizás piadoso o edulcorado… estuve en el teatro aquí en Roma para volver a ver Aggiungi un posto a tavola, aquel musical de finales de los 70 que en España se llamó El diluvio que viene y que tanto nos marcó a muchos de los que por aquellos tiempos nos encontrábamos iniciando un proceso vocacional. En no pocas eucaristías juveniles de aquellos años fascinantes se usaba la canción Un nuevo sitio disponed como canto de entrada. La historia (cómica, pero con un sentido muy hondo) es bien conocida: Dios se cansa de una humanidad egoísta y mezquina y anuncia un nuevo diluvio a un párroco de un pueblecito en Italia. Cuando llega el diluvio, Dios mismo invita al párroco y a Clementina a irse juntos en el arca y crear una nueva humanidad. Ambos se quieren y todo invita a lanzarse a esta aventura hacia un mundo nuevo. Entonces (cuando se pone en marcha el diluvio con unos efectos especiales muy llamativos), el párroco -sorprendentemente y enfrentándose al mismo Dios como en un cuento jasídico- decide quedarse con “su gente” (egoístas, impresionables, cambiantes, mezquinos y asustados) porque son su gente y “eso es amor” como el mismo Dios le había enseñado:

No, yo debo quedarme
unido a esta gente,
porque son los míos,
y debo aceptarlos,
en todo y por todo,
lo bueno y lo malo porque
esto es amor, según yo sé.
Sí, esto es amor, y de ti lo aprendí

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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Testimoniando un centro que nos descentra (septiembre 2017)

En un viaje nada menos que desde Salvador de Bahí­a en Brasil a Bilbao (con varias escalas de todo tipo) me enfrasqué en la lectura de Rayuela, un clásico de la literatura hispanoamericana del siglo XX y una de esas lagunas culturales que uno tiene y que nunca encuentra tiempo para suplir. Ya lo dice el mismo Cortázar a través de uno de sus personajes que habla de “la melancolía de una vida demasiado corta para tantas bibliotecas“, y nuestro Menéndez Pelayo quien -viendo cercana la hora de la muerte- exclamó (o se le atribuye al menos) con sincero pesar de erudito: “¡Qué pena morir, cuando me queda tanto por leer!”.

Bueno, el caso es que yo estaba leyendo Rayuela en la edición de Cátedra que contiene un amplí­simo estudio elaborado por el crí­tico literario Andrés Amorós y en la última parte del viaje, en el vuelo entre Madrid y Bilbao, me pareció verle entrando en el avión. Pensé que estaba equivocado y que debía ser alguien que se pareciese o fruto de las muchas horas de vuelo que yo llevaba encima, pero al llegar a Bilbao, esperando las maletas me atreví­ a preguntarle y efectivamente era Andrés Amorós. Le enseñé el libro que llevaba bajo el brazo desde Brasil y charlamos brevemente sobre la novela y otras cosas. Al final, muy amablemente, me dedicó el libro aludiendo a los encuentros casuales (una de las claves de lectura de Rayuela) que tan importantes son en nuestras vidas.

Y es que la novela de Cortázar te trasmite -entre otras muchas cosas- ese vértigo de pensar que todo es casual, flotante y azaroso, todo relativo, provisional y subjetivo, de que no hay, en definitiva, un centro de gravedad en el que apoyarnos. Varias veces aparece esa idea (esa sospecha) a lo largo de la obra. En más de una ocasión, el escritor argentino habla de “un centro inconcebible”, de “ese centro que no sé lo que es” o de “un centro tan ilusorio como lo sería pretender la ubicuidad”. Por ello, en ciertas ocasiones, nuestra vida se convierte en un “chapotear en un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. Y en ese gran juego de la Rayuela que es la vida, a veces el pretendido centro “podrí­a estar en una casilla lateral, o fuera del tablero”, valga la paradoja.

Hasta el lector más paciente se estará ya preguntando qué tiene que ver todo esto con nuestra Vida Religiosa. Pues bien -aterrizando-, el caso es que, en no pocos encuentros personales, conversaciones, o incluso en reuniones más amplias, conozco personas que muestran esa sospecha (¡esa angustia!) en estos tiempos nuestros convulsos y complicados. Tantas palabras, tanta información, tantas opiniones, tantas polémicas, el vértigo de las noticias que se suceden sin tiempo para asimilarlas, la impresión digital de que todo es relativo, temporal, de que nuestra memoria está en la famosa nube que no se sabe dónde está ni quién la controla. A veces, la realidad se convierte casi en un juego de espejos que en no pocas ocasiones (como los del callejón del gato de Valle-Inclán) nos devuelven imágenes deformadas, caricaturas, esperpentos, frutos de nuestros miedos, de nuestros prejuicios o de esa “cultura” (valga el oxí­moron) del barullo, del guirigay y de la confusión en que nos movemos… o dicho otra vez con las palabras inquietantes de Rayuela: “¡Cuántas palabras, cuántas nomenclaturas para un mismo desconcierto!”

Por ello, quizás ahora más que nunca, nos hace falta estar bien centrados, saber dónde está el centro de nuestra vida y lo que le da sentido, lo que la sustenta y lo que nos mueve que no es sino Cristo mismo, al que llamamos Señor (Kurios) de la historia, de la vida y de la muerte, al que consideramos principio y final, alfa y omega, piedra angular sobre la que se basa nuestro existir. Es una profesión de fe básica si se quiere, fundamental, esencial para un cristiano, pero a veces conviene recordarlo y no olvidar que no estamos solos. Quizás proclamar y testimoniar ese señorío de Cristo, su centralidad (la que no encontraba el Horacio Oliveira de Cortázar), su presencia activa y amorosa en nuestras vidas que da sentido, consuelo y esperanza… sea el gran reto y la gran misión de la Vida Religiosa de nuestros días.

Esto puede parecer muy básico o relativamente fácil, pero supone una purificación de otros centros, comenzando por el peor de todos, el propio “yo”, que nos lleva a ser (valga la redundancia) egocéntricos, egoí­stas, ególatras… Desde ahí­, nos toca detectar y purificar tantos centros-idolillos que nos roban la libertad, la esperanza y la serenidad. Ni las ideologí­as polí­ticas (que pueden ser loables), ni las modas, ni las patrias eternas que duran décadas o siglos (pero que no son eternas), ni el derecho canónico, ni la teología, ni las mitras, ni las liturgias, ni la madre fundadora, ni las observancias sino sólo Cristo. Y desde ahí­, nos reencontramos con todas esas realidades purificadas, fecundas, convertidas en signos de algo superior. Los tres votos que profesamos un dí­a, aún con nuestras incoherencias e infidelidades, son un medio estupendo para apartar la maraña de verborrea que nos ofusca y para poder mirar al horizonte intuyendo ese sentido último.

Los que ya lucimos canas, recordamos aquella canción del maestro Franco Battiato que -a finales de los 70- confesaba en los albores de la posmodernidad (al menos la literaria y comercial) que buscaba “un centro de gravità  permanente”. Los religiosos lo hemos encontrado, y ello nos hace menos rí­gidos, menos dogmáticos y más cercanos a todos los que -de un modo u otro- lo siguen buscando. Y es que, como ha repetido en varias ocasiones el Papa Francisco, “solamente si se está centrado en Dios, se puede ir a las periferias del mundo”.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

 

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Segunda ingenuidad (julio-agosto 2017)

A lo largo de los diez años que llevo como Prior General de la Orden del Carmen, una de las cosas que más me han impactado, me han preocupado y me han quitado horas de sueño es el desengaño, la decepción y el desánimo en el que han caído algunos religiosos. En tantas conversaciones con religiosos y religiosas (carmelitas y de otras órdenes y congregaciones), junto a mucho entusiasmo, creatividad, servicio generoso y gozoso… he encontrado también personas desanimadas y (lo que más me entristece) personas decepcionadas. No me estoy refiriendo al religioso narcisista para el que todos los reconocimientos, parabienes y felicitaciones del mundo serán siempre insuficientes. Me refiero más bien a religiosos que se entregaron con gran ilusión a una tarea, que se consagraron al Señor con mucha generosidad y que han intentado vivir con honestidad y coherencia su Vida Religiosa. Pero por diversos motivos -y aquí los casos son tantos como las personas- se sienten decepcionados y desengañados.

Hablo de ellos con un respeto enorme y con mucho cariño. Las causas de su desánimo son muy variadas, a veces quizás injustificadas o sobredimensionadas, pero muchas veces justas y lógicas. En no pocos casos se trata de un estado temporal, y pasada la crisis, se animan de nuevo y se entregan a la evangelización con fuerzas renovadas. En otros casos, sin embargo, el desánimo vence la batalla y la persona no encuentra fuerzas para seguir adelante. Todo ello es humano y forma parte del misterio de la persona, de la vocación, de ese magma complejo, difícil y fascinante que somos los seres humanos.

Como superior, como hermano y, a veces, incluso como amigo intento animar del modo que Dios me da a entender. No es tarea fácil, sobre todo si el desánimo bordea los límites de la depresión. Últimamente echo mano de una idea que me gusta mucho: suelo apelar a algo parecido a lo que Paul Ricoeur llamó “segunda ingenuidad” (naïveté seconde). Es verdad que el sabio francés la utilizaba sobre todo en el campo de la epistemología, la hermenéutica y todo eso, pero yo hago un uso un tanto (bastante) libre y -más allá de la cita en plan “cultureta” o incluso algo pedante- creo que la idea me ayuda a expresar lo que quiero trasmitir a estos hermanos en dificultad.

En la Vida Religiosa, como en todos los proyectos humanos, tras el fervor inicial, tras el entusiasmo juvenil y la fuerza del primer amor, viene siempre un cierto desánimo provocado por la desilusión y la decepción. Alguien me dijo una vez: “Fernando, no se es hombre hasta que no se le ha visto el cartón a la vida”, es decir, hasta que no hemos descubierto lo negativo, la cara fea o incluso (y perdonadme la crudeza) el engaño. Si no se pasa por ello, nos quedamos en una actitud infantil, ingenua o simplona. Pero cuando pasamos por ahí, la cosa se complica aún más. Hay quien opta por actuar, como si no pasase nada, y se convierte en un pícaro, en un farsante. Hay quien -con muy buena intención y algo de heroísmo- niega la realidad y se enfrenta a la evidencia con todas sus fuerzas hasta que cae exhausto. Y hay quien cae en ese desánimo hondo del que estoy hablando. En esa fase se tiende a pensar que nada vale la pena, que nuestra vida ha sido un fracaso y que -de forma grotesca- nos hemos entregado a una mentira. Es lo que le pasó al pobre Elías cuando, cansado y triste, se sentó a los pies de la retama y dijo aquella frase terrible: “¡Basta Señor… Quítame la vida, porque yo no valgo más que mis padres!” (I Re 19,4).

Pues ahí es donde entro yo y les suelto lo de la “segunda ingenuidad”. No podemos quedarnos en ese desánimo. Volver a lo infantil (a la primera ingenuidad) es ya imposible, pero -con mucha humildad, con mucha fe, con mucha madurez- nos embarcamos en una segunda ingenuidad que sabe de qué va esto y de qué pasta estamos hechos los seres humanos, pero que es capaz de reilusionarse y de renovar el entusiasmo, la generosidad y la entrega gozosa. No nos resignamos, no nos quedamos en la amargura decepcionada ni en una melancolía paralizante (como sugerían los “maestros de la sospecha” como llamaba el mismo Ricoeur a algunos pensadores pesimistas y teóricos del desengaño).

Jesús no nos invitó a quedarnos en la niñez, sino en “hacernos como niños” (Mt 18,3). No faltará quien nos considere ingenuos o ilusos, buenistas (un insulto gordísimo del que ya hablé otra vez en esta página) o cándidos… pero sólo así se puede vivir la vida (¡y más si cabe algo tan grande y tan hermoso como la Vida Religiosa!) con plenitud y alegría.

No se trata de -como dicen los italianos- “chiudere un’occhio” (cerrar un ojo para no ver lo que pasa), sino de mirarlo con ojos nuevos, con compasión, con sabiduría espiritual, con hondura y con fe, con mucha fe… En el fondo está en juego la antropología teológica, esto es, la concepción del ser humano que se desprende de nuestra fe (libertad, pecado, gracia, redención y todo eso…). Sólo así, la vida podrá seguir sorprendiéndonos de vez en cuando; sólo así podremos salir del discurso amargado y cicatero del que “se las sabe todas”, o del discurso pánfilo del que no quiere saber. Sólo así podremos seguir soñando. Y, para eso, hace falta mucho coraje y mucha talla humana.

Ya se lo decía el Papa Francisco a los jóvenes que le escuchaban en su viaje a Cuba, improvisando aquellas palabras que constituyen un verdadero desafío para todo creyente: “Cada uno a veces sueña cosas que nunca van a suceder, pero sueñen, deseenlas, busquen horizontes y ábranse, ábranse a cosas grandes… No se olviden ¡sueñen!”.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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Gloria bendita (mayo 2017)

 

Celebramos este año el centenario del nacimiento de Gloria Fuertes, esa gran mujer y gran poeta (al parecer no le gustaba que la llamaran poetisa) que derrochó en su obra humanidad, ternura, humor y una fe bien honda y bien madura, tan lejana de mojigaterías como arraigada en su vida. Parece que la cultura española (esta vez sí) ha reaccionado con motivo de este centenario ante ese olvido tan injusto en el que se tenía a Gloria o -peor aún- ante esa imagen tan empobrecedora que la limitaba a un personaje de televisión infantil o a las imitaciones de ciertos humoristas. Es ya casi un tópico decir que todo esto sucede mientras en los Estados Unidos hacen tesis doctorales sobre ella. La cantante barcelonesa Silvia Comes ha mostrado en un hermoso disco algo de la grandeza humana y hasta un cierto existencialismo escondido bajo la bonhomía de Gloria Fuertes. Y el Centro Cultural de la Villa en Madrid le ha dedicado una exposición en la que se intenta reflejar algunas dimensiones fundamentales de su literatura. Valgan estas dos notas para levantar acta de un reconocimiento tan merecido como quizás tardío.

Y es que, además de una gran escritora (tres libros en Cátedra no es moco de pavo) y de una poeta original, popular y entrañable que supo combinar el humor con una melancolía producida por varios desengaños, Gloria Fuertes fue una creyente de una pieza, es decir, con dudas, con búsquedas, con lágrimas, llena de compasión y capaz de indignarse con versos encendidos. Me enorgullezco de haber usado sus poemas en mis clases de sacramentos para ilustrar la teología del encuentro (“y tropiezo con Dios/ me arma de paz y de ciencia y me quita la gana de matarme”), la dimensión sanante de los sacramentos (“que quien me cate se cure”) o el misterio de la presencia real de Cristo en la eucaristía (“la presencia… huele a esencia esencial, no os la puedo describir, es muy alta”), entre otros muchos temas. Son -como decía Elvira Lindo en un delicioso artículo sobre ella publicado recientemente- “versos tiernos y calientes como un pan recién hecho“…

Pero estamos en el mes de mayo y también Gloria tenía sus devociones marianas, algunas de ellas algo originales. Ella misma recuerda en uno de sus célebres autobíos la “juerga litúrgica” de la que disfrutaba en los Salesianos del Paseo de Ronda en el mes de mayo; ante la Virgen de la leche del museo del Prado suplica gracia y bondad para este mundo agrio (“Riéganos a los secos pescadores con tu chorro de gracia”); se rebela ante las imágenes kitsch de una Virgen de plástico (“un cruce entre Virgen de Fátima y Lourdes”) que quitan las ganas de pedir un milagro; y convierte a María en la portera del portal de Belén, subrayando así la humildad de la familia de Jesús. A veces, las referencias marianas de nuestra poeta madrileña, alcanzan cotas de gran dramatismo, como cuando en un Villancico al revés (a un Cristo recién muerto), le dice a la Virgen: “Qué bien se ve ahora/ a la luz de tu vientre/ Madre Santa”, uniendo así con hondura y un cierto tono surrealista el misterio del nacimiento de Jesús y el de su muerte.

Pero quizás la referencia mariana más hermosa sea el poema dedicado a Nuestra Señora de la Mayor Soledad, poema que, además, es significativo porque al tema de la soledad dedicó Gloria Fuertes su primer poema (Isla ignorada), cuando era casi una adolescente y sería una constante de su obra.

Nuestra poeta se conmueve ante la soledad de la Virgen: “con tu hijo muerto ahí de estandarte”. Además, le promete (“viudísima viuda de tu San José”) visitarla, acompañarla y compartir soledades. En este mes de mayo, también nosotros nos acercamos a María con una devoción entrañable que nos hace (nos debe hacer) más humanos y más cercanos, sobre todo a los solitarios y desengañados de este mundo, quizás para anunciar que no estamos solos y para intentar ser presencia, compañía y bálsamo… En este mes de mayo, los poemas de Gloria, saben a gloria bendita…

Solísima Sola,
Vos, no os apuréis.
Yo también soy sola
y acompañaré
vuestra Soledad.
Vivimos muy cerca.
Yo os visitaré,
porque vuestro Hijo
me caía bien.

 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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